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jueves, 24 de enero de 2019

Clemente Bilbao


Si uno dice que lo mejor es el asado, el tipo afirma que no hay como el guiso carrero. Cuando el frío cala hasta los huesos, él anda de manga corta. Si el sol castiga inclemente, aparece con una camperita “liviana”. En las charlas de manga, cuando sale el infaltable tema mujeres y se destacan las virtudes de alguna vecina, nuestro héroe dice que estamos locos y que la mencionada no vale “ni dos tortas negras”.
Siempre a contramano. En todo.
En alguna fiesta o reunión en el pueblo, donde la gente está mezcladita, si le toca una mesa de reconocidos radicales, Clemente Bilbao, que de él estoy hablando, empieza como sin querer a ponderar el gobierno de los K, mientras que si la mayoría es peronista, no se cansa de elogiar a Raúl Alfonsín, diciendo que es el verdadero “padre de la democracia”.
Nadie sabe si está loco o se hace, pero la cuestión es que hace mucho tiempo que nadie lo toma en serio.
Salvo que no lo conozcan, como cuando en la última campaña electoral, llegó al pueblo para un acto partidario, un reconocido político y candidato a presidente. San Manuel es muy chiquito y aporta pocos votos. Tal vez por esto fue tan corta la visita.
El tipo dio dos vueltas de reconocimiento en un helicóptero último modelo, y aterrizó en un baldío, al lado de la plaza donde habían preparado un pequeño escenario para el infaltable discurso. Los militantes locales rodeaban al candidato llenándolo de elogios y tratando de cargarlo de energía.
Pero pasó lo que tenía que pasar. Clemente Bilbao se apersonó cara a cara con el encumbrado político, lo saludo, y le explicó que tanto gasto en viajes era al pedo, porque él estaba seguro que en las próximas elecciones no ganaría ni contando dobles todos sus votos.
Dicen que el hombre se sorprendió un poco, pero rápidamente se recompuso, puso su mejor cara y le agradeció el pronóstico con una sonrisa irónica.
Pero por una vez, nuestro más conocido vecino tuvo razón. El candidato que nos visitó perdió olímpicamente. Tal vez Clemente no esté tan loco.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Vino de regalo


Con el avance de las comunicaciones, y la tecnología al alcance de la mano de cualquiera, es muy difícil armar cuentos creíbles. Todos quieren ver para creer. Pero todavía quedan tipos rebeldes que se resisten a los cambios. Marcos Quesada es uno de esos.
No tiene teléfono ni televisión. Solo una vieja radio a pilas que lo acompaña en todos sus trabajos del campo, salvo cuando recorre a caballo. Si tiene que cambiar un esquinero, allá está la radio a los gritos sobre un montón de cascotes. Cuando la cosa es en la manga, la pone sobre una mesita pegada al álamo grandote, donde se ubican los remedios y las jeringas. Bien fuerte para que no la tapen los balidos de los terneros.
Pero el viejo Marcos, que vive solo, casi no recibe imágenes. Las únicas fotos son las de las revistas que le regala la patrona, después de haberlas leído. Por eso, era el candidato ideal para la broma de los mellizos Guevara, empleados también en la Estancia “La Horqueta”.
Mientras volteaban a mano los terneros para señalar y capar, en el corral de la manga, Martín comentó al pasar:
-¿Viste Luis lo de la rusa?-
-¡Si! ¡Me enteré! ¡Qué lindo sería que nos diera pelota!-
-¡Pero que nos va a elegir a nosotros! ¡Somos demasiado chicos!- Dijo Martín mientras cortaba limpiamente los huevitos de un ternero careta.
El viejo Marcos alcanzaba el curabicheras y el señalador, y escuchaba sin decir nada, pero al fin no aguantó más:
-¿Y qué es eso de la rusa Martín?-
-¿No la vio Don Marcos? ¡Ah no! ¡Cierto que usté no tiene tele! Anoche en el programa de la Susana, hablo una rusa que vive en Buenos Aires y está más buena que comer pollo con la mano. Dice que sueña con irse a vivir al campo con un hombre maduro, pero bien puestito. Sabe cocinar, tejer, bordar y hacer la quinta-
-¿En serio?-
-¡Claro que es en serio! Pidió que le escriban cartas contando como vive cada uno y que se las manden con una foto, así puede elegir- Remató Martín, mientras le guiñaba un ojo a Luis que lidiaba con otro ternero colorado.
El viejo se transformó. Se quedó pensando en tener la rusa para él solo. Esa noche arrancó una hoja de la libreta donde anotaba los recuentos de la hacienda, y muy trabajosamente, escribió un detalle de su vida y sus cosas. Le alcanzó con una página. Después buscó la única foto que tenía, sacada en la plaza de Tandil, en la época que hizo el Servicio Militar. Metió todo en un sobre viejo y arrugado, y al día siguiente lo llamó aparte a Martín Guevara:
-¡Che Martín! Vos que sos más baqueano ¿No le despachás esta carta a la rusa cuando vayas para el pueblo?-
-¡No hay problema Don Marcos! ¡Por ahí la pega!- Dijo el bandido
Ese mismo día, los mellizos siguieron con la broma, y la carta y la foto de Quesada empezaron a circular por las redes. Los muchachones del pueblo se mataban de risa a costillas del pobre puestero. Pero nadie contaba con que casi quince días después del suceso, del que Ramón era completamente ajeno, se presentara en “La Horqueta” una tal Julia Vargas.
Pidió hablar con Don Marcos y lo encaró de frente:
-¡Hola Don Marcos! Yo soy Julia Vargas. Leí su carta y me encantó, así que si usté quiere, ya mismo me quedo a vivir acá. Por las dudas me traje mis cositas en un bolso-
El viejo casi se cae de cabeza de la emoción y solo atinó a decir:
-¡Bendito Dios Poderoso! ¿Vos sos la rusa?-
-¡Nó! Soy de Entre Ríos nomás, pero capaz que nos acomodamos igual-
¡Más vale! En todo caso, si algún día viene la rusa le explico todo ¡Quedate nomás!

