martes, 31 de octubre de 2017

Vida de perro

Un caso raro fue el de Adrián Delgado. Entró a trabajar en “Los Eucaliptus”, cerca de Licenciado Matienzo, después que lo despidieron a Ramón “Cañita” Quintana, un pobre gaucho que parece que quiso abusar de la cocinera.
Adrián era muy amigo de Ramón, así que a los pocos días se encontraron en el boliche de Miguel, y entre copa y copa, Ramón le contó que la fulana, una mujer algo mayor pero sabrosa, con fama de adivina y curandera y de nombre Hortensia Cuevas, lo había querido engualichar. Como andaba enamorada del chico, le puso unas bombachas perfumadas debajo de la almohada, capaces de poner en llamas a cualquiera. Cuando Ramón encontró el regalito, se encaró enojado con la mujer, y esta no tuvo mejor idea que empezar a quejarse y a gritar que la estaban queriendo violar. Ese mismo día lo echaron del trabajo.
-¡Estará resentido!- Pensó Adrián, mientras volvía para la estancia a caballo, repasando el cuento del amigo.
Al día siguiente, picado por la curiosidad, esperó que los demás peones se retiraran del comedor para dormir la siesta y se fue hasta la cocina, donde Hortensia lavaba la pila de platos. Debajo de la mesada, dormía Cocinero, un perro amarillo y regalón.
En cuanto Adrián empezó con las preguntas, Hortensia se puso furiosa y le dijo que se dejara de molestar, pero el muchacho, juguetón, siguió chanceando, hasta que de pronto, la tipa agarró una especie de tenedor largo y apuntando a la cara de Adrián, empezó a recitar cosas en voz baja, mientras los ojos se le saltaban de las órbitas y parecía que largaban chispas.
El asunto fue que por la enorme magia de la bruja, el espíritu de Adrián se mudó al cuerpo de Cocinero, el perro gordo. Y empezó la vida de Adrián como perro. Al principio le costó. Sobre todo caminar y correr en cuatro patas, pero el resto no fue tan malo. Comía todo el día. No trabajaba nada y pronto se hizo famoso entre la peonada porque cuando jugaban al truco, sabía pasar las señas del as de espadas y el de bastos, al jugador al que quería ayudar, con lo que se ganaba raciones extra de dulces y golosinas.
Pero todo tiene un final. Un día cayó de visita a la estancia una de las hijas de Hortensia, casada con un milico más malo que la peste. Esa tarde, la chica estaba bañándose toda desnuda en el tanquecito de atrás de la casa, y justo pasó el Cocinero en camino hacia la manga. En cuanto la muchacha lo vio, pegó un alarido tremendo y tapándose malamente las vergüenzas, llamó a su marido el milico, diciéndole que un hombre la estaba espiando. Es que ella tenía los mismos poderes que la madre, y se dio cuenta enseguida que eso no era un  perro, sino un hombre transformado.
El milico cazó al Cocinero del cogote y teniéndolo en alto, aguantó con los ojos cerrados mientras su mujer deshacía el conjuro y el espíritu de Adrián volvía a su propio cuerpo, en una cama del hospitalito, donde lo habían internado por un estado comatoso inexplicable, casi seis meses atrás.

Esta historia anda contando el muchacho desde entonces, pero nadie le cree. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Los Deberes Humanos

Está bien. Se entiende que se reclame por los derechos humanos. Pero hay veces que parece un exceso. Se invocan los derechos humanos de las víctimas de la dictadura, los de los delincuentes que sufrieron una mala crianza, los de los mapuches, los de los sindicalistas, los de los funcionarios K, los de los chicos que toman colegios, los de los piqueteros y cortadores de calles y la lista sigue indefinidamente.
Pero no hay contrapeso. Debería machacarse en la cabeza de los argentinos que también existen los “Deberes humanos”.
Los ciudadanos deben respetar la ley sin contemplaciones; los chicos deben estudiar y cumplir las normas de los colegios y universidades; los trabajadores deben trabajar incansablemente, tratando de hacer las cosas lo mejor posible; los políticos deben servir a la ciudadanía, sabiendo que su paso por la función pública es fugaz y solo les devolverá fatigas y disgustos, jamás dinero mal habido; los periodistas deben decir siempre la verdad, sin transformarse en operadores políticos; las fuerzas de seguridad deben cuidarnos y ser respetadas y dignas de admiración.
Es fácil. Es simple. No robar, no mentir, no levantar falsos testimonios, no matar fiscales, no molestar a los que trabajan con marchas y cortes, servir los servidores, trabajar los trabajadores y estudiar los estudiantes.

