viernes, 30 de septiembre de 2011

Tiempos raros

“Andamos en tiempos raros. Cuando todo hacía pensar que serían meses bravos, de desasosiego, de batallas dialécticas y no tan dialécticas con algún garrote de por medio, cuando creíamos que se venía la mayor pegatina y cagatina de carteles y propagandas, cuando las turbulencias de siempre nos azotarían por las nalgas y los bolsillos, cuando aventuramos que por fin se venían los cambios y se arreglarían muchas cosas, hemos llegado a estos tiempos raros.
Hay algo extraño en todo. Se vive como con sordina. Solo hay una propaganda constante y machacona que parece haber adormecido ciencias y conciencias. Es como si todo fluyera hacia un solo lado. Que no hay equivalencias. Está casi todo comprado y sometido y lo que todavía no lo está, recibe amenazas y presiones constantes.
Y así los disgustados ya no sienten tanto mal sabor, y los indignados hasta no hace mucho, ahora son dignos tolerantes, y los rebeldes que osaban cuestionar, ahora se subieron despacio en sus canoas y se pusieron a remar corriente abajo.
Tal vez estos períodos hayan pasado varias veces y en muchos otros lugares, pero yo nunca los viví y por eso desconfío de que sean buenos. En un país de haraganes, traidores, corruptos, mentirosos y ladrones a todo nivel, siempre se vive en medio de conflictos. Necesariamente. Y por esta quietud, y por no saber en que terminan estas cosas, es que me asaltan negros presentimientos. Ojalá que no se cumplan.”
Y entonces, viendo que se venía la lluvia, el mercader marroquí de larga y blanca barba dejó de hablar y guardó las telas en su valija. Su acompañante juntó las sillas plásticas y las apiló contra la pared. Vestían largas túnicas y sandalias gastadas. Caminaron juntos hasta el hamman y se dispusieron a tomar un baño. Anochecía en Rabat.
Las historias son circulares y paren historias iguales en cualquier tiempo y cualquier lugar.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

El tranco de Ramón

Se vino caminando raro el hombre. Era un tranco atravesado. Descangallado.
Al principio creí que canchereaba, pero ya noté que había algo mas, porque revoleaba las patas de un modo impresionante. En un paso casi ni apoyaba los talones y al siguiente se inclinaba para adelante. Y después era al revés. Se echaba para atrás y caminaba con las cuerdas.
Bien raro ese andar. Eso sí. En cuanto subió a caballo se transformó. Montó en un gateado overo que era una pintura, y se fue a encerrar el último lote de vaquillonas.
-¡Que lo tiró!- Me dijo Maidana –El pobre Ramón no puede ni caminar-
-¿Por?- Le contesté
-Los callos plantares lo tienen mal hace como un año-
Y entonces entendí todo.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Al trote para el campo



Hoy estuve en el Laboratorio para dejar unas muestras y me encontré con dos colegas hablando de cosas de la profesión. El tema era la falta de trabajo para los nuevos vetes. Opinaban sin vueltas que está todo muy complicado, que es casi imposible insertarse en el mercado, que los estudiantes salen mal preparados, que a los chicos les falta enjundia, y un montón de cosas más.
¿Y saben qué? Cuando les dije que sobra el trabajo, que hay muchos lugares donde ejercer la profesión a pleno, que ojalá hubiera más clínicos, mas tipos dedicados a los caballos, al tambo, a las cabañas, a la cirugía y a las tareas en grandes animales, se me quedaron mirando.
Claro. Para esto hay que salir de las lindas y cómodas ciudades. Dejar de contar el radio de acción en las cuadras que separan una veterinaria de pequeños en la esquina de un colegio, de un pet shop frente a la plaza. Veo colegas empequeñecidos hablando de diferenciarse para ganar a los dueños de perros y gatos. Y así se meten en caminos tan sinuosos como creer que es necesario el Papanicolau en una perra Dogo, o una tomografía computada para un Caniche accidentado.
Hay que animarse, dejar que los que disfrutan de las ciudades allí se queden, y salir a comerse los pueblos y los campos. La Veterinaria espera más gente por estos lugares.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Lo toman con calma

La vida y la muerte van de la mano.
En mis clases de Neurofisiología conté muchas veces cómo reaccionan los bovinos frente al rifle sanitario, un recurso inventado por los humanos para liquidar el mayor número posible de vacas con aftosa.
Cuando se detecta un brote de la enfermedad, se concentran los animales en un corral mientras enormes topadoras hacen un pozo en el que puedan caber todos los enfermos. Después, los cientos de bestias son arreados por una rampa lateral hasta el hoyo final y desde los bordes del cráter, los tiradores comienzan a balearlas. Cuando todos, o casi todos los animales parecen muertos, las mismas topadoras les dan piadosa sepultura a ellos y al virus maldito.
Lo curioso, al menos para nuestro entendimiento, es que mientras se usaron rifles que provocaban gran estruendo, los animales se excitaban enormemente durante la matanza pero, al reemplazarlos por armas silenciosas, los pobres veían a sus amigos caer a su lado, pero permanecían en calma.
Pareciera que desconocen la muerte, o que les es indiferente. Y esta actitud es una constante en la naturaleza.
Los únicos distintos somos los humanos. O muchos de nosotros. Nos gusta tanto la vida y tenemos tantas preguntas sin respuestas ciertas sobre la muerte, que tratamos de postergar indefinidamente este saltito que inevitablemente daremos de una forma u otra. Mientras tanto nos aferramos a cuanto bastón o pasamanos tenemos disponible. Desde la fe inconmovible del religioso, hasta el desafío constante a la parca del escalador libre, que se trepa a las montañas confiando solo en la fuerza de sus dedos.
Humanos.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Historia de amor