miércoles, 22 de agosto de 2018

Cayó la propietaria


-¿Jorge?
-¡Sí! ¿Quién habla?
-¡Soy Laura Iñiguez! Quería saber si estabas en la veterinaria para llevarte a Reina. Desde ayer anda tristona y sin ganas de comer.
-¡No hay problema Laura! Traela que la revisamos-
Reina es una perrita caniche de seis años, a la que ya hemos atendido varias veces. Buena paciente. A los diez minutos llegaron Laura y Reina, y las hice pasar al consultorio. Pronto vimos que había una inflamación severa de las glándulas perianales. Este es un problema bastante común en los perros, y la solución es desobstruir y evacuar manualmente las glándulas, que están ubicadas a ambos lados del ano, y después aplicar una medicación específica. Esta es una maniobra sumamente molesta para las mascotas, por lo que es muy necesario que el ayudante (en este caso Laura), sea capaz de contenerlos en todo momento.
Pero ayer todo se complicó.
En cuanto me puse los guantes y tomé el algodón para empezar a trabajar en la retaguardia de Reina, noté que Laura se ponía un poco  pálida. De todas maneras le pedí que le abrazara el cuello a la pequeña, y que tratara de calmarla.
Comencé el procedimiento, y en eso estaba, cuando de pronto Laura pareció desmoronarse al lado de la camilla.
Se le aflojaron las piernas y cayo de rodillas. Si bien no se desmayó, esto fue suficiente para que Reina diera un salto ágil desde las alturas, y saliera corriendo hacia el local de ventas, donde un par de clientes la vieron aparecer sorprendidos. Detrás aparecí yo, enguantado y con un algodón en las manos, después de asegurarme de que Laura quedara sentada en el piso, en un rincón del consultorio. Fue un momento entre preocupante y jocoso.
Lástima que Laura no quiso sacarse una foto sentada en el suelo, para inmortalizar el suceso. Creo que la coquetería pudo más.

sábado, 19 de mayo de 2018

El Tumba Gargarella


El “Tumba” Gargarella es un tipo bastante especial. Ayer me contaron dos historias que lo pintan de cuerpo entero.
Vive en el campo, en una casita modesta cerca del Paraje Dos Naciones. Solo. Porque no parece que haya mujer capaz de aguantarlo. Debe tener cerca de cincuenta años.
Hace un tiempo salió a recorrer su lotecito de 30 vaquillonas negras, de las que estaba más que orgulloso, pero se encontró que entre las mismas, comía tranquilamente el gran toro pampa de su vecino, al que ya conocía muy bien por su fama de saltarín de alambrados. Furioso por la evidencia de que había montado a dos o tres de sus vaquitas, lo llevó inmediatamente a la manga, y no tuvo mejor idea que inyectarle medio litro de nafta super en los testículos. Después lo largó, y le mandó los perros para que lo sacaran corriendo. El toro se movía con dificultad por la gran distensión del escroto, que se había convertido en una gran bolsa de nafta, así que los pichichos aprovecharon a morderlo por sus partes, y tomar de paso, unos buenos tragos de combustible.
Al rato cayó el Tumba en la veterinaria, con sus perros vomitando escandalosamente. Así fue como me enteré de la hazaña.
Otra particularidad de Gargarella es su apetito voraz. A los pocos días de aquel suceso, cayó en lo de Fermín Ocote y lo invitaron a almorzar. La señora de la casa se mandó un tremendo estofado con carne de capón y papas, que sirvió humeante en una descascarada fuente de loza amarilla.
El Tumba se sirvió apuradito, y en el primer movimiento, se metió en la boca una papa entera. El tubérculo estaba hirviendo, así que Gargarella no encontraba la forma de morderlo, lo empezó a revolver con la lengua, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Hasta que no aguantó más. Escupió la papa en su mano grandota y declaró:
-¡Cierto! ¡Me acordé que no me gustaban las papas!