¿Y si empezamos a preocuparnos por los DEBERES HUMANOS? 

martes, 19 de septiembre de 2017

Cuidado con la lectura


En estos últimos tres días ando cansado. Con el cuerpo dolorido de tanto hacer fuerza y correr y trepar alambrados durante todo el día. Pero no es que esté enfermo, por suerte. Lo que pasa es que el e-book que tengo desde hace un año, me está dejando sin el buen descanso que me hace recuperar fuerzas con algunas pocas horas de sueño.
En cuanto lo compré, mi hermana me descargó más de 900 libros excelentes y no puedo parar de leer. Ahora estoy terminando una trilogía de Santiago Posteguillo. Los leí en un mal orden, pero casi fue una suerte, porque ya voy por el tercero y último, “Las legiones malditas”, que termina que la tremenda batalla de Zama, en el año 202 A.C., donde el joven procónsul romano Publio Cornelio Escipión, acaba por derrotar, allá en el norte de África, al que todos tenían por invencible, el magnífico general cartaginés Aníbal Barca. Pero la descripción de esa batalla, con la primera carga de los ochenta elefantes de guerra, la lucha tremenda de la infantería con sus distintas legiones y la decisiva entrada de la caballería romana al centro del campo inundado de sangre, tripas, heridos y muertos es tan fantástica, que cualquier “persona humana” (como diría un gaucho conocido) se trastorna.
Entonces no puedo parar. A la noche leo hasta después de las 11, me levanto como todos los días a las 5 y media y, después de almorzar, cuando podría tener un sueñito reparador, vuelvo a las historias de los legionarios y los guerreros púnicos y se me hace el tiempo de volver a salir al campo ¡Y así no hay cuerpo que aguante! ¡Ya lo tengo pensado! En cuanto termine este último libro me voy a tomar una semana sin lectura para recuperarme.
Se los recomiendo: El primero es “Africanus: El hijo del cónsul”, el segundo “Las legiones malditas” y el tercero “La traición de Roma”. Por las dudas traten de encararlos en momentos de poco trabajo o mejor, cuando estén de vacaciones.



domingo, 17 de septiembre de 2017

Sencillito

El Rulo Leguizamón se inclinó sobre la cruz de su caballo overo. Siguió algunos metros agarrado de las riendas, más por instinto que por otra cosa. El animal, tal vez sintiendo algo raro, de a poco se fue quedando quieto, en el medio del inmenso potrero de ochocientas hectáreas de faldeo de sierras, muy cerca de San Manuel.
Así, de a poco, el cuerpo grandote y bruto de Rulo, se fue deslizando hasta quedar tirado boca arriba sobre el pajonal. El caballo se retiró dos pasos como para darle lugar, y se paró curioso, mirando a su compañero caído.
Rulo se sentía bien. Su cabeza ahora estaba despejada, después de la oscuridad que se le hizo en el momento de más dolor. Hasta pensó en fumar pero no pudo mover los brazos: ¡Mejor! Pensó ¡A ver si armo un incendio y me terminan echando! La idea le pareció divertida y una pequeña mueca, casi sonrisa, le iluminó la cara áspera y curtida.
¡Voy a esperar! Seguro que en cuanto vean que tardo, van a salir a buscarme. Miró su overo. Un caballo como pocos. Lo consiguió más de veinte años atrás, cuando era un potro que prometía, cambiándolo por seis terneros guachos. Los recuerdos se le atropellaban en la cabeza. El día que entró a trabajar en la estancia. Las charlas y risas con Roberto y Juancho, sus dos grandes compañeros y amigos. La primera vez que vio a Palmira en la veterinaria. Ella estaba comprando antibióticos para unos chanchos de su papá. En cuanto lo miró, quedó fulminado para siempre por sus grandes ojos negros. Al tiempo se casaron y nacieron los tres chicos. La luz de sus ojos. Ramoncito y Abel, tan camperos y buenos paisanos y Lucía, la chiquita. Intentó mover una pierna. sintiendo que ella aún jugaba al caballito en su rodilla. Cuando murió Palmira, junto con un pedazo de su corazón, lloró como nunca lo había hecho desde que, siendo muy chico, se quebrara la pierna al caerse del enorme eucaliptus. Se puso a hacer cuentas, pero no se acordó de más de tres o cuatro visitas al médico. Siempre con fuerzas, siempre con ganas de salir adelante. Con fríos machazos, lluvias, granizos, temporales de viento y sequías que rajaban la tierra. Siempre el Rulo. Cuidando vacas, arreglando alambres, manteniendo aguadas y molinos, punteando esas quintas enormes que le daban verdura a toda la familia…
¡Otra vez el dolor! ¡La pucha! ¿Qué será? ¡Y bueno! Voy a tener que ir al médico nomás ¿Por qué no me podré mover? Le voy a pedir a Lucía que me prepare la ropa de salir y esta tarde nos vamos al pueblo para que me revisen ¡Justo hoy que tenía que carnear los dos corderos para el domingo! Los voy a dejar a los chicos. Ya están baqueanos. De última no festejo nada. Ellos insisten con que sesenta no se cumplen todos los días ¡Ya está! ¡Ya pasó! No me duele nada. Mejor voy a dormir un ratito hasta que me encuentren.
Los caranchos empezaron su trabajo casi una hora después. Primero los ojos. Pero ya Rulo estaba muerto.   


