miércoles, 2 de mayo de 2012

Algo notable



La veterinaria es una profesión a la que no le encuentro parecido con nada. Uno vive al aire libre. En el campo. Siente los fríos y los calores y va amoldando el cuerpo a ellos. Hace fuerza permanentemente y ejercita hasta el último musculo de su osamenta. Corre, se mueve y salta en mangas y corrales. Y todo esto dura horas y horas de trabajo. Y transpira, y canta, y charla de mil cosas, y se ríe casi siempre con los mismos temas que ocupan al sector masculino.
Al estar en un pueblo, se llega al lugar de trabajo en poco rato y sin tránsito en las callecitas de tierra. Solo algún camión que nos detiene atrás de una pared de tierra voladora en época de cosecha, o alguna máquina que busca el momento para dejarnos pasar en cuanto el sendero se ensancha.
Se come carne muy seguido, verduras de la zona y de estación, mucha fruta del montón de árboles que se encuentra por el campo, y algunas perdices cazadas al vuelo o bagres del arroyo bien hechos en milanesa. Y en estos días empiezan las carneadas de chanchos así que empezarán a llegar los chorizos y salamines que alegran las nochecitas de invierno acompañados por buen vino tinto.
Además estamos obligados a leer todo el tiempo, a redactar informes, a estudiar casos difíciles y a pensar con intención, que sería concentrarse en un punto y tratar de verle todos los costados sin distraerse. Porque hay que decirlo. El clínico y cirujano de grandes y pequeños animales, debe hacer un notable esfuerzo intelectual si quiere desempeñar su tarea con honor.
Se madruga fuerte. En verano cuatro y media, o cinco de la mañana, y en invierno las seis, son los horarios más habituales, siempre y cuando uno no tenga que hacer algún trabajo en un tambo, que empieza el ordeño a las tres de la mañana. Así que vemos salir el sol casi todos los días y se nos llenan los pulmones del aire fresco del amanecer.
¿Qué más se puede pedir?

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