jueves, 25 de abril de 2013

El solo


Nunca se supo bien de donde venía Pedro Albornoz. Entró como puestero en La Serrana en el 96. Se instaló con sus pocas pilchas en el rancho del fondo del campo. Pasando la sierra. Y se quedó nomás. Ese puesto había estado abandonado mucho tiempo así que los primeros meses se le fueron acomodando el adobe de algunas paredes, reparando corrales y tranquerones, blanqueando con cal, combatiendo ratas, lauchas y comadrejas, cambiando chapas del techo y cubriendo después con paja, limpiando el monte y quemando pilas de basura. Siempre fue de tener muchos perros y en La Serrana se consiguió también algunos gatos que le dieron una mano para luchar contra los roedores. Es un tipo callado. Me tocó compartir con él muchos trabajos de manga. Prefiere quedarse a caballo echando hacienda en el embudo y desde allá nos observa. Es rara la ocasión en que interviene en alguna charla. Ni siquiera cuando paramos a comer o a tomar mate. Alguna vez le pregunté a Luis, su patrón, que sabía de la vida anterior del hombre, pero hasta para él era un misterio. Le llegó al campo por recomendación de un vendedor de hacienda de Santa Rosa, en La Pampa.
Pedro nunca sale. Baja al pueblo solo una o dos veces al año y las cosas que precisa se las va encargando a Luis. Cada tanto agarra algún ciervo para comer y en el patio de su rancho lucen cueros de montones de bicharracos del campo secándose al sol. Y es de fierro para el trabajo. Cuida las vacas como si fueran suyas.
Hace dos meses descubrimos algunas hojas más del libro de la vida de Pedro. La mujer de Luis se puso a buscar en Internet el apellido Albornoz en la zona de Santa Rosa, y apareció una señora en un pueblito, a la que consultó por su empleado. Increíblemente era una sobrina de Pedro, que le contó parte de su historia.
Resulta que Pedro y Matilde, su mujer, tenían un único hijo. Era la luz de sus ojos. A principios del 96, el muchacho se casó y se fue de viaje de bodas a Mar del Plata, pero quiso la suerte que el Falcon en que viajaban se diera de frente con un Mercedes 1114 cargado con trigo. Murieron los dos. Cuando se enteraron de la noticia, la pobre madre, desesperada, salió corriendo por el campo y Pedro cayó fulminado en el mismo patio de su casa. Mientras tanto Matilde, ciega de dolor, se tiró al jaguel y  murió ahogada.
Pedro no lloró. Se fue del campo y buscó nuevos caminos. Solo para siempre.    