viernes, 1 de septiembre de 2017

Tiger y el desaparecido

Me levanté temprano como siempre y me vine a la veterinaria. Cargué la lata con la comida para mi gato, pero no arrancamos como siempre. Nunca hablamos a estas horas, pero hoy algo cambió. Mientras la pequeña bestia se refregaba contra mis piernas esperando su ración, le dije:  
-¡Escucháme Tiger! Sentate ahí quietito y si querés comé, pero escuchá lo que te voy a decir. No me interrumpas porque te lo voy a largar de corrido. Tengo un nudo en la garganta y si no lo deshago no me voy a poder ir a trabajar tranquilo-
El gato me miró sorprendido, pero entendió que la cosa venía en serio.
-¿Qué pasa Jorge? ¿Andás complicado con el trabajo? ¿Estás enfermo?-
-¡No! ¡Por suerte no es nada de eso! Pero quería decirte que estoy podrido de prender la radio o la tele, y que sigan molestando con el caso de este loco que están buscando.
No me importa un pito lo que le pasó. No se quién es. Pero si se que estaba rompiendo las bolas en las rutas del sur, con una banda de delincuentes que no paran de hacer cagadas. Y si hacen cosas fuera de la ley, que se aguanten lo que les pueda pasar sin hacerse los mártires.
Pero más me calientan los oportunistas que han montado semejante despliegue de estupideces diarias. Declaraciones, intervenciones en los colegios, marchas, fotitos patéticas y mil cosas más. Ya sabemos quiénes son. Son los mismos que se imaginaron a nuestro presidente abandonando de apuro su mandato.
Por suerte son una minoría ruidosa. Somos más los que le damos al asunto la importancia que tiene: ¡Nada más grave que las miles de cosas que han hecho esos mismos caraduras que reclaman!-
Paré de hablar. Tiger me miraba con un grano de alimento en la boca. Lo miré. El tipo estaba serio y concentrado, pero entendí que mi discursito no le había movido ni un pelo del bigote.
-¡No te calentés!- Me dijo por fin –¡Tal vez el tiempo, y todos los que están podridos como vos de tanta basura, pondrán las cosas en su lugar!-
No hablamos más, pero me fui a trabajar tranquilo pensando en lo astuto que es mi gato Tiger.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Cuando se quiere se puede





El temporal duró dos días. Cayeron entre 70 y 90 mm de agua y hubo granizo y fuertes vientos. Ayer, Perico Robledo me llamó porque tenía una vaquillona que no podía parir. Lo grave fue que él no podía salir del campo para venir a buscarme, y yo no podía llegar hasta allá en mi camioneta, porque las calles estaban intransitables.
Me quedé trabajando en la veterinaria preocupado con el asunto hasta que, alrededor de las cinco de la tarde, apareció Perico. Me contó que lo habían sacado de tiro con un tractor hasta una parte en que el camino está entoscado, y después dio una vuelta enorme hasta que pisó la ruta y se vino a San Manuel.
En el momento pensé que venía a buscarme, pero la sorpresa fue que en la caja de su camioneta traía la parturienta.

Enseguida buscamos un galpón porque llovía torrencialmente, descargamos la paciente y le hicimos una bonita cesárea. 

martes, 29 de agosto de 2017

Una yegua generosa



Llegué temprano a "Los Ceibos". Me recibió el encargado entre asustado y amargado.
-¡Seis se murieron Jorge! ¡Seis vacas de las mejores! Si no pierdo el trabajo con esto no se lo que le digo-
-¡No se ponga mal Don Alberto! ¡Vamos a ver que es lo que pasó!- 
En un rato recorrimos el lote de vacas en parición, e hice la necropsia a dos de las finaditas, mientras el pobre hombre me llenaba de información.
-¡Esto es hipomagnesemia!- Sentencié finalmente -Este problema se está dando en la mayoría de los campos de la zona-
Ya de vuelta en la casa, le expliqué todo lo que había que hacer para prevenir mas muertes y nos pusimos a hablar sobre los seis terneros que habían quedado huerfanos al morirse sus madres.
Detrás nuestro estaba la yegua Morenita, escuchando con atención. De pronto dijo:
-¡Perdón que me meta! Si Don Alberto quiere, yo me puedo hacer cargo de uno de los pichones. Hace tiempo que tengo ganas de ser madre-
A pesar de mi desconfianza, el hombre le acercó uno de los guachitos para ver que pasaba ¡Y en ese mismo momento, Morenita lo adoptó como hijo.
A la semana, Don Alberto me hizo llegar las fotos que se ven mas arriba y me contó que, increíblemente, a la buena yegua le había bajado la leche.
¡Cosas que pasan en el campo!  