jueves, 11 de enero de 2018

Terapia conductual

Tengo un colega muy ingenioso. Es especial porque siempre le encuentra una solución a los problemas más insólitos que se le presentan. Por discreción solo diré que se llama Federico.
Hace unos años tuvo uno de sus mayores desafíos. Se trató del caso de Kevin, un simpático monito que la señora Aurora tenía en su casa desde mucho tiempo atrás. El asunto fue que Aurora enviudó y las relaciones entre ella y Kevin fueron cambiando progresivamente al estar solos. Según contó ella, el animalito se sintió “dueño de casa” y quería mandar. Empezó haciéndole algunos desprecios a su dueña, que ella interpretó como originados por la tristeza de la pérdida. Pero del desprecio pasó a la agresión, volviéndose cada vez más peleador. Los brazos y manos de Aurora daban testimonio de esto, con múltiples huellas de mordiscones de la pequeña bestia.
Mi amigo escuchó pacientemente la larga historia de la mujer y el mono, mientras en su mente tomaba forma una idea brillante.
-¡Dejemeló señora! Vuelva en una semana y veremos si lo puedo corregir. He leído sobre una terapia conductual muy moderna y se la voy a aplicar-
Apenas quedaron solos, Federico llevó al animalito a una matera que tiene detrás de la veterinaria, y después de asegurarse de que no tenía escapatoria, enrollo un diario viejo y mientras le hablaba muy fuerte, le dio unos cuantos azotes con el bastón de papel. Kevin protestó un poco, pero debe ser muy inteligente, porque pronto se quedó callado y quietito.
En los días que siguieron, a cada amigo que llegaba a la veterinaria a tomar mate, Federico le encargaba que le diera unos bastonazos y unos gritos a Kevin.
Pasada la semana, volvió Aurora a buscar a su mascota. Federico, sonriente, trajo al monito desde el fondo y se produjo el milagro. En cuanto vio a su dueña, el bandido la abrazó con desesperación, nunca más se hizo el malo con ella y conviven de la mejor manera desde hace mucho tiempo, mientras la fama de terapista conductual de Federico crece sin parar.  


miércoles, 26 de octubre de 2016

Un hombre informal

Si hay un tipo inservible y despelotado, ese es Gerardo “tucu” Morales. Por eso nadie entendió las razones por las que lo metieron en la Comisión Cooperadora del colegio. Tal vez se debió a que es simpático.
El año pasado quedó a cargo de organizar la “pollada” del sábado 22 de septiembre. Una venta masiva de pollos asados, para recaudar fondos para la escuela. Se vendieron casi doscientos animales en la semana previa y el tucu, desorejado como siempre, recién el viernes anduvo a las apuradas, comprando la cantidad necesaria en las tres carnicerías del pueblo. Hasta ahí llegó su esfuerzo. El sábado, a las 10 de la mañana, se dio cuenta que no había quien hiciera el trabajo con las parrillas, entonces llamó de urgencia al peludo Martínez, que por suerte tenía el día desocupado.
-¡Che peludo!- Le dijo el tucu – ¡Tenés que cocinarme unos pollos en la escuela 15! ¿Podés ir ahora?-
-¡Dale! ¿Son muchos? ¿Ya tenés el carbón?-
-¡No! Son unos pocos. Pasá por lo del tío Lucas y retira el carbón a nombre de la Cooperadora-
El peludo pasó por el almacén, sacó dos bolsitas de carbón, y se fue para la escuela cerca de las once. Cuando llegó, se encontró con algunas mujeres que estaban abriendo y adobando los doscientos pollos en cuestión y como es natural, se calentó hasta los huesos.
-¿Pero este tucu es loco?- Preguntó - ¡Me dijo que eran unos pocos pollos! No semejante cantidad ¡Listo! ¡Ahora que se embromen! Yo voy a hacer lo que pueda-
Acomodó todos los pollos en cuatro parrillas muy grandes y prendió el pequeño fuego en un rinconcito. El calor llegaba a cocinar unos 6 o 7 animales. El resto estaba blanco como un papel cuando a las 12, empezaron a llegar los compradores a retirar su mercadería. También llegó el tucu. Y presionado por la gente, se fue corriendo hasta el mercado y retiró otras veinticinco bolsas de carbón. Entre hacer el nuevo fuego y cocinar los pollos se hicieron casi las tres de la tarde. La gente, con paciencia de pueblo, improvisó otro almuerzo y fue a la tarde a buscar su comida a la escuela. Y en casi todas las casas de San Manuel, el domingo almorzaron pollo asado.

