viernes, 10 de junio de 2016

Cuando hierve la sangre

De un lado se ubica la gente y los países más ricos y desarrollados, y del otro la gente y los países más pobres. Desde que el hombre se organizó en sociedad hubo diferencias. Siempre existieron minorías que disfrutaron lujos y placeres extremos, y mayorías sumergidas, apaleadas, esclavizadas y explotadas salvajemente.
La diferencia es que la comunicación global sin límites, permite “espiar” todo lo que sucede, Las mayorías asisten a los grandes festines de los poderosos, sentados en una paupérrima casilla de cartón, a través de la tele y los medios electrónicos. Y se calientan. Ven a tipos que hace pocos años eran empleados comunes y a los que ahora les encuentran casas, campos, hoteles, barcos, aviones y autos en cantidades y con lujos inconcebibles, e inevitablemente sienten que les hierve la sangre.
Y en el hervir de la sangre se hace difícil separar a los que hicieron su fortuna trabajando o haciendo negocios en forma decente, de los que simplemente robaron impúdicamente lo que se puso a su alcance.
Así también, hay muchos a los que les cuesta diferenciar a los chantas que los sedujeron con mentiras, de la gente con buenas intenciones que quiere arreglar los desbarajustes colosales que les dejaron.
Esto pensaba a la mañana temprano, cuando escuchaba por la radio, la cantidad interminable de paros y cortes programados por los reclamadores seriales.     


jueves, 9 de junio de 2016

Temporal interminable

La imagen del título de este blog refleja lo que nos está pasando desde hace unas seis semanas. Llueve fuerte, llueve más despacio, después sale el sol un rato, de pronto sopla don viento con enormes ganas. Amanece con una gran helada, y vuelve a llover fuerte y así vamos. Mientras tanto, los caminos de tierra se van complicando. Barro, huellones, algún pantano. Lo mismo pasa con las mangas. Los corrales son un pisadero y en los que todavía no hay un pisadero, la gente trata de no encerrar para no estropearlos más. Es lógico que el laburo se resienta. Tenemos montones de vacas y toros por revisar todavía, pero solo vamos haciendo las urgencias a duras penas, envueltos en ponchos y camperas impermeables.

Lo bueno es que nos va quedando tiempo libre para escribir, encarar los proyectos de teatro y leer y estudiar sin apuro. Cosas lindas pero que no nos dan de comer.

martes, 31 de mayo de 2016

Beto y Micaela. El encuentro

Los que vienen siguiendo estos relatos, sabrán ya de las andanzas de Beto Menéndez en Mar del Plata, tratando de “desfacer entuertos”, tal como pretendía el inolvidable Quijote de la Mancha. Sabrán también que hubo una mujer, Micaela Rodríguez, que se enamoró perdidamente del campeón, cuando lo vio en acción enlazando con bravura a dos motochorros.
La cuestión es que Beto pronto comprendió que ya no podía seguir con su tarea vigilante, a bordo solo de sus alpargatas negras. Tenía que tener alguna movilidad, y lo más práctico y económico que consiguió fue una motito Zanella 50 cc, a la que pintó con los colores distintivos de su disfraz. Micaela, para no ser menos, consiguió prestada la moto de un primo y casi todos los días esperaba escondida, la salida del héroe, para seguirlo discretamente en sus recorridas. Hasta que pasó lo que pasó.
Tendrán noticias ustedes, que por estos días se han puesto de moda los secuestros express en Buenos Aires, y los delincuentes de la costa, imitando a los capitalinos, decidieron incursionar en el rubro.
La cuestión es que una noche, pasadas las once, tres enmascarados atraparon violentamente al dueño de una gran casa de deportes de la conocida calle Guemes, metiéndolo a los empujones en un viejo Falcon modelo `87. Justo en ese momento, Beto venía de recorrida por la zona y alcanzó a ver el movimiento. Aceleró violentamente su moto y lo mismo hizo Micaela unos cien metros detrás, sintiendo que su corazón galopaba desbocado ante la nueva aventura. Recorrieron dos o tres cuadras como a 50 km por hora, cuando de pronto, una de las puertas traseras del auto se abrió y salió despedido el cuerpo del infortunado señor, que arriesgó así su vida para escapar de los delincuentes. Beto miró alejarse el auto, mientras se detenía para ayudar al hombre. Enseguida llegó Micaela, a la que Beto no conocía y le dijo que ella se haría cargo de eso y que llamaría también a la policía para pasarle la patente del auto de los secuestradores. Después, mirándolo directamente a los ojos, con el pecho inflamado de amor, le pidió que siguiera persiguiéndolos para descubrir su escondite.

El héroe puso en marcha su aparato y salió raudamente detrás de los malhechores, que por suerte no iban muy bien montados. Pronto se les puso a tiro y comenzó a seguirlos. Iban con rumbo a Batán. Pero el corazón y el pensamiento de Beto habían quedado inundados con la aparición de aquella misteriosa mujer que lo había mirado de una forma tan apasionada… Continuará   

lunes, 30 de mayo de 2016

Cosas íntimas, silenciosas y gratificantes


Y ahí quedó mirándome agradecida

El laburo en el campo con grandes animales es generalmente muy fuerte. Se empieza temprano, con la salida del sol, y se extiende muchas veces hasta que el candidato brillante vuelve a esconderse en el horizonte. Son horas y horas de gritos, mugidos, fuerza, corridas, bromas, golpes, pisotones de alguna vaca y esfuerzo sostenido, que terminan en un dulce cansancio al final del día.
Pero a veces suceden cosas íntimas, silenciosas y gratificantes como la de ayer.
Domingo de lluvia. Estaba solo en casa mirando una buena película en la cama, y disfrutando el día de descanso. A las cuatro de la tarde me llama un cliente desde Tandil, para avisarme que un vecino le pasó el dato, de que una vaquillona estaba caída en su campo, a unos trescientos metros del alambrado de la calle. Quería saber si yo podía llegarme hasta ahí para atenderla.