martes, 8 de agosto de 2017

Un caso sencillo

Ayer llovía torrencialmente. Imposible salir al campo, así que estaba de “oficinista” en la veterinaria, haciendo informes y planillas.
En mitad de la tarde, se presentó la señora Morena, muy compungida, para pedirme que fuera a ver un perro a su casa.
-¡No hay problema Morena!- Le dije cortésmente, aunque la idea de salir en medio del temporal no me entusiasmaba demasiado.
-¡Sí hay problema Jorge! El perro que quiero que veas no es Mosquito, el mío. Quiero que veas un callejero que va todas las noches a comer a mi casa y duerme en el galpón. Si luego aparece, voy a tratar de tenerlo atado para mañana-
-¡Bárbaro! ¿Y qué le han notado de raro? ¿Está enfermo?-
-¡No! Tiene la manito derecha terriblemente hinchada. Me dijo un hombre del campo que sabe mucho, que ese perro debe estar quebrado-
-¡Listo! Mañana nos vemos y voy a tratar de arreglarlo-
Hoy preparé todos los elementos para atender al candidato, previendo una fractura, y me fui hasta la casa. Me estaban esperando con el animal atado. Se trataba de un enorme Collie, bien peludo, que lucía tristón y dolorido. Su manito derecha, desde la mitad de su largo, hasta las uñas, tenía tres o cuatro veces más tamaño que la izquierda, y los dedos, enormes, estaban tan separados que parecía la garra de un puma.

El perrito se entregó sumiso a la revisación. Pronto noté que no había fractura, pero no me daba cuenta del motivo de semejante inflamación. Hasta que de pronto, levantando el pelo, note algo enredado alrededor del miembro. Era una bandita elástica que algún gracioso le habrá puesto al perro, seguramente para divertirse, sin darse cuenta del enorme daño que le hacía. El trámite no fue más que sacarla y aplicar un antiinflamatorio. La señora Morena me miraba entre enojada con el bromista y aliviada por ver que el caso se había resuelto tan fácil. Yo me volví a la veterinaria lamentando no haber sacado alguna foto para ilustrar esta nota. 

sábado, 29 de julio de 2017

Hablando con Margot


Será porque hubo dos o tres días de sol. La cuestión es que ayer fui a buscar unas naranjas al árbol del fondo, y allí andaba nuestra tortuga Margot, comiendo el pasto fresco.
-¿Cómo estás Margot?- Le pregunte mientras cargaba la canasta con los cítricos.
-¡Acá estoy! ¡Con hambre! Pero se que esto solo va a durar unas días y que recién me voy a poder poner en actividad cuando llegue la primavera-
Mi amiga habla tan lento, que mientras decía estas pocas palabras, yo completé la canasta.
-¿Y qué novedades tenés Jorge?-
-¡No muchas Margot! El clima no acompaña, pero sin embargo, andamos tapados de trabajo como siempre. Todos estamos con buena salud y pronto tendremos elecciones-
-¿Elecciones? ¿De qué?-
-Por ahora no se elige nada. Esto es un invento llamado PASO, donde habría que hacer elecciones internas en cada partido. Pero no va a pasar. Cada agrupación va con una sola lista, así que solo será una especie de encuesta gigante-
-¡Digo yo! Ustedes los argentinos no están muy bien ¿Nó? ¿Van a poner en marcha todo un país, con los gastos y contratiempos que se ocasionan, solo para hacer una encuesta?-
-¡Y sí! ¡Pero en octubre vamos a votar en serio!-
-¡Menos mal! ¡Está bueno eso de ir votando cada tanto!- Reflexiono nuestra linda tortuga –Así el país se va limpiando de gente indeseable ¡A propósito! Me imagino que mientras dormía, habrán metido presos a esos ladrones que vos sabés-
La miré a Margot y no supe que decir. Tampoco es cuestión de desilusionarla.


jueves, 13 de julio de 2017

Un tratado y un compendio

La plaza de San Manuel

Una ciudad es un tratado. Un pueblo es un compendio. Hablando de textos, un tratado es aquel libro donde cada tema es explicado hasta en sus menores detalles. Allí está todo el conocimiento posible sobre un tema, mientras que un compendio es algo así como un resumen, donde no falta ninguna de las ideas principales.
Me gusta vivir en un compendio.
En las treinta manzanas de San Manuel encontramos resumidas las virtudes y defectos de las ciudades. Una casa deslumbrante a una cuadra del ranchito humilde pero digno. El auto de alta gama estacionado en la panadería, detrás del destartalado R12. El tipo más fanfarrón y presumido, haciendo cola en el banco con el esquilador chupandín y algo mugriento.
Es verdad que faltan algunas cosas. Un gran cine o un teatro con un escenario bueno. O las tiendas de grandes marcas que deslumbran en las ciudades, pero también faltan la inseguridad, las colas para cualquier trámite, el apuro, el aire contaminado, la intolerancia y el desprecio hacia los vecinos, los embotellamientos de tránsito, los piquetes, y tantas otras porquerías que más vale perderlas que encontrarlas.