-¡Al final no salió tan mal!- Se defendió el tucu el miércoles siguiente, en la reunión de Comisión, donde hicieron el balance de la pollada. De todas maneras. Nunca más le encargaron tarea alguna. Solo lo ocupan para barrer y acomodar las sillas, cuando hacen baile en el Club.   

martes, 25 de octubre de 2016

¡A mi que me importa!

Bien temprano, como casi todos los días, empezó la ronda de mates en el local de la empresa del canal de cable de San Manuel. En las vueltas de la charla, apareció el tema de Etelvina López.
-¡Miren chicos!- Dijo Ramón, el jefe y encargado de la contabilidad – ¡Lo de Etelvina no va más! Hace seis meses que no paga. Yo sé que la pobre tiene mil problemas, pero si no le cortamos el servicio, los que se enteren nos van a tirar la bronca. Hoy mismo se van y la desconectan-
Como a las once de la mañana, Martín Ordoñez y Pablo Martínez, estacionaron frente a lo de Etelvina, bajaron la escalera grande, la afirmaron contra la pared y allá subió Martín a cumplir la penosa misión. Etelvina es una buena mujer, trabajadora y humilde, que tiene la desgracia de algunos pequeños vicios como el cigarrillo y el vino, que no desmerecen sus virtudes. Por eso ni se animaron a golpear la puerta y avisarle lo que estaban por hacer. De todas maneras, Etelvina oyó el movimiento y salió a la vereda. En un vistazo comprendió la situación, mientras Pablo, avergonzado, se refugiaba en la camioneta. Allá arriba quedó Martín tratando de evitar el cruce con Etelvina hasta que ella le grito:
-¡Martín! ¡Martín!-
El chico se hizo el sordo hasta que no le quedó más remedio que girar la cabeza y enfrentarla en un saludo:
-¿Cómo anda Doña Etelvina?-
-¡Yo bien! ¿Y vos que andas haciendo Martín?-
-¡Y! ¡Cumpliendo órdenes! ¡Nos mandaron a cortarle el cable!-
-¿Y cuánto les debo?-
-¡Seis meses Doña Etelvina!-
-¡No hay problema! ¡Cortá nomás Martincito! Total hace cuatro meses que estoy sin luz porque no le pago a la Cooperativa. Ya me estoy acostumbrando a manejarme con las velas y lavar la ropa a mano. La macana es que se nos viene el verano y tampoco tengo heladera- Dijo sonriente – ¡Mis viejos se criaron en el campo y sin luz y acá estamos de lo más contentos, criados y sanos!
  



martes, 13 de septiembre de 2016

Una mujer bien plantada

La señora entró a la veterinaria ayer a la tarde. Bajita, morruda, cara colorada y redonda, bien de campo, pelo rubio con rulos y unos 40 años encima.
-¿Usté es Spinelli? ¡Yo soy Vilma Lopez! Trabajamos con mi marido en el tambo de Alcántara-
-¡Mucho gusto señora!- Le dije, y le tendí la mano para saludarla. La doña tenía manos ásperas y fuertes. Curtidas por el trabajo -¿Qué anda buscando?-
-¡Preciso una bolsa de guantes largos para inseminar!-
Mientras sacaba la bolsa del mostrador, y por hablar algo, le pregunté: -¿Insemina usted?-
-¡Más vale dotor! ¡Mi marido solamente ordeña! Yo lo ayudo con el tambo, hago la guachera, insemino y hago todo en mi casa. Igual a fin de mes nos vamos, porque nos prometieron un montón de cosas y no nos cumplieron-
-¡No me diga! ¿Y con el encargado cómo andan? ¡Me dijeron que es bravo!-
Yo le preguntaba por un tal Benito Menéndez, un hombre grandote, mal bicho y con fama de pendenciero.
-¿Bravo? ¡Una porquería es ese tipo! ¡Pero conmigo no va a joder! ¡Lo voy a cagar a palos! ¡Yo se karate así que en cuanto me diga algo lo reviento a golpes!-

Yo me quedé sin palabras ante tremendo despliegue de amenazas y por las dudas, me despedí cortésmente de la dama ¡Como para decirle un piropo! 