Me vestí sin mucho entusiasmo, para que negarlo. Crucé hasta la veterinaria, preparé las cosas para la emergencia, me puse encima la ropa de lluvia y las botas de goma y salí despacito para el campo. Por suerte no había demasiado barro en la calle, así que llegué sin problemas y enseguida la vi. Allí estaba tirada la pobre muchacha en medio de un rastrojo de soja. Dejé la camioneta en la cuneta y me largué caminando con las cosas a cuestas. Todo era silencio. En medio del campo la lluvia no hace ruido. Solo se escuchan las gotas que caen sobre el poncho encerado o el equipo de agua. Nos saludamos con un gesto. La pila de bosta cerca de la pobre infeliz, indicaba que estaría caída por lo menos desde la noche del sábado. Además, tenía la mitad del cuerpo embarrada por las horas de intentos desesperados por pararse. Le di los medicamentos que le hacían falta y después, trabajosamente, la hice girar sobre su lomo dos o tres veces hasta que conseguí enderezarla. Mientras estaba guardando mis útiles, la vaquita hizo un esfuerzo tembloroso y consiguió pararse. Y ahí se quedó un buen rato mirándome agradecida, juntando fuerzas, mientras sus compañeras la alentaban y contenían. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Querido Papa Francisco

Tal vez lo que sigue no está en la línea de otros posteos, pero me gustó para compartirlo con los pacientes lectores de este blog, hoy, que se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de este espacio.

Querido Papa Francisco:
            Mi abuelita Bianca nació en Roma y se vino a vivir a la Argentina de joven. Era muy devota. Católica practicante y papista. Desde chico vi estampitas de Paulo IV y de Juan Pablo II en su casa.
            Cuando lo eligieron a Ud., yo estaba en viaje desde San Manuel a Balcarce. Paré la camioneta en la ruta en el momento en que Fernando Bravo, por la radio, contaba emocionado que teníamos un Papa argentino. Me acordé de mi abuelita y pensé que allá por el cielo estaría tan contenta como yo.
            Tan feliz estaba con la buena nueva, que leer las cosas que de Ud. escribieron ese mismo día los simpatizantes del gobierno, me dolió mucho. Dijeron e hicieron cosas increíbles desde la presidenta, hasta el más infeliz de sus seguidores. Esto duró los días necesarios para que la Jefa diera una elegante vuelta retórica, y viera que su futuro estaba pegado a su sotana. Entonces empezaron las alabanzas, los gestos de simpatía y las peregrinaciones para sacarse la foto redentora.
            Y Ud. los recibió amablemente y con una sonrisa, mientras desde acá, los que padecimos tantos años de saqueo, descontrol, ineficiencia, mentiras y devastación del Estado, mirábamos con sorpresa, pensando que tal vez se trataba de un gesto pastoral de reconciliación y perdón. Queriendo entender. Aunque es sabido que los caminos del Señor son inescrutables.
            En diciembre asumió un nuevo gobierno en el país. Una esperanza enorme para la mayoría silenciosa de los argentinos. Una alegría gigantesca para quienes queremos un país sano, ordenado, pujante, con trabajo y oportunidades para los que estén dispuestos a tomarlas.
            Por eso esperábamos un gesto. Una palabra. Una imagen. En este mundo y esta sociedad de imágenes y gestos. Solo una llamada el mismo diez de diciembre. Porque aunque en su nuevo país el protocolo indica no saludar en estos casos, Ud., ante todo, sigue siendo argentino, y ya hemos visto que el protocolo no es lo que más lo desvela.
            Eso pasó. Luego vino la visita al Vaticano. Su cara el día que recibió a nuestro presidente no la merecíamos. Porque no solo el desprecio fue para él. Fue un castigo sutil para la mayoría de los argentinos. Tal vez Ud. no lo quiera porque es “rico”, y por aquello de que los ricos no entrarán al reino de los cielos. Pero ese señor que Ud. castiga es nuestro presidente. De los pobres y de los ricos de su país. Y si ese señor sigue haciendo las cosas bien como hasta ahora, el bienestar llegará para todos.
            Sería lindo y reconfortante que Ud. le diera una mano a su país. Desde su lugar. Acariciándonos el espíritu con una palabra de consuelo. Acompañando. Poniendo las cosas en su lugar con su enorme sabiduría. La mayoría de los argentinos estaríamos enormemente felices si eso sucediera.
            Y por fin, le pido perdón por la soberbia de este escrito.  
     

             

domingo, 1 de mayo de 2016

La vaca discriminada



Llegamos temprano a La Jacinta para atender una vaca Angus negro, que no paraba de reclamarnos. Ya la tarde anterior había sentenciado al dueño, Marcelo Menéndez, con que si no nos llamaba para curarla, iba a saltar los alambrados y a disparar por la calle, hasta caerse muerta de cansancio. A la noche me llamaron.
La metimos en la manga y la agarramos en el cepo.
-¿Qué pasó gaucha?- Le pregunté
-¿Y yo como puedo saber Spinelli? Si lo supiera ya les habría pedido a los Menéndez que me trajeran los remedios-
-¿Y desde cuando estás así?-
-Yo no manejo muy bien los tiempos de ustedes, pero a mí me parece que hace mucho que me enfermé. Lo peor es que ahora todas mis compañeras del rodeo se ríen de mí y me señalan con la cabeza. Dicen que me parezco a un animal grandote que anda nadando en los ríos de otros lugares, porque parece que Aurora, la lechera, pudo espiarlo en la televisión del tambero-
Me reí divertido: -¡Ah! ¡Te hacen bullyng!-
-¿Cómo dijo Spinelli?-
-¡Nada! ¡Nada! Quedate quietita que te voy a dar una inyección endovenosa y si todo va bien, en dos o tres semanas vas a estar recuperada-

La vaca negra cerró sus negros ojos, mientras le inyectaba la droga salvadora. La largamos de nuevo al campo. Allá lejos se dio vuelta y me despidió con un gesto agradecido. En cuanto la muchacha ya no pudo oírnos, Juan comento: -¡La verdad que está muy fea! ¡Espero que se mejore! 
    

martes, 19 de abril de 2016

¿Proteccionistas o agitadores mediáticos?