Creo que el futuro son las comunidades chicas. 

martes, 11 de julio de 2017

De gatos y ratones

Esta mañana crucé el patio desde la casa hasta la veterinaria, rompiendo la escarcha del pasto al caminar. Una helada bruta cubría todo. Apenas prendí la luz apareció Tiger a pedir su ración.
-¡A vos te quería ver!- Le dije después de saludarlo y ponerle el alimento en su platito.
Tomando grandes bocados con avidez, porque el frío le había aumentado el apetito, me preguntó:
-¿Y para qué me querías ver Jorge?-
-¡Tengo una duda!- Y seguí hablando para no cortarle el mastique –En tu mundo gatuno, cuando un animal tiene cuatro patas, cola y pelaje de ratón, olor y movimientos de ratón, vive en cuevas de ratón, hace cagadas de ratón y se aparea con ratonas ¿Qué es?-
Levantó la cabeza, dejo de comer y me miró -¡Un ratón!-
-¿Y vos que hacés con ese animal?-
-¡Me lo como!-
-¡Ahí tenés!- Respondí aliviado -¡Eso es hacer las cosas simples y bien!-
-¿Por qué? ¿Ustedes los humanos no hacen lo mismo?-
-¡No! Acá en Argentina las personas pueden estar negras como la noche, pero no hay manera de atraparlas ¡Y además! Hay otras muchas personas que afirman que son unos soles-
-¡Pobres argentinos!- Dijo Tiger y siguió comiendo.


domingo, 9 de julio de 2017

Domingo de parto


El domingo pintaba para la famosa “come y duerme”, actividad especial para los días de lluvia, o cuando los caminos están intransitables por el barro. Me levanté temprano, preparé el mate y me dispuse a leer cosas atrasadas y escribir varios informes. Pero en época de parición las sorpresas siempre se presentan.
Alrededor de las nueve, me llamaron porque una vaquillona no podía parir cerca de La Numancia, un paraje que está a más de 30 kilómetros del pueblo, y al que se llega por un camino entre las sierras. Me puse la ropa de trabajo, cargué todos los elementos y salí silbando bajito.
Cuando llegué, me encontré con un cuadro desalentador. La parturienta estaba suelta en el potrero y solo había un muchachito sin experiencia dispuesto a ayudarme. Junté coraje, llevé al animal hasta un rincón arreándolo con la camioneta, bajé despacio para que no se moviera y después de revolear con cuidado, alcancé a enlazarla limpiamente. La até en un poste, la voltee y me puse a trabajar para acomodar el ternero que venía con la cabeza desviada hacia atrás. De pronto, entre pujo y pujo, la vaquillona me dijo:
-¡Que manga de inútiles hay en este campo dotor!-
Al principio me sorprendí, pero enseguida me di cuenta que la pobre estaba con ganas de desahogarse -¿Por qué lo decís morocha?
-Porque somos 120 compañeras que estamos preñadas y de las primeras 25 o 30 que parieron, estos tipos no pudieron ayudar a ninguna. Se murieron 7 terneros y 2 hermanas mías ¿No le parece una barbaridad dotor?-
-¿Cómo puede ser? ¿Y por qué no me llamaron antes?-
-¡Porque dicen que el pobre pibe este que lo está mirando se tiene que arreglar solo! Y la verdad es que no sabe ni donde tiene la cabeza, pero hoy, cuando me encontró a mí, con mi hijo atravesado, llamó a los jefes y les dijo que si no mandaban al veterinario, él se iba del campo… ¡Por eso lo llamaron!-
En un último tirón acomodé el ternero y pudimos sacarlo sin mucho esfuerzo.
Después de lavarme y al tenderle la mano para despedirme, Martín, que así se llama el chico, mi miró contento y pidió mi número de teléfono.
-¡Gracias Doctor! ¡No sabe la bronca que me da que se me mueran terneros y vaquillonas por no poder parir! En la próxima lo llamo directamente y que salga pato o gallareta.
-¡Nos vemos Martín!-
-¡Chau doctor!


  

jueves, 29 de junio de 2017

Cirujano aficionado

Así encontramos a la criatura intervenida por Miguel

Por suerte pudimos arreglar el asunto

-¿Pero porqué lo cortaste Miguel?- Le pregunté al muchacho cuando vi al pobre ternero con sus tripitas afuera.
-¡Es que pensé que era un quiste con pus! Y ya que lo dejaba capado y señalado, calculé que lo mejor era operarle también ese bulto- Contestó, muy gracioso, el mensual encargado de atender el rodeo de vaquillonas en parición.
Miguel trabaja en la Estancia El Picaflor y allí van castrando los terneritos apenas nacen. Los toman en el potrero y les hacen la pequeña cirugía y ya los dejan señalados, con lo que logran que, al finalizar la parición, todos los machos estén castrados y contados. Es un buen sistema.
En este caso, el voluntarioso personaje se pasó de comedido y extendió su arte a la hernia umbilical del neonato, pero cuando vio que se le salía el intestino, me llamó enseguida para tratar de arreglarlo.