jueves, 4 de agosto de 2016

Poroto el bromista

Miguel “Poroto” Menéndez, es un vecino del paraje Dos Naciones, destacado por sus bromas pesadas. Así como hay gente habilidosa para el fútbol o la carpintería, Poroto nació con facilidad para inventar travesuras.
Una de sus hazañas más recordadas, la hizo en el baile anual de la escuelita, en el año 2006. Resulta que se conmemoraban los 50 años del colegio, y la gente de la cooperadora tuvo la idea de hacer una reunión bastante más importante que otras veces, invitando a ex alumnos y a todas las maestras vivas que habían desfilado por la escuela en tantos años. Contrataron al grupo “Los Narcóticos” de Ayacucho y planearon varias atracciones más, entre ellas, el sorteo con el número de la entrada, de un hermoso lechón carneado, listo para poner en el asador.
La fiesta fue un éxito de público. Para la una de la mañana calculaban que había unas 400 personas colmando el enorme salón de actos, moviéndose al ritmo de Los Narcóticos. De pronto, por esos misterios de la Cooperativa Eléctrica, se cortó la luz. La gente se lo tomó con calma, acostumbrada a los cortes y a manejarse con faroles en los campos. Tanteando y a las risas, siguieron moviéndose despacito en la oscuridad. No faltaron algunos toqueteos indecorosos, los gritos ofendidos de las afectadas y las barbaridades sin control dichas por los borrachines de siempre.
Pero el sorpresivo apagón sirvió para que Poroto pudiera concretar la macana que venía planeando. En un periquete agarró el lechoncito y se fue derecho hasta el lugar donde los músicos tenían sus bolsos y pertenencias, y lo escondió prolijamente en el estuche del acordeón a piano.
Al rato volvió la luz y la fiesta volvió a animarse, hasta que el primer comedido pegó el grito: -¡Se afanaron el lechón!-
Se armó tremendo despelote y Almada, el presidente de la cooperadora agarró el micrófono y dijo que si era una broma, ellos no se iban a ofender, pero que el animal tenía que aparecer. Al no haber respuesta y ya pensando que se trataba verdaderamente de un robo, decidieron pasar a la acción. No dejaron salir a nadie del salón y entre dos o tres voluntarios revisaron el montón de vehículos parados en la calle de tierra, pero sin éxito.
La cosa se ponía fea hasta que Poroto, acodado en la barra tomando un Fernet tranquilamente, le dice a Almada en voz baja: -¡Vea compañero! ¡Yo que usté reviso las cosas de los músicos, porque el viejo ese del acordeón no me gusta nada!-
Y hecho un ovillito, apareció el lechón adentro del estuche. Se armó un revoleo terrible de trompadas entre los indignados vecinos, y los músicos y simpatizantes que habían venido de Ayacucho, hasta que los milicos pararon todo con unos tiros al aire, dando por terminada la fiesta.

Al mes, se supo que todo había sido otra de las bromas de Poroto, pero ya el crimen estaba prescripto y quedó para el recuerdo. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Un buen partido

Juanita hace como diez años que es viuda. Tiene una linda casa en San Manuel y unas ganas enormes de tener novio. Por eso, cuando Francisco la sacó a bailar una milonga en la fiesta de los jubilados, vio la luz en el fondo del túnel. Francisco pisa los setenta, está gordo y deshecho, pero es simpático y, lo que es más importante, vive solo con su madre en un campito importante en el acceso a San Manuel.
Juanita tendrá tres o cuatro años menos, pero está fibrosa y aguerrida como en sus años mozos, así que a partir de ese sábado de noviembre, empezó la “cacería” de ese buen partido. Un solterón y con campo.
Esperó encontrarlo en el baile de Fin de Año de la escuela 15, pero Francisco andaba con la cosecha de cebada. Le mando mil señales a través de conocidos, pero el pobre, tal vez sin experiencia en esos manejos, no las registró.
La última desilusión fue el esperado encuentro de Navidad en el Club Atlético, donde la comunidad del pueblo se junta después de las 12 de la noche, y se desparrama en brindis y bailes alocados. Pero Francisco tampoco fue. Entonces, dos días después de Reyes, Juanita tomó la resolución de agarrar el toro por las astas. Armó una valija grande con la ropa más necesaria, se puso coqueta, se maquilló y se tomó el colectivo que lleva a la gente hasta el paraje la Alianza. Se bajó en la tranquera del campo de Francisco y caminó los cien metros hasta la casa, con la valija a cuestas, decidida a instalarse allí para compartir la vida de su hombre.
Cuando Hortensia, la madre de Francisco, se enteró de que Juanita estaba decidida a ser su nuera, se calentó al instante. Gallega temperamental y celosa de su “pollito”, comenzó increpándola de palabra y terminó sacándola de la casa a los empujones.
Cuando Dante regresó desde La Alianza manejando el colectivo, se la encontró de nuevo a Juanita que volvía derrotada para San Manuel. En un ratito se le había terminado la historia de amor.




martes, 26 de enero de 2016

Lucio y el TOC

-¡Para mí que Lucio tiene un TOC!- Me dijo Carolina preocupada.
Estábamos los dos parados al pie de la cama en la Unidad Sanitaria de San Manuel. Lucio estaba inconsciente, con una sonda que goteaba suero en su gruesa vena. Lo habíamos encontrado caído debajo de los árboles de ciruelas, en el potrero de la sierra, en la Estancia “Los Cerros”, cerca de Licenciado Matienzo.
-¿Por qué pensás que tiene un TOC?- Le pregunté.
-¡Porque no se puede creer lo que hace! Todas las mañanas que sale a recorrer, se va al potrero del monte de frutales, estaciona el overo al pie de los árboles, y se pone a comer hasta que le queda la panza como un globo ¡Se sabía que un día le iba a pasar algo así! Menos mal que Martínez lo vio cuando se desplomaba desde arriba del caballo, completamente pasado de ciruelas-
-¡Yo creo que vos tenés mucho psicoanálisis Carolina! Esto no es un TOC. El problema de Lucio es su tremenda afición a las ciruelas y nada más. En cuanto se termine la temporada vas a ver que se le pasa todo-

