lunes, 30 de agosto de 2010

Una de cal y otra de arena

El encargado, medio chambón por qué no decirlo, se metió de cabeza en uno de los pocos pozos con barro que había en el campo y allí quedó encajada la enorme camioneta.
Y entonces, mientras venía un vecino a sacarlo con un tractor, tuve tiempo de sentarme muy piolón a descansar y tomar mate en un rollo de soja a medio comer.


miércoles, 25 de agosto de 2010

Bichos trabajadores

Llegué cansado del campo. Me saqué el mameluco y las botas de goma mientras pensaba en que los humanos debemos ser los únicos bichos que trabajamos. No recordaba haber visto animales cansados de trabajar, ni haciendo largas jornadas de monótonas tareas, ni corriendo de un lado a otro por otra cosa que no sea jugar. Y entonces, sin querer, pensé en voz alta: -¡Y sí! Somos los únicos trabajadores- mientras pisaba con las medias, las frías baldosas de la vereda antes de calzarme los zapatos.
Sentí un pinchazo fuerte en un talón y pegué un salto.
Era una hormiga negra que me miraba desafiante con sus enormes ojazos, mientras revoleaba las antenas y sacudía el primer par de patitas. Me estaba diciendo algo. Miré para todos lados para asegurarme de que no había gente cerca, y me agache casi hasta el piso para tratar de entender
-¡Pero que se creen ustedes los humanos! ¡Sinverguenzas!- Gritaba la iracunda fierita.
-¡Avise doña Negra!- Le dije -¿Qué le pasa?-
-Me pasa que lo escuché señorcito ¿Cómo es eso de que ustedes son los únicos que trabajan?-
-¡Ah! ¿Me escucho?-
-¡Claro que lo escuché! Y ya estamos podridos de oír que ustedes son los únicos que trabajan. Y que los pocos animales que lo hacen, son los pobres que han tenido la desgracia de convivir con los humanos. Algunos han terminado con un tipo sobre el lomo como los elefantes, los camellos o los caballos, o tirando carros, o combatiendo delincuentes como los perros de policía, o buscando drogas o cosas escondidas como algunos pobres cerdos…¡Psst! ¡Hay que oír cada cosa!- Terminó la hormiga.
-¿Pero no es cierto eso?- Insistí, aunque viendo que doña hormiga tenía argumentos firmes para retarme.
-¡No! ¡No es cierto! ¡Todos los animales trabajamos! Si por eso se entiende hacer cosas para asegurar nuestra supervivencia ¿O no es eso el trabajo?-
-¡Y si!- Reconocí -Los humanos en definitiva trabajamos para eso-
-¡Y nosotros también! Las hormigas juntamos comida sin parar durante el verano para soportar los fríos inviernos. Lo mismo hacen las abejas. Y cualquier animal que estudien verán que tiene las mismas costumbres. Lo que pasa es que nosotros aseguramos nuestra supervivencia teniendo con qué alimentarnos, abrigarnos y reproducirnos. Ustedes han creado sociedades tan complicadas que tienen que dedicar mucha más energía para poder mantenerse en carrera ¿Por qué no prueban de vivir en forma más simple? Van a ver cómo van a precisar menos desgaste y serán más felices-
-¡Si se pudiera!- Dije yo con la cabeza llena de ideas nuevas.
-¡Poder se puede! Muchos lo han hecho ¡La cosa es querer!-