Está excedida la Beatriz. Yo calculo, acostumbrado a sopesar los novillos con la vista, que debe pasar los 100 kilos.
Es que Beatriz Almirón es aficionada por demás a los dulces y a las tortas fritas, así que todas las tardes amasa los manjares, se prende a las confituras, y se baja casi un litro de leche para acompañar.
Eso sí, además de rellenita es servicial, alegre y bailarina incansable. Hasta no hace mucho, en cada baile en el Club estaba ella. Pero se ve que el machaje no se le animaba, porque la pobre se pasaba la noche charlando con alguna amiga vinagreta, o con la tía vieja a la que ya no le dan las piernas ni para caminar.
Pero como siempre hay un roto para un descosido, la suerte de la gauchita cambió hace casi un año.
Ese día cayó al baile el flaco Legarreta. Consumido como un cigarro y más delgado que un alambre, pero con ganas de tener novia. Pidió un Gancia en la cantina y empezó a carpetear el ambiente hasta que la vio. Ella estaba con un vestido rojo bien escotado ¡Como para no verla! Además se había hecho un rodete tratando de que los pelos no empañaran la inmensidad de sus pechos. Dicen que el flaco apuró el Gancia, dijo no se sabe que boludez y arrancó derechito para la mesa de la Beatriz.
Ella lo vio venir decidido y supo que sería el hombre de su vida. En el primer abrazo en la pista, el flaco se perdió en aquel cuerpo fabuloso y nunca más se encontró solo.
Hoy el flaco y la Beatriz están esperando un bebé. Y se los ve felices, aunque el embarazo le debe haber agregado otros 30 kilos a la novia.

martes, 13 de septiembre de 2011

Buscando


No es que conozca todo el mundo por haberlo recorrido, pero a la enorme cantidad de lugares que pisé en tantos años, le agrego un montón de documentales, películas y libros que me transportaron cómodamente a otros miles de rincones.
Y casi nada se compara con los caminitos que recorro cada mañana al salir al campo en San Manuel. Hay lomas, sierras, piedras gastadas, plantas desafiantes y un aire livianito que acaricia los pulmones en cada respirada.
Ni hablar si uno para la camioneta un rato y se queda escuchando el concierto de pájaros recién empilchados después del emplume. Otra que los Wachiturros.
Hace poco volví de otro viajecito y vi lugares únicos. Mágicos. Pero tampoco ahora encontré un sitio donde este todo junto como en el mío.

viernes, 9 de septiembre de 2011

El sucio

Tipo mugriento era el Pacha Gimenez. Porque una cosa es vivir en las peores condiciones y no tener recursos ni posibilidad de andar medianamente aseadito, y otra es no calentarse por ser amigo del agua y el jabón.
Su casa en el campo “La Muesca” era un muestrario de huesos y pedazos de cuero desparramados en el frente. Después de cada comida abría la puerta y tiraba todo ahí nomás a dos pasos. Suerte que la manada de perros emprolijaba el terreno llevándose lo poco que servía para comer, y las ovejas le mantenían las pajas cortaditas como para poder caminar. No abría nunca las ventanas porque ya las celosías se habían desarmado, así que adentro, solamente se manejaba a candil o a farol de kerosene. Yo entré solamente una o dos veces, y tuve el gusto de conocer al montón de lauchas que vivían sobre la mesada.
Lo peor de todo era aguantarle los olores. Era todo jediondo. Su boca, sus sobacos y sus partes escondidas manaban aromas asquerosos. Pero tal vez lo peor eran sus patas. Porque ya decirles pies sería un homenaje. Como tenía las uñas tan largas, las alpargatas se le rompían en las puntas y los dedos negros se le escapaban desparramandose sobre el suelo. Encima el Pacha tenía la costumbre de sentarse en las tablas de la manga a cada rato, cruzar la pierna y escarbarse con la mano entre los recovecos del pie. Y de ahí sacaba algunos bollos de tierra humedecida con sudor, que se quedaba amasando un rato largo, tal vez para que el olor se le pegara más.
Me decían que muchos años atrás anduvo con ganas de tener mujer y se presentó en un baile de carnaval para ver si pescaba algo. Se había lavado apenas la cara y peinado algunos pelos sobre la frente. Se puso las botas que escondían la negra mercadería, y las mejores pilchas de ocasión. Cuando se arrimó a la cantina y pidió una ginebra, los parroquianos se fueron alejando discretamente. Solo el chueco Albarracín, ya mamado, y seguro que con poco olfato, le dio conversación. Como a las diez de la noche, la ginebra hizo efecto y el Pacha se la encaró a la negra Pardales, que sabiendo que el tipo era dueño de un campito, pensó que el resto no era demasiado importante. Y salieron a bailar. Y en cada vuelta de aquella milonga machaza, la negra sentía que se iba descomponiendo sin remedio. El Pacha había levantado los brazos para rodearla, y como estaba nervioso, empezó a jeder peor que un zorrino. Hasta que la pobre negra ya no aguantó más, se fue corriendo a vomitar en el terreno al lado del club, y después se escapó para su casa, donde quedó en cama dos días.
Y el Pacha se dio cuenta que tendría que seguir su vida solo.