Pero me equivoqué. Cuando terminó la época de las ciruelas, el bueno de Lucio atacó los duraznos y los pelones, y después siguió con las manzanas. Hasta que Carolina lo despidió, cansada de traerlo a San Manuel a que lo curaran, cuando los atracones eran demasiado fuertes ¡Capaz que era un TOC nomás que lo hacía comer fruta hasta reventar!

viernes, 22 de enero de 2016

Arturo y los fantasmas


-¡No se por qué me dicen loco!- Me confesó muy serio Arturo, mientras conversábamos afirmados en el alambrado, esperando que Lucero y Domínguez llegaran con la tropa para revisar -¡Al final, Lucero tiene días peores que los míos! La otra vez se levantó en cueros en la mitad de la noche, y anduvo a los gritos correteando por el monte, jetoneando que era el lobizón, y que la luna llena le hacía ver cualquier cantidad de fantasmas ¡Si eso no es estar loco yo no se que es dotor!-
-¿Y a vos no te hace nada la luna llena Arturo?- Le pregunté para seguirle la charla.
Se rió con ganas -¡Nada que ver! ¿Qué me va a hacer? Para mí que eso es todo un invento. ¡Los fantasmas andan con cualquier luna!-
-¡A la pelota!- Pensé
-¡Che Arturo! ¿Y vos los ves seguido a los fantasmas?-
-¡Más vale! ¡Los veo y converso con ellos! Ayer se me presentó el de Prudencio, el patrón viejo, y me estuvo charlando de algunas cosas que quiere hacer acá en el campo. Me dijo que va a meter más vacas en el potrero de la laguna, y que en cuanto pueda, va a hacer bajar la luz eléctrica. Yo le dije que lo que podría hacer era hablar con Jaime, para que afloje un poco la mano y que sea un patrón más querendón con la peonada, como era él-
Yo lo miraba sin poder creer lo oía. Y terminó:
-Así que yo no entiendo porqué me dicen loco ¡Loco está Lucero que vive hablando boludeces sobre la luna llena!-
-¡Tenés razón Arturo! ¡Hay cada loco!


viernes, 16 de octubre de 2015

Atracción fatal


Los sicólogos lo llaman transferencia.
Resulta que es muy común que los pacientes de ambos sexos sientan una especial atracción por los facultativos de todo tipo. No se sabe si es el olor del guardapolvo almidonado, o el bienestar que produce una persona dispuesta a escuchar sus cuitas y a veces aliviarlas, o el contacto de las manos del entendido sobre un cuerpo enfermo, o la fantasía del acercamiento con otra persona.
Cualquiera sea la causa verdadera, esto pasa a menudo. No solo con los médicos de humanos, sino también con los de animales. Doy fe.
Tengo una paciente lanuda, la oveja Marta, que no puede disimular sus sentimientos. Ayer fui a trabajar al campo de Horacio Camejo y me la encontré de nuevo. Ya es grande para hacer pavadas pero no hay caso. No se corrige. Tiene como 6 años y anda así desde que le hice una cesárea, cuando quedó preñada por primera vez y se le complicó el parto de dos corderos grandiosos. Esa vez salió todo bien. El cordero que vivió resultó un animal bárbaro, y ella se recuperó en pocos días y andaba luciendo orgullosa la impecable herida de la operación en su panza.

Desde entonces, cada vez que voy a lo de Camejo, la tipa se viene al trote y empieza a frotarse contra mis piernas mientras me tira terribles miradas amorosas. Ya me tiene cansada con estas cosas, además, me da vergüenza la risa burlona de Horacio cuando pasa esto ¡Vaya a saber qué piensa de mí!