sábado, 21 de agosto de 2010

El apurón de Juancito

Todos nuestros hijos han sido muy voluntariosos desde chicos.
Ese día fuimos al campo con Juancito, que tendría unos 7 años, y como todo chico voluntarioso, apenas paré la enorme camioneta Ford con cúpula, apuntando a la tranquera de Ramirez, se largó corriendo a abrirla.
Vi que se agachó delante del capot para desenganchar la cadena, y de pronto oí un grito y allá pasó Juancito corriendo al lado de mi puerta con su camperita celeste y cualquier cantidad de puntos negros revoloteándole sobre la cabeza.
¡Abejas!
Me largué de la camioneta y corrí hasta alcanzarlo. Lo alcé y seguimos de disparada hasta que las zumbonas se alejaron. Resulta que un enjambre había ido a posarse justo sobre la maldita cadena de la tranquera y cuando el nene metió las manos para abrir se le vinieron al humo.
Y ahí estábamos como a cien metros de la camioneta sin poder volver y pensando en recuperar el vehículo, sitiado por las salvajes voladoras. Después de un buen rato, dejé a Juan en el lugar, por las dudas, y me acerqué caminando despacito para no alborotarlas más. Abrí la cúpula, saque el mameluco y con eso me fabriqué un turbante que nos envolvió a los dos y pudimos volver a subir a la camioneta sin que nos piquen.
Cuando volvíamos para la Ford, caminando suave como en misa y envueltos con las telas, pasó el viejo Santiesteban y abrió grandes los ojos, mientras levantaba una mano para saludar.
¡Andá a saber lo que pensó!

martes, 17 de agosto de 2010

Tactica y estrategia

Desde aquel poema de Benedetti, el genial uruguayo, donde se habla de táctica y estrategia, en ese caso para el amor, a mí se me confunden los dos términos. Y medio parecido es lo que sucede al leer la definición en cualquier diccionario, así que me tomo la licencia literaria para usarlos como quiero.
Creo que nuestra profesión es una maravilla. Y todos los nuevos que se sumen, tienen las mejores posibilidades de disfrutarla, quererla y crecer con ella en todos los sentidos.
Pero es bueno tener la mejor táctica y una excelente estrategia.
Es una táctica segura estudiar hasta no dar más. Aprovechar cada minuto de la Facultad. Ser una esponja para absorber cuantas ideas y conocimientos se les cáigan a los docentes. Tener las ciencias básicas bien firmes y las aplicadas disponibles para largarse a trabajar de la mejor manera. Husmear, tocar, preguntar y escarbar en cada rincón. Buscar los mejores modelos en la profesión y practicar sus cosas hasta hacerlas propias.
Y es una estrategia inevitable elegir con cuidado el lugar donde uno va a poner tanta cosa adquirida con esfuerzo. Nuestro país es enorme, fértil y pródigo. Y la demanda de veterinarios crece continuamente. Solo se trata de encontrar nuestro lugar. Seguramente la ciudad es atractiva. Pero lo es para muchos. Y así vemos a nuestros colegas apiñarse en las grandes urbes y competir tristemente por los mismos lugares de trabajo, a veces en forma despiadada.
Mientras tanto quedan miles de sitios más chicos para instalarse. Donde los profesionales son respetados y queridos. Donde el trabajo es inacabable, con buena calidad de vida, sin problemas graves de seguridad, y desde donde cada veterinario puede proyectar su luz y su ciencia.
Son tácticas y estrategias como tantas. Pero seguramente con estas no fallarán.

sábado, 14 de agosto de 2010

El toro no podía hacerlo

Un tremendo papiloma de pene


Ya retirado y sostenido con la pinza por el "facultativo"

El hombre contento con el trabajo y comodamente acostado sobre el paciente


El inmenso toro Hereford me miró tristemente y me dijo que le revisara el miembro.
-¡Hace rato que no puedo hacerlo dotor! Recién se me escapó una vaca lindísima con un celo bárbaro. La monté pero no pude "concretar". Y lo peor es que despues de un rato de intentar y no poder, la señora me miró mal y salió corriendo para que la sirviera el negro boludo que siempre me anda molestando-
-¡Perdoname ché!- Me gritó mientras se iba -¡Pero si no me apuro se me pasa el celo! ¿Que le parece dotor?-
-¡A ver!- Le dije -¡Quedate quietito!- Y en un rápido vistazo le encontré el enorme papiloma.
-¡Ah! Es un tumorcito en tus partes. Enseguida te lo saco-
Y así fué que operé al Pampa grandote y en tres meses volvió a su gratificante trabajo de lo mas contento. Y lo mas lindo es que cada vez que paso por su potrero, el tipo revolea la cola agradecido y a veces me guiña un ojo.

viernes, 13 de agosto de 2010

¡A jugar que es bueno!