lunes, 25 de marzo de 2013

Un caso policial


El cura del pueblo es un hombre de acción. Tiene como ochenta años pero se lo puede encontrar trepado en las escaleras pintando el colegio, cortando el pasto de la casa parroquial, haciendo de mecánico en el taller de Coco, arreglando los telones en el escenario del gimnasio, o cualquier otra ocupación que demande energía y esfuerzo físico.
Hace tiempo que veía que la figura del Jesús que pusieron en la punta del Cerro El Toro, donde termina el bonito calvario, estaba medio deslucida por los soles, vientos y fríos que viene aguantando desde hace varios años, así que decidió llevarla a Mar del Plata para que la restauraran. Con ayuda del carpintero, bajaron la enorme cruz de quebracho y cargaron el Cristo, de tamaño natural, en la caja de la camioneta. A la ida no hubo ningún inconveniente, pero a la vuelta, el cura decidió parar en Balcarce, para almorzar en la casa de un hermano. Traía el Jesús acostadito en la camioneta, prolijamente tapado el cuerpo, pero con las dos patitas asomando debajo de la frazada.
Ese fue el momento fatal en el que María de las Mercedes Alonso, una vecina chusma y mirona, vio lo que vio. Al asomarse por la ventana que da a la calle, le llamó la atención la camioneta forastera estacionada frente a su casa, con la tapa de la caja abierta, y después de esto, le corrió un frío por la espalda, cuando se topo con los dos pies desnudos de un tipo, asomando debajo de una frazada.
-¡Ramón!- Le grito a su marido – ¡Vení a ver! ¡Hay un muerto! ¡Hay un muerto!-
Cuando el viejo Ramón se apersonó frente a la ventana, comprobó que su mujer tenía razón. Frente a ellos estaba la noticia.
Llamaron al 911 dando cuenta del asunto y prefirieron no revelar sus nombres, por miedo a que el asesino los descubriera ¡Habrase visto! La policía les pedía identificación siendo ellos vecinos de gente tan peligrosa.
Al ratito nomás, llegaron dos patrulleros al lugar y la milicada se bajo con todas las precauciones, llevando, por las dudas, las manos a la cintura para desenfundar las armas sin demora.
El oficial Juan Ordoñez, de la policía de Balcarce, hombre corajudo por demás, fue el que se arrimó primero al vehículo, corrió la manta con cuidado y se dio cuenta de lo que había pasado. Sabedor de que el delator andaba por ahí cerca, entonó la voz y gritó:
-Al alcahuete que pasó un dato falso, le hago saber que el occiso NN es solamente un muñeco, así que le pido que no jorobe mas a la policía con estupideces-

jueves, 14 de marzo de 2013

Román está contento


-¡Que lo tiró! ¡Qué notición! Arrancó Román esta mañana bien temprano.
-¡De que hablas Román!- Pregunté mientras llenaba de yerba el primer mate del día.
-¿Y de que voy a hablar? ¡De la mejor noticia que escuché en mis poquitos años de vida! Hay un Papa argentino. Y yo seré un pajarito pero nacído y criado en esta patria-
-¿Viste que bárbaro? Yo me enteré mientras iba de viaje por la ruta 226. En el momento en que estaban por anunciarlo, paré la camioneta en un montecito, me preparé el mate y me puse a escuchar la radio. Cuando dieron el nombre me emocioné mucho. Me acordé de mi abuela Bianca. Tan devota ella. Siempre rezaba por los Papas. Por Paulo VI y después por Juan Pablo II. Seguro que estará contenta allá por donde anda ahora-
-¡Qué bueno Jorge! Ojalá le vaya bien-
-¡Es verdad Román! Ojalá le vaya bien. Hoy estoy muy contento con esto-
-¡Amén! Dijo Román
Lo miré sorprendido y solo me salió decir: ¡Tomá con mi canario! 