martes, 1 de septiembre de 2015

La dulce venganza

El Castillo es una estancia grande ubicada hacia el norte, a unos 20 km de San Manuel. Tienen varios empleados porque allí se trabaja con mucha hacienda de cría. Además, parece que la administración los cuida mucho, porque la mayoría de los que entran a desempeñarse en ese establecimiento, terminan saliendo jubilados y con algún capitalito como para pasar una buena vejez.
Un peón destacado es Edelmiro Martínez. Quedó trabajando en el Establecimiento en el lugar de su padre, cuando este se accidentó con el tractor, en la época de las inundaciones del año 80.
Dos cualidades que destacan a Edelmiro son su curiosidad y su carácter alegre y juguetón. Tanto es así que siendo más joven vivía haciendo travesuras al resto de los peones, para divertirse sin gastar plata. Un día le aflojaba la cincha a alguno, con lo que al tratar de subir a caballo, el infeliz se daba de culo en el suelo con el recado en la cabeza, otro día metía una culebra en la cama del mas miedoso, haciendo que el corazón del burlado prácticamente se le saltara del pecho, o solía también aparecerse como un alma en pena en las habitaciones del personal, cubierto con una sábana y aterrorizando a todos.
Pero tanto hizo que al final llegó la venganza. Dos de los puesteritos más jóvenes, víctimas reiteradas de las bromas de Edelmiro, se juntaron en la matera para charlar, asegurándose que el bromista los oyera. En voz baja, casi cuchicheando, uno le dijo al otro:
-¡No sabés lo que es! ¡El sábado a la noche estuve con la Palmira y la dejé loca!-
-¿Pero no arde mucho?-
-¡Que va a arder! ¡Es bárbaro! Solo lo remojás una vez y el efecto te dura como diez días. ¡Lo preparás en un jarrito y metés el pito adentro hasta que sentís que se hincha un poco!-
-¡Decime como es la fórmula! ¡Pero esperá!- Dijo uno de los muchachos –Me voy a fijar si no nos oye nadie-
Edelmiro se escondió atrás de unas bolsas, pero dejó el oído largo para escuchar bien como era la cosa.
-¡Mirá! Tenés que juntar hortigas, picarlas bien y meterlas en medio litro de alcohol puro. Además, le ponés una cucharada sopera de pimentón fuerte y otra de ají molido y al final, le agregas un chorro de linimento para los caballos. Lo batís bien y lo dejás una semana preparado. Cuando ya lo tenés maduro, lo pasás a una latita, ponés adentro tu instrumento y listo. Con eso te ponés más bravo que el padrillo de Ledesma y sos capaz de bajar y subir más de diez veces en una noche-
Edelmiro siguió al pie de la letra la receta, pensando en las cosas que haría con Martina, su noviecita nueva. Pero el chiste le costó dos días de internación y casi dos meses para que el miembro tumefacto recuperara su forma original.
Eso sí. Ya nunca más hizo alguna de sus bromas. Fue como si se asentara de golpe.

     

viernes, 26 de diciembre de 2014

Dos de Garavelli

José Garavelli fue un vecino muy conocido de San Manuel. Hijo de inmigrantes italianos, hablaba un cocoliche muy gracioso, lleno de palabras mezcladas del español y el italiano de sus padres. Trabajó mucho en la bolsa, en épocas en que la producción de granos se movía en carretas hasta el pueblo, y después se trasladaba en tren hasta el puerto de Quequén.
Garavelli, además, era pituquito y mujeriego. Una de sus hazañas más recordadas fue con la Porota, una enfermera muy vistosa de Tandil, que trabajó varios meses en la Sala de Primeros Auxilios. El tipo aseguraba que tenía un romance con la chica y que ella moría por él. Una tardecita de verano, estaba la barra de amigos tomando fresco en la vereda del club Atlético. Allí estaba Garavelli, enredado en charlas y cuentos. De pronto la vieron venir muy oronda a la Porota. Cuando pasó al lado del grupo de hombres que la descuartizaban con la mirada, Garavelli se adelantó galantemente y le dijo:
-¡Porotita! ¿Nos vemos esta noche?-
La morocha se dio vuelta y sin dudarlo le contesto:
-¡Garavelli! ¡Por que no te vas a la rep… madre que te recontrapa…!-
Todos quedaron pasmados con el maltrato de la linda, hasta que Garavelli, tipo canchero, dijo:
-¡Como disimula la chiquita! ¿Vieron?-

Ya de grande, y medio maltrecho por los trabajos brutos, Garavelli consiguió un laburito bien liviano. Todas las mañanas esperaba el colectivo en la estación de servicio, y se encargaba de llevar dos maestras que venían desde Lobería, hasta la escuelita de La Bodega. El viaje lo hacía en una jardinera, tirada por un caballito blanco muy trotador. Un día, ya casi llegando a la calle donde doblaban para recorrer los últimos mil metros hasta la escuela, Garavelli vio que en el campo de los Almaraz, el padrillo estaba en trámite de servir a una yegua. Toda la función estaba por suceder al lado del alambrado, así que el cochero se entusiasmó con el excitante espectáculo. Y tanto se entusiasmó, que en lugar de doblar donde tenía que doblar, siguió de largo. Entonces, una de las maestras le pegó el grito:
-¡Le erró Garavelli!
Y el pobre hombre, aturdido por la bestial escena de sexo, se dio vuelta y dijo:
-¡Que le va a errar señorita, si se lo mandó hasta el tronco!-