Buscando saber algo más sobre los animales salvajes, y ahora interesado en su relación con el juego, pensé en alguna especie que fuera bien “juguetona”. Por fin decidí hacer una visita a los monos Tití de la Reserva Natural de Iguazú en Misiones.
Antes de viajar mandé una paloma mensajera para avisar que en unos días andaría por ahí, así que en cuanto pisé la reserva, y quedé solo a la sombra de unos enormes árboles, oí un chistido suave. Y ahí estaban medio escondidos entre las ramas. Eran tres monos adultos que con gesto alegre me indicaron que los siguiera. Me llevaron hasta un clarito de la selva donde estaba reunido el resto de la tribu.
La mayoría se había sentado en el pasto, haciendo un círculo alrededor mío y mirándome con gravedad. -¡Ajá!- Dijo el jefe que se llamaba Lucas -Ya sabemos que usté está haciendo estos reportajes y por eso nos preparamos. Fijesé como estamos de aseaditos y peinados dotor- Y todos se empezaron a reír con ese comentario tan sonso.
-¡Y sí!- Le dije contento de encontrar tan buen ambiente -Hoy quiero saber si los animales juegan y por qué-
Lucas no dijo nada y me indicó con la mirada un grupito de cinco chicos que saltaban, se abrazaban, se revolcaban y se corrían, como cualquier criatura humana en el recreo del colegio.
-Es evidente que juegan- Dije -¿Pero por qué?
-Por lo mismo que ustedes- Contestó -Todos los pichones de cualquier especie tienen que practicar los movimientos que van a precisar por el resto de su vida. Y nada mejor que imitar las conductas adultas de esa forma. El juego es una práctica de los programas motores que usará el adulto para alimentarse, para luchar, para evitar los depredadores y…¡Para amarse!-
-¡Eso me gusta!- Grito la mona Jacinta que tenía fama de trolita. Varios monos la miraron riendo y con un brillito raro en los ojos, pero Lucas cortó el avance con gesto fiero.
Yo pensaba en los humanos. Y la verdad que sonaba lógico. Los chicos en sus juegos siempre hacen cosas de adultos. Imitan al policía y al ladrón, al médico, a la mamá y al papá, a los soldados, a los vaqueros y a todo lo que ven del mundo adulto.
Y enseguida vino el resto. Me di cuenta de la enorme importancia que tiene lo que ven nuestras crías y que tratan de imitar.
¡Entonces estamos listos! Razoné. Si es por lo que ven en la tele y en la calle de las ciudades…
Lucas me miraba creo que adivinando por donde corría mi pensamiento.
-No se ve bien la cosa ¿Nó?-
-¡Y no! ¡Claro que no!- Le dije -Este poquito que me dijiste me ha hecho pensar demasiado. No veo como nuestra sociedad puede ir mejorando si lo que mostramos a nuestros hijos para que jueguen es tan malo-
-De todas maneras- Dijo Lucas -Por alguna mágica razón, las crías tienen la habilidad de hacer que el juego mejore las cosas. Es diversión, alegría y energía positiva a pesar de todo-
-¡Ojalá!- Le dije yo. Y me puse a jugar un rato con ellos antes de irme.

