martes, 25 de octubre de 2011

Se fue sin ruido

Lujan Benitez se despertó a las tres de la mañana, como en todas las noches del último mes. Le estaba costando dormir parejo. Abrió los ojos en la oscuridad del rancho, y se incorporó en el catre hasta poder respirar un poco mejor. Los años de cigarro y vino le pesaban en los pulmones y en la espalda. Sintió el cuerpo dolorido igual que el día anterior. Hacía frío. Mucho frío. Pero él casi ni lo sintió. Estaba acostumbrado. Prendió el candil, se vistió entre rezongos y prendió la cocina económica antes de ir al baño. La débil llamita creció enseguida y calentó la pava, con el agua para los primeros mates.
Puso la radio bien fuerte y se sentó en la silla bajita despuntando pensamientos.
Vivía solo desde que su mujer se fue con otro. Mario, su único hijo, hacía cinco años que se le había perdido ¿Quién sabe dónde andaría?
El patrón le decía que se tomara los domingos libres, pero no tenía donde ir ni a quien ver, así que se entretenía acomodando la quinta, lavando su ropa, tusando los caballos o en alguna otra manualidad chiquita.
Ese 20 de septiembre había que vacunar la hacienda. Seguro que vendría “Pajarito” Gutierrez para ayudarle a encerrar. Y después el veterinario, el jefe con el hermano, y algún otro comedido que siempre los acompañaba.
Pero Luján ya no tuvo fuerzas. Ensilló despacio. Charlo un rato con Pajarito, y en cuanto clareó el día, salieron al potrero grande a juntar el primer lote de vacas.
Yo llegué a las siete y media. Pajarito lo había traído hasta la casa cruzado en el caballo. Me contó que de pronto, Lujan se agarró el pecho y se fue deslizando hasta el suelo sin quejarse.
Se murió sin hacer mucho ruido. Como vivió. El velorio fue cortito y no lo acompañó casi nadie.

1 comentario:

  1. Qué historia triste. Hay tantos Luján Benítez. Nosotros teníamos a Pagano que se quedaba en el campo los domingos porque no tenía a nadie ni sabía que hacer con su tiempo libre. Toda la vida puestero. Y se ponía contento cuando ibamos todos nosotros tan chiquitos y su felicidad era enseñarnos a jugar al truco. Me pregunto quien habrá ido al velatorio de Pagano, seguramente unos pocos o... nadie. Aunque sospecho que al velorio fue mi tío Juan.

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