¿Que clase de mariconería les ha atacado a todos los pseudoproteccionistas de Argentina? ¿Será un mal mundial?
En poco tiempo tuve contacto con dos casos fatales. En el primero, una sensible señora que paseaba con su perrito por un camino en las afueras de Tandil, vio una yegua feamente lastimada en una pata, dentro de un predio privado. La yegua es de un veterinario conocido, que la estaba tratando desde un tiempo atrás. La señora en cuestión, pensó que el animal estaría sufriendo demasiado, entonces lo denunció al Colegio de Veterinarios, luego al Municipio de Tandil y finalmente terminó amenazándolo por Facebook con hacerle daño a sus hijos, para que se diera cuenta de lo que era sufrir.
El otro caso es de un colega muy querido que viajó a B. Aires por un trámite, con un amigo y con su perro. Cuando llegó a destino, puso a su perro en la caja de la camioneta y lo cubrió con la lona que traen esos vehículos. Esa vez pasaron dos sensibles niñas que vieron al animal asomando el hociquito por un hueco, llamaron a la policía, la policía llamó a mi amigo, porque su mascota tenía colgando del collar una chapita con su número de teléfono, y allí mismo, en la calle, comenzó un incordio de dos meses, en los que se comió insultos, amenazas, peroratas sin sentido y mil estupideces mas.
¿Saben qué? Estoy podrido de esta gente que no sabe nada de animales.
Protestan por las carreras de galgos, las cuadreras, las jineteadas, los cortes de orejas y colas de cachorros, el uso de caballos para el trabajo, el sacrificio de perros dañinos y cuanta cosa afecte su alma sensible.
Los dueños de caballos y perros deportivos, y de animales para pruebas gauchas, los cuidan y entrenan con esmero y dedicación. Los quieren tanto o más, que los que usan las mascotas solo para compañía y las confinan en coquetos departamentos.
Los cortes de oreja y cola de los cachorros se hacen en muchas mejores condiciones de asepsia y antisepsia, que tantísimos destrozos corporales que se autoinflingen los humanos.
Los caballos se utilizan para el trabajo, el deporte y la guerra desde hace milenios, así que no me parece mal que sigua esa linda yunta entre el hombre y el equino.
Para terminar el rosario les digo que ¡Sí hay perros peligrosos! No me vengan con la pavada de que un perro, si está bien criado nunca hará daño. En este caso, la enorme cantidad de heridos, mutilados y muertos que dejan todos los años, los perros de razas peligrosas, me eximen de mayores comentarios. Son indefendibles.
Por lo tanto, aquí va este grito fuerte: ¡Juira proteccionistas! ¡No molesten!
Limítense a estar atentos a las verdaderas herejías. Las que sufren tanto los animales como los humanos.  


lunes, 18 de abril de 2016

El flechazo de Micaela

Micaela Rodríguez estaba parada justo detrás de Beto en el momento en que el hombre, pleno de fortaleza y decisión, armó el lazo y comenzó a revolear, esperando a que los bandidos motochorros quedaran a tiro, para tomarlos en un movimiento inolvidable.
Fueron instantes llenos de tensión. Un voltaje misterioso y envolvente que atrapó a los ocasionales espectadores de tremenda captura. Todo duró uno o dos minutos, pero el tiempo pareció detenerse casi a nada, y correr tan despacio, que cada segundo quedó grabado en la memoria de todos.
Micaela sintió que su corazón se prendía fuego y no pudo ya dejar de mirar esas espaldas formidables, esos brazos curtidos y al hombre todo, que desde ese momento, sería su hombre.
Lo siguió cuando Beto, aprovechando el revuelo de la llegada y captura de los ladrones, se escabulló del lugar. Con una astucia y osadía que a ella misma sorprendieron, pudo mantenerse a regular distancia del fugitivo, hasta ver la casa en la que entró el misterioso enmascarado.
Con la tenacidad y locura que regala el amor desesperado, en pocos días fue armando el rompecabezas. Supo que la casa había sido de una viejita que al morir, la dejo en herencia a su único sobrino, Alberto Menéndez. Se enteró de que el muchacho vivía en el campo, muy cerca del pueblo de San Manuel. A través de un conocido, averiguó que Alberto había renunciado a su trabajo un mes antes y que se había mudado a Mar del Plata. Le contaron también de algunos desarreglos cerebrales que provocó la TV y sus historias, en el bueno de Beto, pero también se enteró de la fama de hombre íntegro y campero que había cosechado en sus años juveniles.  
Cada dato que capturaba, bordaba un nuevo punto en el amor imperioso de Micaela. Entonces empezó a espiar sus movimientos. Sus salidas, sus compras y sus gustos. Y esperó el momento de ver de nuevo en acción a su héroe.