Por suerte todo se hizo bien rápido y el día, no demasiado frío, ayudo para que la víctima pudiera salvarse ¡Eso sí! Le deje a Miguel la recomendación de que limite sus operaciones a los testículos y el resto me lo deje a mí. 

viernes, 16 de junio de 2017

Parto con lluvia


Hoy no amaneció feo. Amaneció asqueroso. Todo mojado por una mezcla de niebla y llovizna. Presión altísima y calor, anunciando alguna catástrofe climática, cosa que ya gritaban ayer las hormigas negras del jardín mientras yo cortaba el pasto, trotando frenéticas con cuanta comida podían acarrear. Al rato nomás se descargó el primer aguacero.
¡Qué bueno! Pensé. Tengo toda la mañana para dedicarme a poner en orden los papeles en la veterinaria.
Pero cerca de las diez de la mañana, me llamó Roberto para avisarme que tenía una vaquillona que no podía parir:
-¿Podrás venir? Me parece que el ternero tiene la cabeza para atrás, le metí la mano y no toco nada-
-¡Si Roberto! Enseguida voy para allá y de paso aprovecho que el día está buenísimo para andar en el campo- Le dije, riendo para no llorar.
-¡Vamos dotorcito! ¡No se me achique! ¡Ah! ¡Otra cosa! La vaquillona se me empacó y no la pude llevar a la manga así que la dejé en el potrero.
Antes de salir me cambié con cuidado en la veterinaria, poniéndome todo el atuendo de partero, más el equipo impermeable y las infaltables botas de goma ¡Y salí nomás! El camino de tierra todavía estaba transitable, aunque bastante resbaloso. Pasé por la casa del campo a buscar a Roberto, y nos fuimos hasta el potrero, donde estaba esperándonos la parturienta.
El resto fue pura diversión. Enlazamos, volteamos y maneamos la vaquita, y pronto supe que el ternero venía de patas y por eso Roberto no había tocado la cabeza. Lo acomodé para que encajara su caderita en la de la madre y lo sacamos, ayudándonos con un aparejo para hacer fuerza. El tipo, un machito, estaba medio ahogado pero vivo, así que después de alguna asistencia agarró mecha y empezó con los intentos de pararse.

A la vuelta, nos entretuvimos un rato largo tomando mate y charlando en la casa, mientras la lluvia seguía cayendo incansable.  

jueves, 15 de junio de 2017

Vida retirada

“Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda, por donde han ido, los pocos sabios que en el mundo han sido”… dice, al comenzar la Oda a la vida retirada, Fray Luis de León. Lo notable es que esto fue escrito en el siglo XVI, cuando no había electricidad, ni empleo de combustibles fósiles, ni vehículos automotores, ni gas natural. Entonces, ¿Cuáles eran las cosas de la vida en las ciudades que agobiaban al fraile?         En esos tiempos, la actividad física era imprescindible. Casi todos los trabajos eran manuales y demandaban notables esfuerzos. No había llegado la era industrial al mundo, y todos los objetos de uso cotidiano se elaboraban artesanalmente. La agricultura y la ganadería eran trabajos de hormiga. Los viajes se hacían a pie o a caballo. Pocos privilegiados disponían de carruajes más cómodos. Hasta las guerras eran artesanales y los combates se hacían cuerpo a cuerpo con armas blancas. Tal vez por eso la obesidad no era una epidemia mundial y estaba reservada a clérigos sedentarios o funcionarios ricos. También se vivía menos tiempo. El agobio de esos rigores y la falta de medicinas para aliviar casi cualquier dolencia, hacían que vivir más de cincuenta años fuera un premio.
No nos imaginamos cuales serían las cosas que Fray Luis Beltrán veía tan distintas en las ciudades. Tal vez fueran los olores insoportables que despedían los excrementos y la orina humanas, arrojados a las calles desde cualquier hogar, sumados a la bosta de caballos y perros, que solían fundirse en barros pestilentes los días de lluvia. O tal vez le molestara la promiscuidad y la violencia que se mostraban en cualquier rincón. La prostitución, invento viejo, era cosa natural, y las peleas a muerte también. El orden se imponía a palos y la autoridad era la que tocaba en suerte, ya que tampoco había leyes. Solo la voluntad del que mandaba.
Capaz que por eso era preferible la vida retirada en el campo, donde la naturaleza se presentaba menos hostil para un hombre de reflexión.

En nuestros días, las diferencias todavía siguen estando. La vida en las ciudades se ha vuelto más blanda. Ya no se requieren enormes esfuerzos físicos, pero sigue habiendo violencia, prostitución y malestar generalizados. Hay exceso de vehículos. Autos, micros, camiones, trenes y aviones que se enredan en todos lados. No se ve el cielo. Ni las estrellas, ni la luna. En las ciudades solo es posible saber en que cuarto de luna se vive, por las hojas del almanaque,  mientras que en los pueblos o en el campo, todavía hay un contacto más estrecho con la naturaleza, que es la mejor maestra de vida. Aún se anda a caballo o a pie. Se vive rodeado de animales salvajes. Aves, reptiles y mamíferos. Tenemos todo el cielo limpio para admirar y el aire purísimo. Hay menos gente y menos máquinas; y finalmente, se pierde menos tiempo que en las ciudades. Si se calcularan las horas que se desperdician al día en nuestras grandes urbes en viajes al trabajo, colas interminables para todo y tiempo frente a pantallas y dispositivos, veríamos que el porcentaje de actividad provechosa es muy escaso. Estos valores se invierten en los pueblos o en los campos. En ellos podemos hacer buenas huertas, criar animales, caminar alegremente por las sierras, escribir cartas y poemas, dedicarnos al teatro o el baile. Y todo sin apuro. Me gusta el pueblo.

