viernes, 30 de marzo de 2012

Esperando que pase la lluvia

Había llovido toda la noche y la mañana siguiente se pasó entre lloviznas y chaparrones. Como a las 10 me llamó Marcelo desde el campo, cerca de Licenciado Matienzo:
-¿Y doctor? ¿Qué hacemos?- Esa misma tarde teníamos programado el tacto de 280 vacas.
-¡No sé Marcelo! ¡Cómo te parezca! ¿Hay mucho barro?-
-¡Y sí! Hay barro, pero tengo todo encerrado desde ayer, así que si no llueve mucho podríamos tratar de hacerlo-
-¡Dale!- Contesté sin mucho entusiasmo –A las dos de la tarde estoy ahí-
Y después de almorzar, nos fuimos despacito con Juan. Llevamos algo de ropa para cambiarnos, por las dudas, y encaramos ¡Que de los cobardes no hay historia!
Hicimos el primer lotecito de 60 vaquillonas sin problemas, pero desde el sur se nos venía encima una tormenta gorda y gris. Y el aguacero se largó cuando estábamos palpando el lote de las vacas viejas.
Corrimos al galpón. Marcelo metió el caballo bajo techo y corrió hasta la casa para calentar el agua del mate. Y de paso se trajo una botella de caña “Mariposa” que fuimos bajando con discretos besos al gollete, entre mate y charla. Se nos fue mansamente una hora larga y la lluvia que no paraba.
Por fin decidimos abandonar la tarea porque seguramente el camino de tierra para volver a casa, se estaría poniendo muy bravo.
Una tarde de lluvia.

viernes, 16 de marzo de 2012

Accidente nocturno

Pleno verano. Nos habíamos acostado como a las 11 de la noche. Dejamos la ventana abierta para que entrara el fresco, y por ahí se colaba el canto de algunos grillos.
Sería la una de la mañana cuando me despertó el motor de un vehículo que se detenía frente a la casa. Mi mujer y los chicos dormían placidamente. Después de algunas corridas y golpes fuertes sobre la puerta, se oyó una voz desesperada que gritaba: -¡Spinelli! ¡Spinelli!-
Me levanté sobresaltado, y en calzoncillos nomás, arrimé mi cara a la persiana entreabierta y dije: -¿Qué pasó? ¿Quién es?-
-¡Somos los Cabrera, Spinelli! ¡Por favor atiéndanos el perrito que lo piso una camioneta!-
Miré el reloj. La una de la mañana. Me vestí a medias, mientras pensaba que corno estaría haciendo el perrito a esa hora para que lo pisara una camioneta.
Cuando salí. Solo con un pantalón y los zapatos puestos, me encontré con un cuadro tremendo. La mamá Cabrera se paseaba hecha un manojo de nervios por el frente de mi casa, mientras las dos hijas Cabrera, una chicas cuartudas de 19 y 20 años, lloraban a moco tendido, sentadas en el borde de la ventana. Me llamó la atención que papá Cabrera estaba al volante del auto, fumando tranquilamente.
En cuanto me vio, mamá Cabrera pegó el grito: -¡Acá está Spinelli che! ¡Bajá al Cuchu para que lo revise! Y las chicas redoblaron el llanto haciendo coro.
Por un instante pensé que lo que papá Cabrera iba a bajar del auto eran los flecos del Cuchu ¡Pero no! El hombre bajó, rodeó el auto, abrió la puerta del acompañante y con un elegante saltito, el Cuchu se vino moviendo la cola a saludarme.
Dudando les pregunté: -¿Este es el Cuchu?-
-¡Sí Spinelli! ¿Se va a morir?- Grito la madre.
-¿Pero como se va a morir si está mejor que yo?- Contesté un poco amoscado por todo el asunto, mientras acariciaba al animalito que me lamía las manos.
-¿Viste que no tenía nada? ¡Yo te dije!- Largó papá Cabrera.
-¿Y vos que sabés? ¿Acaso sos veterinario? Lo atacó la madre. Y se pusieron a discutir como locos, mientras las lloronas abrazaban felices a su mascota.
Al final tuve que cortar la escena diciéndoles que si no les molestaba, me iba a la cama de nuevo. Que cualquier cosa, volvíamos a ver al Cuchu al día siguiente.
Papá Cabrera no sabía como disculparse pero la rama femenina, ofendida con el jefe de familia, se subió al auto muy enojada y ni siquiera me saludo.
¡Cosas que pasan a los vivos! Diría Cacho Souto.