Dos noches salieron en busca de aventuras. Beto con su traje de fajina y ella siguiéndolo embobada. Pero no hubo acción... Continuará  

jueves, 14 de abril de 2016

El extraño caso de Benito Aguirre

Hace años que se habla en toda la zona del caso de Benito Aguirre. Todo empezó una mañana en que Benito puso en marcha su Ford Falcon `73, color verde militar, y lo dejó calentando en la puerta del galpón, antes de salir para el pueblo. Se tomó los últimos mates, revisó la billetera para asegurarse de que llevaba todo el dinero que precisaba para los mandados, se subió al auto y arrancó despacito.
En cuanto dejó atrás la tranquera y empezó a tomar velocidad, las vio. Sobre el torpedo color negro del viejo Falcon, se distinguían apenas, montones de cagaditas de rata y varias chorreadas de orina que les hacían juego. Fue tal su sorpresa que sacó la vista del camino y casi vuelca en la maniobra.
Cuando volvió al campo, se pasó un rato largo tratando de encontrar al visitante. Levantó los asientos, revisó los pisos, espió en todos los rincones del tablero y los recovecos del auto, que no eran tantos, pero la rata no apareció. Creyó que se había ido.
Al día siguiente, apenas se levantó, fue hasta el galpón con la linterna y sin abrir las puertas del Falcon, enfocó la luz a través de las ventanillas. Sobre el asiento trasero lo miraba una enorme rata color marrón, que no tardó en desaparecer. Enfurecido, Benito llenó el piso de su máquina con venenos de distintos colores, durante tres días seguidos, hasta que vio que el animal ya había dejado de comer. Pensó que seguramente habría muerto en algún lugar del campo. Pero no. Tardó dos días en aparecer el olor fétido y asqueroso de la rata muerta. Trató de encontrarla de nuevo, pero por más que hizo mil maniobras, no pudo dar con el cadáver. Ya nadie quiso subir al auto de Benito. El olor era demasiado fuerte, repugnante y como se verá después, enfermante.
Al principio, el hombre tuvo que hacer fuerza para pilotear soportando la baranda aquella, pero con los días pareció que no solo se acostumbraba sino que, hasta lo disfrutaba. Pero algo cambió. Primero se lo vio con la barba crecida y el pelo revuelto. Dejo de bañarse. Ni siquiera se lavaba las manos, que llevaban restos de tierra, sangre de las carneadas y otras porquerías. Después se le fueron hundiendo los ojos, y en dos o tres días más, se le cayeron casi todos los dientes. Se le arrugó la piel y terminó por andar descalzo y con la ropa hecha pedazos.
Como a la semana de no aparecer por el pueblo, algunos vecinos se fueron hasta el campito de los Aguirre y, después de mucho buscar, encontraron a Benito muerto dentro del auto, hecho un ovillo sobre el asiento trasero. Tuvieron que usar máscaras de fumigadores para sacar el cuerpo del hombre, tan fuerte era el insoportable olor que salía del Falcon.

Dicen que todavía, veinticinco años después, el galpón de los Aquirre conserva el aroma de aquellos días. Al auto lo prendieron fuego en el medio de un potrero arado. 

lunes, 4 de abril de 2016

Se va la segunda

Fueron pasando los días tranquilamente para el nuevo campeón de la justicia, hasta que una mañana, cuando salió de la casa para hacer los mandados, se encontró con su vecina que barría la vereda. La viejita vivía sola y estaba muerta de miedo por los motochorros que estaban haciendo de las suyas en el barrio. Ya habían asaltado a dos personas en la misma cuadra, y a varias más en las dos o tres manzanas vecinas. Siempre con la misma rutina y horarios, que era lo que más bronca daba a la gente, ya que la policía no parecía tomar en cuenta esos detalles para reforzar la vigilancia.
¡Ahí están los próximos! Pensó Beto.
La cuestión es que los malvivientes eran bastante madrugadores, porque todos los golpes los hacían a la mañana temprano y casi siempre sobre mujeres que esperaban el colectivo para ir a trabajar.
Ese martes, Beto se levantó alrededor de las cinco de la mañana y preparó los primeros mates. Pensaba patrullar las dos o tres calles más golpeadas por los motochorros. Tal vez tuviera suerte. Cuando empezó a clarear, se puso su nuevo uniforme de batalla y salió decidido a jugarse una vez más.
Pero caminó casi dos horas y de los bandidos ni noticias. La gente que lo veía con tan exótica vestimenta, respetuosamente cambiaba de vereda por precaución. Pero en un instante todo se precipitó. En la cuadra siguiente a la que caminaba nuestro amigo, se vio un tumulto y una mujer que luchaba desesperada y a los gritos, contra un tipo grandote que quería quitarle algo que llevaba en la mano. Esa resistencia le dio tiempo a Beto a planear su jugada. El ladrón consiguió por fin arrancar un bolso a la mujer y corrió hasta la calle donde lo esperaba el socio con la moto preparada para huir ¡Justo hacia la esquina donde estaba Beto!
Pero el hombre ya había preparado el lazo trenzado que tantas veces le hiciera ganar premios en los concursos de pialada y lo revoleaba con elegancia suprema, esperando el momento de tirar. Sabía que se jugaba todo a un tiro, pero con nervios de acero y vista de aguilucho, buscó el instante preciso para actuar.
Los ladrones, que seguramente nunca habían visto lo que era un lazo, o tal vez cegados por la adrenalina del momento, ni calcularon lo que estaba por hacer aquel tipo, medio mamarracho, parado en la esquina cerca del cordón de la vereda, con un brazo en alto y revoleando una cuerda.
Pasaron como a 70 km/h al lado de Beto, pero ya la armada bien grandota del lazo volaba inexorable hacia ellos. Y los tomó limpitos, mientras el héroe echaba verija sobre el asfalto. Los testigos contaban después, que fue un momento inolvidable. El lazo se cerró, se tensó, y se vio a los dos cuerpos volar por el aire mientras la moto, ya sin jinetes, corría a estrellarse contra un poste.
Del resto se encargaron los vecinos. Mientras los atontados delincuentes aguantaban una lluvia de golpes y patadas, llegó la policía para arrestarlos. Se tomó declaración a más de treinta personas y todas coincidieron en resaltar el acto heroico de Beto, que para acrecentar su fama y antes de desparecer discretamente, dejó caer como al descuido un montón de tarjetitas hechas a mano, donde se leía “SB auxiliar de la justicia no convencional”.
Al otro día, el Diario resaltó el suceso en la primera página y las radios empezaron a hablar del misterioso personaje, capaz de pelear contra fieros malandras con una alpargata o un lazo.  