sábado, 20 de mayo de 2017

Un cuello averiado



Tener un cuello largo a veces es una desventaja. Casi todos los mamíferos, salvo los primates, lo tienen. Tal vez sea una adaptación evolutiva para tener más movilidad en la cabeza y mayores posibilidades de éxito en la lucha por la supervivencia.
Lo que pasa es que el cuello largo puede sufrir accidentes como torceduras, golpes, quiebres o dislocaciones, derivados de su misma exposición.
Así le pasó a esta pobre ternera.
Entró de lo más contenta a la manga para que le dieran la vacuna contra la Aftosa. Atrás de ella se vino una vaquillona grandota y peleadora que, por molestar nomás, le dio un fuerte empujón a nuestra amiga y la estrelló contra las tablas, con tanta mala suerte, que le dobló su largo y fino cogotito, sacándole las vértebras cervicales de lugar.
Nosotros sentimos el grito dolorido y en cuanto salieron al corral, nos encontramos a la ternera careta con el cuello irremediablemente torcido.

De esto ya pasaron más de veinte días. Ayer volvimos a ese campo y preguntamos por la averiada. Nos dijeron que anda bastante bien. Ya se acostumbró a comer haciendo algunas contorsiones, así que es muy posible que se salve ¡Cosas de la naturaleza!

viernes, 12 de mayo de 2017

De parquero a millonario

Martín Roldán trabaja de parquero en la estancia “La Morocha”, cerca de Napaleofú. Esa estancia se ha “reconvertido” en un lugar turístico. En el inmenso y lujoso caserón principal, hay habitaciones de película, donde se han alojado la mayoría de las estrellas del espectáculo nacional, y multitud de políticos y nuevos ricos.
Hay allí canchas de tenis, paddle, fútbol, polo, pato, básquet, y una enorme pileta de natación cubierta, con agua climatizada, para delicia de los nadadores. Además, tienen un coto de caza de ciervos, y gran cantidad de animales de distintas especies que pastan como al descuido cerca del casco, para recrear la vista de los huéspedes.
Entre estos animales, hay una majada de ovejas Scotish Black Face, a las que siempre se puede ver entre las sierras, pero no muy lejos del monte. Los corderos sirven para agasajo de los visitantes y para comida del personal, así que de estos animalitos, Martín eligió el más gordo para carnear, aquel caluroso día de febrero.
Prolijo como pocos para la faena, Martín cuereo con esmero y colgó al animal por los garrones, en el balancín del carneadero. Después lo abrió desde la pelvis hasta el cogote y retiró las vísceras. Tomó con cuidado la grasa mesentérica y cubrió delicadamente los cuartos con ella, y para terminar, abrió el rúmen, y vaciando su contenido, se dispuso a lavarlo en un balde dejando el fino mondongo aparte para un guiso, pero algo le llamó la atención. Entre el pasto triturado, algo brillaba. Un collar y un gran anillo con piedras transparentes, aparecieron en la bosta. Les dio una primera lavada y se los metió en el bolsillo de la bombacha, por las dudas que apareciera algún curioso.
Se fue al trote a ver al encargado y le dijo:
-¡Vea Maidana! El cordero que me dio para carnear ¿Es mío?
-¿Vos estás bien Martín? ¡Claro que es tuyo!
-¿Y todo lo que hay adentro del cordero también es mío?
-¡Si Martín! ¡Todo enterito con lo que hay adentro es tuyo!- Dijo Maidana, francamente divertido con la charla.
-¡Gracias Maidana!- Exclamó Martín y le dio un abrazo y un beso
-¡Avisá! ¡Paisano mimoso! ¿Qué es esto de andar a los besos?
-¡Mire lo que encontré!- Y sacó el collar y el anillo, mostrándoselo al encargado.
-¡Que lo parió Martín! ¡Esto lo debe haber perdido alguna ricachona quien sabe cuando, y tu cordero se lo habrá comido de curioso! ¡Vos si que tenés suerte!
Al otro día, Maidana averiguó discretamente, y supo que en la Navidad pasada, se habían hospedado un político muy famoso con su esposa. El asunto fue que al tipo, conocido por sus procederes turbios al frente de su municipio, le llegaron unos mensajes escandalosos de su amante, justo cuando se estaba bañando. La mujer los leyó y tuvo un ataque de furia. Al hombre le tiró con lo que tenía a mano, y después agarró la valija, metió todo lo que pudo adentro, incluso las joyas que él le había regalado, salió corriendo de noche por el parque, y la largó desde lo alto de la barranca que está detrás del monte, justo por donde suelen andar las ovejas.
Por su parte, Martín Roldán aprovechó un franco para irse hasta Tandil, a consultar a un joyero amigo sobre el valor de su hallazgo. Casi se desmaya cuando el buen hombre le dijo que las piedras del collar y el anillo, eran finísimos diamantes montados sobre el oro más puro, y que valdrían no menos de un millón de dólares.