domingo, 10 de marzo de 2013

Haciendo tacto a las vacas




Muchas veces he contado en este lugar alguna aventura sucedida en los días de tacto a las vacas, pero nunca me detuve a repasar los detalles de este trabajo.
El tacto rectal consiste en introducir el brazo, generalmente el derecho, a través del ano de una vaca o vaquillona y avanzar dentro del recto, hasta poder palpar el útero de la dama. Esto sería una síntesis grosera de la cosa, pero tiene un montón de adornos por describir.
Como estarán imaginando, no es una tarea sumamente higiénica, así que la indumentaria tiene un lugar especial. Personalmente uso un mameluco al que doy vuelta hacia adentro del cuerpo la manga derecha, de forma tal que el brazo queda completamente libre para el trabajo. En verano el torso no lleva más ropa que esta, mientras que para el invierno, tengo un chaleco de lana sin mangas, que me pongo debajo del mameluco para cortar un poco los fríos, sobre todo en la madrugada. Son infaltables las botas de goma con un buen par de medias abrigadas debajo, y corona el atuendo, alguna boina o sombrero de alas, de acuerdo a la estación. Además de esta ropa, el brazo que se sumerge dentro de la vaca, va enfundado en un guante que lo cubre hasta el hombro.
Las tareas empiezan bien temprano, ya que generalmente en un día se revisan cientos de animales. La velocidad del trabajo depende de las condiciones de la manga y de la cantidad y eficiencia de la gente que ayuda. Cuando todo está bien, se pueden hacer hasta doscientas vacas por hora, pero tampoco son raros los casos en que solo hacemos cuarenta o cincuenta, y con mayor esfuerzo y cansancio de todos.
Cada vaca se hace pasar por la manga, y al llegar a la casilla de operaciones, que es la parte que está más próxima a la salida, se agarra con el cepo. Este elemento la fija tomándola del cuello. Luego se abre la puerta trasera izquierda de dicha casilla y nos queda a mano el trasero del animal. Si hay buen lugar, uno se para detrás de la hembra para hacer el trabajo más cómodo, si no lo hay, es cuestión de arreglarse. Se toma firmemente la cola con la mano izquierda y luego, poniendo la derecha en forma de cucurucho, se la introduce en el ano llevando el brazo dentro de la paciente, a veces hasta la altura del hombro. Se extiende entonces la mano y con la punta de los dedos palpamos el útero, detectando preñeces que van desde los treinta y cinco días, donde solo percibimos un pequeño engrosamiento con contenido líquido, hasta unas semanas antes del parto, donde podemos meter los dedos dentro de la boca del ternero sintiendo una agradable succión.
Es un lindo trabajo con múltiples matices. A veces tenemos que hacer de peones para apartar las madres de sus terneros antes de empezar, otras nos toca trabajar en mangas sin puertas y allá vamos corriendo detrás de cada vaca que traemos de a una, desde el corral del fondo o toril. En ocasiones se pueden palpar desde el costado de la manga sin entrar en ella, o puede pasar que nos encontremos con animales que han estado comiendo rastrojos de girasol y dentro del recto tienen un contenido seco, duro y negro que nos obliga a grandes esfuerzos. Todo esto sin contar los innumerables accidentes de los que hemos sido protagonistas, o que le han sucedido a otros colegas.
En las zonas de cría, donde los rodeos son muy numerosos, un veterinario puede llegar a revisar cuarenta mil animales en una campaña, mientras que en lugares mixtos como los que nos toca recorrer, se hacen de diez a quince mil, lo que lleva a que, después de varios años de trabajo, nos salgan una especie de “ojitos” en la punta de los dedos, con los que podemos averiguar hasta los menores detalles dentro de una hembra.
“Lindo haberlo vivido para poderlo contar” Dijo uno.  


martes, 26 de febrero de 2013

Se terminó el malo

La verdad es que el chiquito Paredes era un loco violento. No aguantaba que los perros le anduvieran pegados a las alpargatas, así que cuando algún desubicado se le arrimaba demasiado, lo envolvía con una feroz patada en las costillas. A los gatos los deslomaba a palos porque decía que lo miraban feo. A su mujer la maltrataba todos los días con algún insulto o alguna cachetada, aunque se cuidaba un poco, porque el oficial de policía lo tenía sentenciado a varios días de calabozo si Catalina volvía al Destacamento con alguna queja. Los chicos le tenían un miedo bárbaro porque ya sabían que si lo hacían calentar, enseguida se venía la tanda de azotes.

Era una porquería de persona.

Por eso todos se pusieron contentos aquel día de fin de noviembre del año pasado.

Resulta que el chiquito salió de la carnicería de Herrera con una bolsa grande. Llevaba asado de tira y algunos chorizos. El pobre Tal Cual, su perro amarillo, pasado de hambre y seguro que delirando por el olor irresistible de la mercadería, pasó el límite de distancia con su dueño y recibió, como siempre, el voleo de derecha cerca de los testículos. Pero esta vez la cosa no terminó ahí. Se escuchó la voz de Evelio Tapia que venía caminando y viendo lo que pasaba:

-¡No sea estúpido hombre! ¿Por qué le pega así a ese perro?-

El chiquito lo miró sorprendido porque no estaba acostumbrado a que lo reten. Y menos en público.