sábado, 2 de abril de 2016

La primer hazaña

Así vestido, decíamos, y con un armamento tan extravagante, Beto inició su carrera como “auxiliar de la justicia no convencional”.
El remisero que lo llevó hasta la peatonal no dudo ni por un segundo, que llevaba un pasajero a una fiesta de disfraces. Lo único que no le gustó fue el tremendo cuchillo que Beto sacó de su cintura y colocó prolijamente sobre su falda, para no lastimar el tapizado del auto.
Una vez en el lugar de la acción, y sin saber muy bien cuál sería la primer hazaña, se dedicó a recorrer a tranco firme las cinco o seis cuadras que van de la plaza al mar, ida y vuelta sin parar. Los que todavía circulaban por la calle a esa hora ya medio avanzadita de la noche, se sorprendían al ver semejante figura, pero increíblemente, tal vez por la altura y el tamaño de Beto, nadie se animó a decir una palabra y menos a burlarse de nuestro amigo.
¡Hasta que sucedió!
Llegando casi a una esquina, se empezaron a escuchar gritos desesperados de mujer y pronto se vio lo que pasaba. Un tipo de mala facha arrastraba a una chica de los pelos, mientras le daba patadas donde podía. La pobre chillaba como una loca, pero los tres caminantes ocasionales que se acercaron a prudencial distancia, se limitaron a mirar sin intervenir, mientras se consumaba la paliza. Como una sombra, y adelantándose a Beto, apareció una mujer policía que intimó al agresor con voz aguda, pero el guacho, en lugar de parar el castigo, se limitó a darle una cachetada que le hizo volar la gorra ¡Fue la gota que rebalsó el vaso!
-¿No escuchaste a la señorita, maricón?- Gritó Beto bien cerca de la oreja del delincuente que estaba enardecido, pero se ve que no era estúpido, porque por un momento largó los pelos de su víctima y se dio vuelta para encarar a Beto.
-¿Y a vos que te pasa muñeco?-
-¡Me pasa que a las basuras como vos las cago bien a palos, para que nunca más se animen a hacer estas porquerías!-
El tipo se largó ciego sobre Beto para tratar de pegarle, pero ya la cosa estaba decidida. La herramienta que eligió el héroe para palicear al degenerado fue su alpargata derecha. Y tal como hacía El Zorro, empezó a canchar entre risas al agresor y a darle semejante soba que pronto el desgraciado sangraba hasta por las orejas. Ya se había juntado un montón de curiosos que seguían divertidos la pelea y alentaban al salvador inesperado.
La fiesta terminó cuando llegaron refuerzos en un patrullero, alertados por la mujer policía, y se llevaron esposado al desfigurado agresor, con cargos como pasar unos cuantos días preso y golpes como para recordar toda su vida.
Cuando quisieron agradecer a Beto, sobre todo la mujer golpeada, por su valiente accionar, se dieron cuenta que el hombre había desaparecido.
Al día siguiente, el Diario La Capital, al hacer una pequeña crónica del suceso, por primera vez habló del “auxiliar de la justicia no convencional”. Beto leyó la noticia mientras esperaba que lo atiendan en la verdulería y se puso contento. La cosa iba bien… Continuará



martes, 29 de marzo de 2016

Un superhéroe criollo

A Beto Menéndez lo enloqueció Direct TV. Se lo instaló el patrón en el puesto, creyendo que le hacía un gran favor y le mejoraría la calidad de vida, ya que el único entretenimiento de su peón, hasta ese momento, era la radio a pilas que llevaba a todos lados. Estuviera cambiando un esquinero o trabajando en la manga, siempre lo acompañaba una vieja Noblex con música y noticias.
Seguramente si Beto hubiera sido aficionado a la lectura de libros de caballería, sus instintos se hubieran despertado antes, tal como le sucedió hace mucho tiempo a cierto caballero de La Mancha.
El asunto es que apenas empezó a ver televisión, encontró que lo que más le gustaba eran los noticieros y las series de superhéroes, y en su cabeza ya medio revuelta, se fue armando un gran nudo de hechos policiales verdaderos y personajes de ficción capaces de atrapar a los ladrones y asesinos más bravos. Pero El Zorro era el justiciero que lo volvía verdaderamente loco, sobre todo por los caballos que montaba. Un oscuro tapado y otro blanco como nieve. Además, admiraba al gaucho que peleaba contra todos y encima se les moría de risa en la cara.
Un día Beto le dijo a su patrón que quería vender sus vacas y emigrar al pueblo. En Mar del Plata tenía una casita sin mucho lujo que heredó de una hermana de su papá. Nadie fue capaz de hacerlo entrar en razones para que se quedara en el campo. Beto nació y se crió en la zona de San Manuel y era un hombre hecho como a propósito para las tareas rurales. Alto, fuerte, ágil como un puma, muy buen jinete, pialador sin abuela y de los mejores para sacar enlazado un ternero del rodeo. Manejaba las boleadoras como un maestro y era habilidoso para canchar con el cuchillo, tanto que había algunos paisanos “rayados” por Beto en medio de alguna discusión.
El hombre había tomado la firme resolución de darle una mano a la policía combatiendo a los criminales de Mar del Plata para empezar. Después se vería.
Se instaló nomás en la costa y como no sabía por dónde empezar con sus batallas, se fue derechito a la Comisaría Primera. Allí estuvo conversando con el oficial de guardia y le contó que andaba con ganas de hacer alguna patriada correteando delincuentes. El milico, creyendo que Beto estaba loco o que quería cargarlo con el asunto, le dijo que lo mejor que podía hacer era conseguirse un buen disfraz para que no lo reconozcan y empezar, por ejemplo, patrullando la peatonal San Martín, donde es sabido que a la noche se junta gente de mala calaña.
¡Por fin tengo una punta para arrancar! Pensó Beto, contento, mientras volvía para su casa. Ya tenía decidido el “uniforme” de batalla que usaría.
A la noche siguiente, cenó un churrasquito con un vaso de vino, se preparó mirándose en el espejo, tal como en las películas, y enfiló para la peatonal. Llevaba bombachas batarazas, alpargatas negras nuevas y camisa blanca con un dibujo de un trébol en la espalda hecho con un fibrón. Dentro de una de las hojas del trébol había puesto las letras SB, tal vez por Super Beto. Además tenía la cara cubierta por un gran pañuelo rojo al que le hizo dos agujeros para ver y remato la obra con un lindo chambergo negro bastante baqueteado.