Cuando se enteró, Maidana solo pudo repetir el dicho: “Algunos nacen con estrella y otros estrellados” 

martes, 18 de abril de 2017

Selección natural acelerada

Llegando al pueblo, por el acceso desde la ruta 227, hay una última curva de 90º, paralela a las vías del tren. Allí se ve una pequeña ermita con la Virgen de Fátima, Patrona del lugar, y pegado a esta, la tranquera de entrada de una modesta quinta.
El asunto es que hace unos años, se mudaron a esta quinta los Benítez, una familia muy laboriosa, que tiene algunas vacas, caballos, ovejas y una porción de gallinas de varias razas.
Como San Manuel es un pueblo con una gran actividad agrícola, permanentemente pasan por esa curva camiones cargados con distintos granos. Algunos camiones son un poco antiguos y van dejando el típico chorrito de semillas sobre el asfalto. Esto hace que desde siempre, las aves de los Benítez hayan vivido cerca de la ruta.
Al principio, era cosa cotidiana, que alguna gallina o pollo nuevo, terminara despanzurrado debajo de las ruedas de algún vehículo. Era inevitable. Pero desde hace casi un año, ya no se ven más cadáveres en la curva, a pesar de que las gallinas de Benítez siguen ahí.

Seguramente, las que fueron más hábiles para escapar de los autos, son las que lograron reproducirse y pasar ese “don” a las nuevas generaciones. Y todo esto pasó en no más de cinco años y, tal vez, ocho o diez generaciones plumíferas ¡Impresionante! 

miércoles, 12 de abril de 2017

Informes en TV


     Aquí va uno de los informes que estamos haciendo semanalmente para el programa "Entre surcos y corrales" que se emite por el canal AM sports, de lunes a viernes de 6.30 a 7.30 hs. Nosotros (me refiero a que los hacemos con mi hijo Juan) salimos los días miércoles, y vamos tocando distintos temas de la práctica profesional en bovinos. Cuando alguno quede bueno, lo pondré en este sitio por si a alguien le interesa. 

martes, 11 de abril de 2017

Un hombre solo


Me lo contó Arnoldo Fuentes cuando le pregunté por su familia, sobre todo por su hermano mellizo Hortensio, que se fue de la zona hace más de veinte años, después de separarse de su mujer en muy malos términos.
-¡No sabe que triste Jorge! Por lo que me dijeron, la cosa fue así. Arrancó con un temporal tremendo que duró casi una semana. Llovió sin parar. A veces con alguna granizada, mientras el viento volteaba los árboles, que no hacían pie en el suelo blando y barroso. Noche y día. Día y noche sin parar. Dicen que fue tremendo. Hortensio vivía solo en un ranchito asentado en barro, en la parte más alejada de la estancia Los Miraflores, en La Pampa. Casi no veía gente, porque solo se movía a caballo, y el casco de la estancia estaba a más de un día de marcha entre cañadones, lomadas y montes de piquillines, talas y arbustos espinosos. No tenía teléfono porque en esa zona no hay señal. Tampoco luz ni televisor. Solo se entretenía escuchando la radio a pilas y conversando con sus siete perros.
Una vez por semana, el encargado del campo, le llevaba las provisiones y los vicios en un jeep destartalado. Se quedaba un rato mientras tomaban mate. Se contaban algunas novedades, y ahí nomás empezaba otra semana de soledad ¡Pobre Hortensio! ¡No se cómo aguanto tantos años viviendo así!
La cuestión es que en esos días de temporal, el encargado no hizo su recorrida, esperando que el tiempo mejorara. En cuanto oreó un poco el camino, se largó para el puesto de Hortensio. No bien llegó, le llamó la atención que no saliera a recibirlo, entonces vio que parte del techo del rancho se había volado, y se preparó para alguna mala noticia.
Apenas abrió la puerta, sintió el fuerte olor a podrido. Allí estaba Hortensio, caído debajo de unas chapas, atravesado por un tirante de madera y medio comido por los peludos.
Dijo después el hombre, que se descompuso con semejante cuadro, pero no tuvo más remedio que meter a la fuerza lo que quedaba de mi hermano en una bolsa y llevarlo para la estancia. Como no pudieron encontrar a ninguno de la familia para avisarle, el patrón ordenó que lo enterraran ahí nomás, al lado del galpón. No muy hondo, por si alguna vez aparecía alguno de nosotros a reclamar el cuerpo.

¡Así terminó el Hortensio, Jorge! Una vida triste y una muerte fea.