martes, 13 de marzo de 2012

Habló Román

-¡Decime una cosa Jorge!- Me largó de pronto Román cuando vio que entraba a la veterinaria. Yo me di vuelta y lo miré sin contestar
-¿Por qué hay tantos argentinos a los que el coraje les parece una cosa mala? ¿Están bien de la cabeza?-
-¡Pará un poquito Román!- Le contesté -Además de la sorpresa de que por fin me vas a hablar de algo, me haces semejante pregunta ¿Qué estás diciendo?-
-¡Estoy caliente!-
-¡Ah! ¡Bueno! El canario está caliente ¿Y se puede saber por qué?
-Porque toda la mañana han estado machacando en la radio con la noticia de que un tal Baby no se que, se tiroteó con unos ladrones plaga que entraron en la casa, y como dejó uno con las alpargatas para arriba y al otro le metió unos plomos…-
-¡Mira el lenguaje del pajarito!…- Dije divertido.
-¡Dejáme terminar Jorge!... Y como se mandó semejante patriada para defender su casa y su familia, algunos dicen que es una bestia, que cómo puede ser que haya matado a alguien, que cómo va a vivir de ahora en adelante habiendo matado un tipo, y que se yo cuantas estupideces así…-
-¡Bueno Román! Lo que pasa es que los seres humanos, desde que vivimos en sociedad, hemos creado códigos llamadas leyes y puesto gente a hacerlas cumplir, que son las fuerzas de seguridad, para que los ciudadanos comunes no tengamos que andar a los tiros por ahí-
-¡Aja! ¿Y entonces porqué ayer no los mataron las fuerza de seguridad a los tipos esos y a tantos otros que se meten en casas ajenas, violan, golpean, roban y matan porque si nomás, o porque tienen la cabeza tapada en drogas?- Discurrió Román dejándome sin palabras. Y siguió:
-¿A vos te parece que no está bien que una pobre calandria se reviente a picotazos con un carancho que es diez veces más fuerte con tal de salvar su nido y sus pichones? ¡No Jorge! ¡Le están errando el bochazo! Ese Baby es un tipo cojonudo y a mí me pone contento lo que hizo. El coraje es una gran virtud en cualquier ser vivo. Los opinadores que cuestionan a este hombre son una manga de cagones y me parece que en el fondo, lo que les pasa, es que saben que nunca se animarían a hacer algo así. Capaz que prefieren dejar que pasen las macanas y después organizar marchas pidiendo la “justicia” que nunca llegará-
Después de semejante perorata, Román se quedó mirándome sin aliento y revoleando el ojo. Estaba furioso. Solo atiné a decirle:
-¡Qué suerte Román!-
-¿Qué suerte con qué?- Pregunto en un pitido
-Creí que después de Benítez no iba a tener nunca más un canario conversador que me ayudara a pensar en estas cosas-
-¡Se hace lo que se puede!- Me contestó, y se quedó callado. Aunque no supe porqué terminó con esta frase.

jueves, 8 de marzo de 2012

Juan Diez

Aprendí muchas cosas de Juan Diez. Lo conocí apenas llegué al pueblo. Era un tipo con una enorme energía. No muy alto, robusto, gritón, trabajador incansable, perfeccionista en todo y prolijo con su ropa, con su campito y con su vehículo.
Nació por acá cerca, y en la zona se crió trabajando como un burro, hasta poder tener su pedacito de tierra y una linda casa en el pueblo.
Yo llevaba años de andar a caballo en arreos, traslados, recorridas y viajes. Hasta había intentado alguna jineteada, pero ese día que Juan me pidió que le ayudara a encerrar unas vacas, me sorprendió cuando al llegar de vuelta a la casa y bajar a tierra para desensillar, me dijo así mandón como era:
-¡Subí de nuevo a caballo!- Yo volví a montar obediente y siguió -¡Baja!- Yo bajé -¡Subí de nuevo!- Y yo subí -¡Volvé a bajar!- Y cuando bajé ya medio fastidiado, sentenció: -¡Que lo parió! Ni siquiera te sabés bajar bien del caballo- Y enseguida me mostró cual era la forma más campera de poner el pie en tierra. Y me enseñó a trabajar con la hacienda en la manga usando unas varas largas de eucaliptus, costumbre que conservo hasta hoy porque no he visto cosa mejor, me mostró la diferencia entre un lote sembrado por un tipo que sabe y otro que no, me largó algunos secretos como para que la marca a fuego en un animal quede perfecta, como carnear de la mejor manera un cordero y montones de cosas así.
Además, era un hombre bailarín, contador de cuentos y el más divertido a la hora de una fiesta, pero con una enorme sensatez en el momento de opinar sobre las cosas de la vida.
En realidad este no era el tema en el que pensé cuando me decidí a escribir algo de Juan. El tema era que ayer escuche que hablaba un tipo sobre la necesidad de viajar por el mundo, conocer distintas gentes y lugares, ver otros paisajes y probar comidas exóticas para “tener abierta la cabeza” y ser más sabio. Esto es como una verdad revelada y no es la primera vez que oigo un comentario así, pero cada vez que pasa eso, enseguida me acuerdo de Juan y del día que me contó, mientras tomábamos mate al lado de su cocina a leña, que él, lo más lejos que había viajado era a Mar del Pata. Ni siquiera llegó a conocer Buenos Aires, y sin embargo, tenía más sabiduría y buen juicio que muchos que se lo han pasado dando vueltas por el mundo.