El armamento consistía en un cuchillo atravesado en la cintura, el rebenque en la mano derecha y un lazo trenzado de ocho cruzado en bandolera, ya que no había encontrado la forma de llevarlo mejor…       Continuará

domingo, 27 de marzo de 2016

Entrenamiento libre

Mi camino por las sierras de San Manuel

Me gusta correr. Salgo siempre que puedo, sobre todo en épocas de días largos, porque en invierno, entre las pocas horas de luz y los grandes trabajos programados de tacto y revisación de toros, es más difícil encontrar el hueco para ir, aunque sea una hora, a correr por las sierras.
Hoy es domingo de Pascuas, así que en cuanto vi que la mañana estaba más que linda, con poco viento y una temperatura justa, me organicé para salir.
Llegué al pie de un cerro donde tengo un buen sendero para andar y en cuanto me bajé de la camioneta, abrí el teléfono para hacer andar la aplicación de Nike ¡Pero la aplicación no estaba!
¡Margarita! Pensé enseguida. Mi hija menor estuvo ayer “organizándome” el teléfono y seguramente, con sus inocentes ocho años, habrá pensado que esa aplicación no servía para nada. Al principio lamenté la pérdida de más de seis meses de información de carreras y lugares por los que anduve, pero después me calmé, respiré hondo y decidí disfrutar el trote “sin marcas” por primera vez en mucho tiempo.
La verdad que estuvo muy bueno. Hice un recorrido más largo que lo habitual y fui mirando el paisaje que, según mis cálculos, ha de ser el más lindo del mundo.
Tanto me gustó, que estoy pensando en alternar algunas carreras con los registros habituales, y otras libres al azar y los vientos, como la de hoy.

Y por si esto fuera poco, al volver a la veterinaria instalé de nuevo la aplicación borrada, y allí aparecieron todos los datos que creí perdidos. Un día redondo. 

domingo, 20 de marzo de 2016

Que la dejen volar



Recordarán los lectores de estas notas que ya nos tocó suturar el buche de una cotorra hace mucho tiempo. Ahora, cosa del destino, nos trajeron otra, con una fractura de tibia por una caída desde la cama de Clarita, una nena de siete años que lloraba muy afligida por su mascota.
-¿Se va a morir Jorge?- Me preguntó sorbiéndose los mocos y con los ojos llenos de lágrimas mientras yo la revisaba en la camilla. Clarita apenas asomaba su cara sobre el borde de la tabla y espiaba la maniobra toda angustiada.
La miré sonriente, le aseguré que su pájara no corría peligro y me puse a trabajar para contener el huesito roto.
-¿Cómo se llama tu cotorra?- Le pregunté mientras cortaba unos pedazos de madera liviana para entablillarla.
-¡Campanita! Pero como papá le cortó las alas no puede volar como la Campanita de verdad-
De pronto, la herida movió su pico robusto para hablarme en voz baja: -¡Pssst! ¡Jorge! ¿De verdad que no es grave?-
Me aseguré que Clarita no escuchara y le dije: -¡No te preocupes muchacha! ¡En diez días vas a estar bien! Lo que no me imaginé es que hablaras tan claro-
-¡Claro que hablo! Y canto y silbo como una campeona, pero te hago una pregunta: ¿No le podés decir a la nena que hable con su papá y que no me corten más las plumas de las alas? Yo no me voy a ir de la casa porque ya aprendí a comer con ellos y me encanta, pero poder darme una vueltita por el aire de vez en cuando me vendría bárbaro-
-¡Bueno! ¡Veo que puedo hacer!- Le dije mientras terminaba el prolijo vendaje.
-¡Listo Clarita! ¡Acá la tenés! Llevála nomás y me la traes cada vez que veas que se quiere sacar la venda con el pico… ¡Ah! ¡Otra cosa! Decíle a tu papá que no le corte más las plumas de las alas porque las cotorras, una vez que se hacen de la casa, ya no se van lejos, y de esa forma pueden hacer un buen ejercicio volando-
-¡Gracias Jorge!- Dijo la nena, ya más aliviada, y se fue corriendo de la veterinaria llevando a su amiga en una caja de zapatos.
Un mes después, cuando yo ni me acordaba del asunto de la cotorra, la encontré a Clarita caminando por la calle con su cotorra parada en el hombro. Desde la camioneta la saludé y le pregunté cómo andaba.
-¡Bárbaro Jorge! A los diez días mamá le sacó las vendas, y ahora que le crecieron las plumas ya puede volar pero no se va de casa ¡Estoy recontenta!-

Me despedí de la nena mientras Campanita me guiñaba un ojo. Salió todo bien.  

domingo, 28 de febrero de 2016

Petiso vengativo


-¡Y si Benito! El pobre gaucho tiene fracturada la tibia derecha


Le hicimos un bonito yeso que contuvo la lesión


Así quedó el pobre gaucho. Muy apurado por recuperarse como podrán leer a continuación