-¿Y a usté que mierda le importa Evelio?-

-¡Mire chiquito! A mi me importa porque no me gusta que maltraten los animales. Además usté se las da de malo y la verdad que es un cagón ¿Por qué no me pega a mi?-

Entonces el chiquito, que no precisaba mas que una chispa para prenderse fuego, largo la bolsa de carne y se manoteo la cintura para sacar el cuchillo, seguro de que el pleito era sencillo. Pero lo primero que encontró fue la tremenda trompada en el medio de la cara que le encajó Evelio, haciéndolo rodar por la vereda en un enredo de bombachas, faja y alpargatas.

-¡Me primereaste Evelio! ¡Ya vas a ver!- Dijo el chiquito tratando de pararse y sangrando por la nariz. En cuanto recuperó la vertical, el otro paisano le dio una bofetada a mano abierta que sonó como un petardo, y lució todavía más ofensiva para el malo. Y atrás de esta, llegaron varios golpes más, hasta que el chiquito decidió abandonar la contienda, ante las risas de los veinte o treinta curiosos que se habían juntado.

Encima, cuando fue a levantar la bolsa, vio que Tal Cual estaba ya terminando de comer el último chorizo. Pero ni se le ocurrió pegarle.

Ahora dicen que después de la paliza, hasta la mujer se le anima. Los perros lo han mordido varias veces y los chicos le han perdido el miedo y se le cagan redondamente de risa, tal vez en venganza por los malos tratos que siempre les regaló.



miércoles, 20 de febrero de 2013

¿Cómo le decimos?


Pedro y Fermín Legarreta llegaron temprano al campo y encontraron a su padre muerto. Se ve que el viejo había entrado al galpón a cargar maíz en el balde para dar de comer a las gallinas, y la parca lo sorprendió ahí mismo. Estaba desparramado al lado de las bolsas. Parece que ni pateó.
Los muchachos, dos solterones de cuarenta y treinta y ocho años de edad, trataron de reanimarlo, pero ya la cosa estaba terminada. Cargaron el cuerpo pesado y todavía calentito en la caja de la camioneta y salieron de raje para el pueblo. En el camino iban moqueando y lamentándose por la pérdida.
-¡Pobre viejo!- Dijo Pedro -¡Si nos habrá dado alpargatazos para educarnos! ¡Y nos sacó buenos! Toda una vida luchando para tener el campito en orden y ahí lo tenés ahora. Quien sabe por dónde andará su alma-
-¿Y a mamá como le decimos?- Cortó Fermín –La pobre se va a poner muy mal-
-¡Que se yo! Algo se nos va a ocurrir. Primero vamos al Destacamento para avisarle a los milicos y después lo llevamos a la Sala-
En esos trámites anduvieron hasta media mañana. Por fin quedaron libres y se subieron a la Ford vieja para cumplir el último trámite. Salieron despacio para su casa tratando de demorar el encuentro con la vieja.
-¡Decile vos!- Exclamó de pronto Fermín -¡Para eso sos el mayor!-
-¿Y cómo hago? No se me ocurre nada-
-Y bueno. Que sea lo que Dios quiera. Que salga pato o gallareta-
Llegaron a la casa y se bajaron sin ganas de la camioneta. De pronto sintieron el grito alegre de la madre: -¡Chicos!- Se les heló la sangre. Era ella que venía caminando por la vereda de tierra, con la bolsa de los mandados llena hasta la manija y saludándolos con la mano. Entonces Pedro, casi sin pensarlo, se puso una sonrisa falsa en la cara y le largó:
-¡Mire que bonito vieja! ¡Usté anda paseando por la calle y papá muerto allá en el campo!-

lunes, 18 de febrero de 2013

Sandoval y la maldición

Mientras comíamos un tremendo cordero al asador, Ramirez se largó con la historia del petiso Sandoval. Según dijo, esto pasó porque antes, la gente era más pavota.