lunes, 5 de marzo de 2012

El tumor del toro

Estaba operando un gran papiloma de pene en un toro. Después de algún trabajo conseguí prepararlo bien. Ahí quedó el tipo maneado en el suelo. Exterioricé la enorme herramienta, que lucía una fea masa colorada y deforme en su glande. Después de hacer la ligadura compresiva para evitar hemorragias y anestesiar convenientemente, me puse a preparar el instrumental.
Camilo Pereira me miraba sin hablar. Nunca había visto esta operación así que no se perdía detalle del asunto. Camilo es un muchachote bien dispuesto, curioso, trabajador y con una energía inagotable, pero a veces se le va la mano con los chistes y comentarios y se gana algún reto del encargado.
En cuanto preparé todo, tomé el bisturí y una gran pinza Kocher, aseguré el tumor con la pinza y corté la adventicia del pene rodeándolo suavemente. Una vez sacada la parte más importante, fui extrayendo pequeños tumorcitos diseminados.
Y mientras yo cortaba y el pene se adelgazaba cada vez más, el toro se largo tremendo viento por el ano, entonces Camilo, sufriendo con la abstinencia de chistes en su haber, largó:
-¡Que lo parió dotor! No le afine más el bicho porque se ve que a más finura, más pedos se tira el animal-
Esta vez Acosta, el encargado, no lo pudo retar porque lloraba de la risa y repetía: -¡A mas finura mas pedos!

jueves, 1 de marzo de 2012

Día triste

Ayer llamó Leiva para avisarme que una vaquillona no podía parir. Yo estaba ocupado en otra cosa, así que al ratito le hablé de nuevo para decirle que iba a ir Jerónimo en mi lugar.
-¡Gracias Jorge!- Dijo muy contento -¡Mañana lo llamo para ver qué hacemos con los novillos del feed lot! Ahora voy a ensillar así cuando llegue Jerónimo se la enlazo y se lo sacamos-
-¿Está lejos de la manga?- Le pregunté
-¡No! Pero la volteo en el campo y listo-
Más tarde me contó Jerónimo que en cuanto llegó, Leiva lo saludó y le dijo que lo esperara un poco nomás, que enseguida le iba a agarrar la enorme vaquillona Angus que, tal vez porque la estaban molestando durante el parto, andaba hecha una furia. En el segundo tiro de lazo la tomó limpiamente, pero una vuelta de la cuerda se le enredó en la estribera derecha, tomándole la pierna. Al tensarse, lo sacó del recado, y el pobre Leiva cayó de costado asustando al caballo que, en la disparada, fue moliendo a patadas el cuerpo y la cabeza del buen correntino. Jerónimo alcanzo a cruzarle delante la camioneta y en cuanto el caballo se paró, cortó las sogas con el cuchillo. Leiva cayó al suelo casi en las últimas. Murió al rato cuando llegó la ambulancia de San Manuel a cargarlo.
Yo lo conocí hace dos años cuando llegó a la zona a trabajar en La Palmera. Era un hombre menudo pero fibroso. Curtido. Trabajador. Sabía mucho de hacienda como todos los correntinos que andan por la zona. Siempre amable y con un chiste en la boca. Su voz gruesa era inconfundible cuando se presentaba por teléfono. Pero me impresionó un cuento que me hizo en aquellos días. Unos meses antes había tenido un feo accidente y estuvo a punto de morir. Cuando se recuperó contó que había visto la famosa luz y que había estado con los ángeles y que estos le dijeron que todavía no se tenía que ir.
¡Vaya uno a saber porqué le dieron este tiempo de regalo hasta ayer! Hay misterios en la vida y la muerte que nos sorprenden.
¡Chau amigo Leiva! ¡Ojalá esté bien!