-¡Buen día! ¿Cómo anda doctor? ¿Podrá venir de una disparada al campo? ¿Me parece que el pobre gaucho se quebró?-
-¡Que tal Benito! ¡Tanto tiempo! Voy para allá pero ¿Quién es el pobre gaucho?-
-Es el petiso de los hijos del jefe. Le puse así de nombre, porque siempre tuvo pinta de destartalado. Ahora me parece que lo pateó una de las yeguas con cría-
-¡No hay problema! ¡En un rato estoy por allá!-
-¿Cómo andas pobre gaucho?- Le pregunté en cuanto lo vi. Estaba quietito en un rincón del inmenso monte.
-¿Y cómo quiere que ande dotor? ¡El dolor me hace recagar!-
-¡Epa petiso! ¡Que boquita!-
-¡Ma que boquita!- Contestó áspero el pequeño –Usté no siga conversando y metalé con el yeso que en cuanto me cure, esa yegua podrida no se salva-
Preparé las vendas enyesadas en silencio para no seguir oyendo el rosario del pobre gaucho, pero el tipo, haciendo honor al dicho de que todos los chiquitos son malos siguió:
-¡Que yegua hija de mil! ¡Siempre buscando mierda!-
-¡Cual es la yegua que te estropeó!-
-¡La overa! ¡Es una basura! Ahora anda con el cuento de que la zaina me quiere más a mí que a su potrillo, que viene siendo su sobrino por parte de padre. Hoy se me vino de atrás, la muy desgraciada, y de puro loca y arrebatada me cagó justo en la pata ¡Pero ya va a ver dotor! Cuando este curado, el primer día que la encuentre durmiendo, le arranco la ubre de un mordiscón-
-¿Te parece pobre gaucho?-
-¡Ya va a ver!-
Veremos entonces


miércoles, 10 de febrero de 2016

Hasta los perros se dan cuenta

Fue un atardecer perfecto. Ni frío, ni calor, ni viento, ni ruidos se sentían al pie del cerro donde paré la camioneta, para salir a correr en el circuito de la cantera. Llegué de vuelta entre dos luces, abrí la puerta de la caja y me quedé sentado quietito, mirando como caía doña noche. En eso estaba, cuando escuché las voces de dos perros que conversaban tranquilamente. Eran algunos de los animales que tiran en el basurero, y allí se establecen cirujeando entre los desperdicios de la gente del pueblo. Uno era negro y grandote. El otro barcino, flaco y seguramente pulguiento. Charlaban sobre los humanos.
-¡Es increíble cómo ha cambiado la gente en los últimos diez años!- Dijo el negro
-¿Por qué?- Preguntó el barcino distraído, mientras roía un enorme fémur de vaca.
-¿Y preguntás porque? ¿Cuántos años tenés vos?-
-¡Trece! ¡Pero vividos como veinte, porque las he pasado todas!- Afirmó el barcino.
-¡Y bueno!- Siguió el negro -Yo solamente tengo once, y nací y me crié por acá nomás, pero veo que los humanos han cambiado un montón. Antes conversaban más entre ellos, o pensaban seriamente en las cosas que estaban haciendo, sobre todo los muchachones adolescentes-
-¿Y ahora qué?-
-Ahora andan como atontados con unos aparatos que hacen ruidos. Los miran todo el día y no le dan pelota a nada más. Creo que con eso escriben cosas importantes y además, a veces hablan ¡Pero es increíble! Desde el que maneja el tractor que acomoda la basura, hasta el chico que hace huevo en la plaza, están con ese aparato en la mano-
-¡Es verdad!- Dijo el barcino entrando en tema y apartando el enorme hueso con la manito izquierda. Ahí me di cuenta que era zurdo -¡Es verdad! El otro día escuché que decían que ya hay en el mundo más de esos aparatos que personas, y que se está formando algo nuevo en su cultura, pero no saben bien que es. Creo que ya ni precisan estudiar, porque en esos aparatitos figura todo lo que tienen que saber-
-¿Viste?- Siguió el negro -¡Entonces tengo razón! Decime barcino ¿Vos sabés cómo funcionan esos aparatos?-
-¡A batería!-
-¿Y la batería con que se carga?-
-¡Con electricidad!-
-¡Así que si esta pobre humanidad se llega a quedar sin electricidad, aunque sea un mes, su nueva cultura caga fuego!- Dijo el negro
-¡Y bueno! ¡Se podría decir que sí! Aunque no estoy seguro, nosotros solo somos perros y ellos que son tan inteligentes tal vez se puedan acomodar-

Y ya no hablaron más. El barcino volvió a su hueso y el negro se quedó mirando el cielo. Yo me volví pensando para mi casa.

domingo, 7 de febrero de 2016

A solas con el petiso


En los primeros tiempos de este blog, les conté de mi amigo el petiso “cara `e guiso”, bautizado así por los nietos del dueño. Ya han pasado más de cinco años, y el pobre ha tenido algunos achaques graves. Además, la edad se le ha caído encima de golpe.
Hace varios meses le extirpé un tumor del prepucio y anteayer lo volví a ver, porque tuvo la mala suerte de “agusanarse” en la herida de la operación, es decir que las moscas bandidas desovaron allí, atraídas por algún raspón sangrante y pronto aparecieron decenas de larvas comiendo los tejidos de mi amigo.
-¿Cómo andás petiso?- Lo salude en cuanto lo vi. Lo habían dejado encerrado en el corral de la manga, así que estábamos solos y podíamos charlar tranquilos.
-¡Ya lo ve dotor! Como me picaba la panza, me estuve rascando en un tronco cortado, y seguro que alguna astilla me lastimó allá abajo ¡Que cagada! ¡Ahora que andaba tan bien! Eso sin contar las patas que se me están deformando y me duelen cada día más, lo que me cuesta comer con los pocos dientes que me van quedando, y el ruido a huesos que me hace el esqueleto cuando me muevo-
-¡Una lástima petiso! Pero no te preocupes que esto va a quedar de diez- Le dije mientras le aplicaba una crema curabicheras en la herida y le daba algunas inyecciones. De pronto se dio vuelta, me miró de frente con sus grandes ojos negros y me preguntó:
-¡Ya me queda poca cuerda! ¿No dotor?-
-¡Y!- Empecé a decir, tratando de suavizar la noticia  – ¡Ya tenés 28 años! Para un caballo es mucha edad. De todas maneras estás muy bien-
-¡Pero no hay problemas dotor! No me preocupa ser viejo ¡Demasiado trabajé toda mi vida! Yo le pregunto porque anteanoche, mientras dormía parado entre el eucaliptus y el galpón, se apareció mi mamá y estuvimos conversando un rato. Cuando se despidió me prometió que pronto nos íbamos a ver ¡Y mi mamá fue una yegua de tiro, que se murió cuando yo era chiquito!-
-¡No se petiso! Creo que cada uno tiene su hora escrita en algún lado ¡Sabrá Dios cuando nos tocará a nosotros!-
Lo abracé por el cuello, lo acaricié un rato y nos despedimos. Me fui con los ojos aguachentos.