lunes, 9 de agosto de 2010

Gente del campo y la ciudad

Y que no me vengan con macanas. El hombre de campo es mucho más valioso que el pueblero.
Un hombre de campo, sabiendo minimamente leer, se acomoda a la vida de una ciudad en poco tiempo, mientras que uno del pueblo, permitanmé que lo afirme, jamás podrá ni parecerse a un buen campero.
Son tantas, pero tantas las cosas que sabe hacer uno del campo que hace falta más que una vida para aprenderlas. Tienen que pasar generaciones. Y para esto no sirven libros, computadoras ni estudios varios. El criollo, sabe agarrar un caballo, ensillar, acomodar y preparar el animal, enlazar y pialar, esquilar una oveja, sembrar una quinta, criar pollos gordos, cazar con astucias los mil bichitos comestibles del campo, poner una planta, podar, terraplenar una bebida, asar un pedazo de carne con tres palitos, acomodarse para dormir a la intemperie donde caiga la noche, aguantar los peores fríos, calores, lluvias y tormentas sin un moco ni un resfrío, arreglar un molino o una bebida, hacer de mecánico, soldar un fierro, sacar un ternero, curar un agusanado, capar un potro, afilar una tijera o un cuchillo y que se yo cuantas cosas más. La lista es interminable. Y todo con dignidad y sin quejarse. Es más, casi siempre divertido y alegre.
El pueblero es más maricón. Se caga todo con el frío y con el calor, para viajar se toma un colectivo o un subte y duerme mientras lo llevan a destino, solo sabe algo de su trabajo específico y raramente puede arreglar alguna boludez que se le rompe en la casa. Incapaz de ver porqué se le descompuso el auto, llama a la grúa enseguida. Anda con el celular encarnado en la mano solo para recibir llamadas al pedo todo el tiempo o mensajitos tramposos, vive desesperado calculando cuando es el próximo fin de semana largo o las siguientes vacaciones para disfrutar haciendo…¡Nada! Y encima vive quejándose porque quiere estar más cómodo, calentito, cuidado, comprendido y representado por el gobierno, mientras los de Crónica amplifican su protesta “masiva” de 20 tipos locos.
Por eso, cuando un pueblero llega al campo y se lo ve moverse o se lo oye hablar, muchas veces da risa y otras tantas da lástima.
Ustedes pensarán que bicho me picó para escribir esto, pero es una vieja idea que volvió a mí mientras veía una “nota de color” hecha por gente del pueblo en la Rural.

viernes, 6 de agosto de 2010

¡Por un cordero gordo!

El blanco es un caballazo.
El dueño lo usa para apadrinar hace años, pero este verano le vió un tumorcito que poco a poco fué tomando el prepucio como se vé en las fotos.
Y vino un día a la veterinaria a consultarme. Lo revisamos y decidí operarlo.
El "tabernáculo" (así lo llamaba él) estaba bien grande, pero por suerte todo salió de la mejor manera y hace un rato se fué el feliz propietario despues de anunciarme que me vá a traer un cordero de regalo... ¡Como pa´un dotor!...que según él, es un cordero de 9 o 10 kilos.


Así estaba el tumor antes de nuestra intervención

Esto es despues de terminada la resección y la sutura (falta todavía lavar)

Y así quedó el blanco ¡Hecho una pinturita!



lunes, 2 de agosto de 2010

Positivo y negativo

-¡No es nada!- Dijo Manuel mientras yo terminaba de sacarle el destrozado testiculo izquierdo a un torito Hereford, al que un perro había mordido en esas partes -¡Total! Le queda el derecho que es el positivo y no va a tener problema para preñar ¿Nó?-
-¡Seguro!- Contesté mientras me lavaba en el balde con agua -El negativo lo tienen solamente para cerrar el circuito-
Y Manuel se me quedó mirando seguramente admirado de mi sabiduría.

domingo, 1 de agosto de 2010

Una postal


En una ruta bien llena de machucones de la Provincia, nos podemos encontrar en cualquier momento con un viejo Ford Falcon circulando a menos de 70 por hora. Los colores no siempre se ven bien porque tienen abollones y remiendos varios en la chapa, que lo han dejado overo. Esto si lo cruzamos de día, ya que de noche apenas lo podemos esquivar porque es fija que una o varias luces las lleva apagadas para siempre.
Del espejo colgando unas boleadoras chiquitas compradas en una doma, las gomas lisas como un vidrio y el escape dejando chorros de humo negro que van quedando atrás por suerte y no pasan a la cabina
Al volante un muchacho, muchachón u hombre mayor. Casi siempre con una enorme gorra de vasco de lana tejida. Las manos firmes en el indómito volante como si fuera el peor redomón y la vista estaqueada en el asfalto. El resto del pasaje se adivina. A la derecha “la señora”, casi perdida en el asiento muy vencido, con lo que solo se le alcanza a ver la curva de arriba de la cabeza y el rodete o las trenzas, y en el enorme asiento de atrás, muchachitos varios que se revuelven inquietos y curiosos, a veces saludando al resto de los automovilistas y mostrando blancas dentaduras producto de las risas.
El sueño americano de don Henry Ford.