Resulta que el petiso trabajaba en los galpones del ferrocarril de la estación de San Manuel. Todo lo que le faltaba de cabeza, lo tenía en fortaleza física, y por eso era uno de los mejores changarines. Allá hacía sonar las alpargatas el petiso, cargando las bolsas de sesenta kilos de trigo al hombro, subiendo por la rampa de estibas impresionantes, durante horas y horas. Vivía del otro lado del pueblo, y todas las mañanas agarraba su caballito zaino, tan pequeño como él, y salía al trote para la estación. A la nochecita volvía caminando, con el caballo de tiro, pensando quien sabe que cosas.

En esa época eran comunes las travesuras de los mas pícaros para divertirse y tener de que charlar durante días.

Gimenez y García, eran dos peones nuevos recién llegados al pueblo. Los mandaron a la Cooperativa, y allí supieron de la poca inteligencia y la posibilidad que les daba Sandoval, al que todavía no habían visto, de hacer una de sus bromas. Y la que se mandaron quedó para la historia.

Esperaron un día en que el trabajo fue especialmente fuerte y cuando Sandoval, cansado como un perro, se despidió y salio al tranquito de vuelta, con su caballo de tiro, lo siguieron discretamente. Cuando llegaron a la cuadra más oscura, los amigos se acercaron despacio por detrás. García le sacó con cuidado el bozal al caballo y siguió caminando detrás del petiso con la soga en la mano, mientras Gimenez se perdía con el animal en la oscuridad.

Sandoval, cansado y embrutecido por las largas horas de trabajo, ni se enteró del asunto. Cuando llegó al patio de su ranchito se dio vuelta para largar el caballo y se encontró frente a frente con García, que lo miraba con cara de estúpido.

-¿Y vos quien sos?- Preguntó el petiso totalmente desconcertado.

-¿Cómo quien soy? ¡Soy tu caballo, Sandoval!-

-¿Mi caballo? ¡Dejate de joder! ¿Te crees que soy tonto?-

-¡Pará hermano! ¡No te enojés! Deja que te cuente. La verdad es que yo soy Pedro García. Siempre fui medio plaga, pero lo que mas me gustaba era el vino. Vivía en pedo. Mi vieja siempre me retaba, hasta que un día discutimos fuerte y me dio por pegarle ¡A mi vieja! ¿Te das cuenta? Así que la pobre, furiosa y con razón, me hecho una maldición y me convertí en caballo. Esto pasó hace como diez años. Rodé de mano en mano, hasta que vos me compraste a Martinez ¿Te acordás?-

Sandoval no podía creer lo que oía. Estaba como idiotizado.

-¿Y ahora por que apareciste?-

-Se ve que mi vieja se debe haber arrepentido y por eso volví a ser yo mismo ¿No me dejás que vaya a verla?-

-¡Si hermano! Andá nomás. Ojalá la encuentres bien. Yo ya voy a conseguir otro caballo-

Se despidieron, y el petiso se acostó a dormir todavía sin entender muy bien lo que había pasado.

Al día siguiente se despertó temprano, prendió el fuego para calentar la pava y en cuanto se asomó a la puerta, encontró de nuevo su caballito que lo miraba desde el corral. Dicen que le gritó:

-¡Mirá que sos plaga García! ¿A que te mamaste y le volviste a pegar a tu madre? Ya vas a ver la que te toca-

Un rato más tarde, lo vieron llegar a la estación cagando a palos a su caballo. Cuando sus compañeros le preguntaron que le pasaba, solo les contestó:

-¡El sabe bien porqué le pego!-

Los perros no son humanos

Toleran el frío y el calor sin necesitar ropa o abrigo. Son capaces de correr todo el día y todos los días sin ser atletas. Su alimento natu...