miércoles, 3 de febrero de 2016

Un buen partido

Juanita hace como diez años que es viuda. Tiene una linda casa en San Manuel y unas ganas enormes de tener novio. Por eso, cuando Francisco la sacó a bailar una milonga en la fiesta de los jubilados, vio la luz en el fondo del túnel. Francisco pisa los setenta, está gordo y deshecho, pero es simpático y, lo que es más importante, vive solo con su madre en un campito importante en el acceso a San Manuel.
Juanita tendrá tres o cuatro años menos, pero está fibrosa y aguerrida como en sus años mozos, así que a partir de ese sábado de noviembre, empezó la “cacería” de ese buen partido. Un solterón y con campo.
Esperó encontrarlo en el baile de Fin de Año de la escuela 15, pero Francisco andaba con la cosecha de cebada. Le mando mil señales a través de conocidos, pero el pobre, tal vez sin experiencia en esos manejos, no las registró.
La última desilusión fue el esperado encuentro de Navidad en el Club Atlético, donde la comunidad del pueblo se junta después de las 12 de la noche, y se desparrama en brindis y bailes alocados. Pero Francisco tampoco fue. Entonces, dos días después de Reyes, Juanita tomó la resolución de agarrar el toro por las astas. Armó una valija grande con la ropa más necesaria, se puso coqueta, se maquilló y se tomó el colectivo que lleva a la gente hasta el paraje la Alianza. Se bajó en la tranquera del campo de Francisco y caminó los cien metros hasta la casa, con la valija a cuestas, decidida a instalarse allí para compartir la vida de su hombre.
Cuando Hortensia, la madre de Francisco, se enteró de que Juanita estaba decidida a ser su nuera, se calentó al instante. Gallega temperamental y celosa de su “pollito”, comenzó increpándola de palabra y terminó sacándola de la casa a los empujones.
Cuando Dante regresó desde La Alianza manejando el colectivo, se la encontró de nuevo a Juanita que volvía derrotada para San Manuel. En un ratito se le había terminado la historia de amor.




martes, 26 de enero de 2016

Lucio y el TOC

-¡Para mí que Lucio tiene un TOC!- Me dijo Carolina preocupada.
Estábamos los dos parados al pie de la cama en la Unidad Sanitaria de San Manuel. Lucio estaba inconsciente, con una sonda que goteaba suero en su gruesa vena. Lo habíamos encontrado caído debajo de los árboles de ciruelas, en el potrero de la sierra, en la Estancia “Los Cerros”, cerca de Licenciado Matienzo.
-¿Por qué pensás que tiene un TOC?- Le pregunté.
-¡Porque no se puede creer lo que hace! Todas las mañanas que sale a recorrer, se va al potrero del monte de frutales, estaciona el overo al pie de los árboles, y se pone a comer hasta que le queda la panza como un globo ¡Se sabía que un día le iba a pasar algo así! Menos mal que Martínez lo vio cuando se desplomaba desde arriba del caballo, completamente pasado de ciruelas-
-¡Yo creo que vos tenés mucho psicoanálisis Carolina! Esto no es un TOC. El problema de Lucio es su tremenda afición a las ciruelas y nada más. En cuanto se termine la temporada vas a ver que se le pasa todo-

Pero me equivoqué. Cuando terminó la época de las ciruelas, el bueno de Lucio atacó los duraznos y los pelones, y después siguió con las manzanas. Hasta que Carolina lo despidió, cansada de traerlo a San Manuel a que lo curaran, cuando los atracones eran demasiado fuertes ¡Capaz que era un TOC nomás que lo hacía comer fruta hasta reventar!

lunes, 25 de enero de 2016

Deportistas camperos

Se ha puesto muy de moda en los últimos años esto de caminar o correr. Es divertido y bueno para la salud. Además, gracias a la super-comunicación en las redes sociales, todo se comparte, y hay enormes comunidades de atletas, tanto de elite como amateurs.
San Manuel, para no ser menos, tiene un montón de caminantes y corredores. Algunos muy buenos y otros bien camperos. Y esto sí es algo raro, ya que la mayoría de los que practican estas actividades se envuelve en ropajes caros y especiales. Zapatillas con aire y colores terribles, calzas, remeras y medias que absorben sudores, cinturones con cositas colgando para usar durante la carrera, relojes y teléfonos con programas que miden todo y muchas cosas más.
Para demostrar que tanta sofisticación no hace falta, acá los tenemos a Juan Ramírez y Tomás Gandoy. Juan es un caminante empedernido, sale entre las cinco y las seis de la mañana en verano y no más tarde de las siete en invierno. Arranca en el campo “La Marta”, donde vive, y camina 5 o 6 kilómetros diarios por la ruta. Sale de bombachas, camisa, faja, rastra de botones, gorra visera y botas de goma cuando hay rocío o botas de suela cuando está seco.
Al otro, Tomás, le gusta trotar, pero el tipo, dedicado a la chacra y tractorista consumado, corre por las calles de tierra de los alrededores del pueblo en las horas de más calor, vestido con pantalón y camisa grafa, botines de cuero y suela de goma, y así nomás en cabeza.

En San Manuel estamos acostumbrados a verlos, y cada vez que aparece alguno con atuendo o accesorios estrambóticos para el “running” o el “trekking”, no falta quien le recuerde que es todo al pedo, viendo lo bien que andan Juan y Tomás con sus pilchas camperas.