  

lunes, 27 de octubre de 2014

Empacho por confituras

El último domingo, a la mañana bien temprano, me llamó Marcelo para ver si podía ir hasta su casa. Tenía una oveja con problemas. Cargué los instrumentos, levanté a Lorenzo y Margarita, y salimos. Marcelo vive en una quinta en las afueras del pueblo. Tiene seis ovejas y un carnero. El asunto es que Lanita, una de las damas, justo la guacha que criaron los chicos con mamadera, estaba enferma desde el día anterior.
Empecé la revisación mientras charlábamos de varios temas. Lanita, medio embotada, ni siquiera se movía. Pronto encontré algunos signos clásicos de la sobrecarga ruminal. Distensión del órgano, diarrea maloliente y manifestaciones de cólico abdominal.
-¡Che Marcelo!- Pregunté -¿Esta oveja no habrá comido grano? ¿No habrá abierto la bolsa de soja por algún lado? Tiene todas las señales de un empacho-
-¡Entonces está clarito!- Dijo Marcelo -¿Estos animales se empachan con masas?-
-¿Cómo con masas?- Dije intrigado
-¡Sí! Lo que pasa es que el panadero Fernández siempre me trae productos que le sobran. Algunas masas están buenas y las comemos nosotros, pero otras se las doy a los chanchos. Ayer a la mañana, Lanita se metió en el galpón y me comió algunas cositas-
-¿Pero cuantas cositas se comió?-
-¡Y! ¡Mirá! Se comió cuatro docenas de facturas. La mayoría tortas negras y otras con crema pastelera. También dos tortas de 80 golpes…-
-¿Las tortas que se hacen con levadura?- Pregunté, para completar la anamnesis.
-¡Si! ¡Esas! Y también se pasó una pastafrola grande con dulce de membrillo ¿Te parece que podrá ser eso?-
-¡Yo diría que si! Le contesté demostrando mi agudeza. Le hice un buen tratamiento, y por suerte, esta mañana el tipo me llamó muy contento, para avisarme que Lanita estaba mejor.
Un caso novedoso de empacho en una oveja, por consumo de confituras variadas.


    

martes, 26 de agosto de 2014

Extraño accidente

Estos días de llovizna se prestan para los accidentes.
Anteayer Juan Navarro, un vecino de San Manuel, viajó a Tandil para hacer algunos mandados. Mientras entraba a la ciudad por la Avenida Marconi, en ese momento casi sin tránsito, vio que, allá adelante, un motociclista hacía una rara pirueta, producto de la humedad. En el mismo acto, el rodado y el ser humano se desparramaron por el asfalto.
Navarro paró solícito su camioneta frente al accidentado, con ese ánimo generoso de la gente de nuestro pueblo, y se encontró con un cuadro tremendo. Ahí tirado yacía inmóvil un hombre grandote, con el casco negro todavía calzado y, lo peor de todo, con la pierna izquierda quebrada mas arriba de la rodilla, formando un feo ángulo hacia fuera. A unos diez metros quedó la motito Zanella blanca.
Navarro se acercó al pobre hombre que ya empezaba a reaccionar y le dijo que no se moviera, porque enseguida iba a llamar al hospital para que mandaran la ambulancia. Inesperadamente, el accidentado se negó con firmeza ante la oferta. Navarro insistió y el tipo se siguió negando hasta que al fin nuestro vecino, creyendo que lo del hombre se debía a la conmoción del golpe le dijo:
-¡Vea amigo! ¿No se porqué no quiere que lo ayude, no se da cuenta que tiene una quebradura fea?-
El hombre lo miró a través del visor de plástico del casco y le contestó:
-¡La pata es ortopédica! ¡No se preocupe! Lo que puede hacer es darme una mano para que me levante y después guardarme la prótesis en la mochila.
Navarro lloraba de risa cuando me hacía el cuento esta mañana, porque para terminar el trámite, parece que el zapato de la pata de palo era como del 44 y no entraba en la mochila, así que la tuvo que empaquetar al revés, dejando el calzado al aire.
Y allá partió el golpeado, saltando con la pata buena, llevando del volante a la moto que no arrancaba y luciendo en la espalda una mochila con un zapato afuera.

Cosas de los días lluviosos. 

lunes, 25 de agosto de 2014

Cambió de opinión

Eulogio Romano fue un gran comedor de carne. Junto con la galleta, era la base de su alimentación. Así que era lógico que sus desechos fecales, por decirlo suavemente, fueran de buen porte, color y una extraordinaria dureza.
Eliminar estos elementos de su cuerpo le llevaba un buen tiempo y esfuerzo.
Una mañana de verano salió a recorrer el potrero del fondo en la estancia “La Agustina”. Mientras costeaba la lagunita llena de juncos, le vinieron tremendas ganas de defecar, así que tranquilamente saltó a tierra, le puso la manea de botón al bayo, para no quedar a pie, se desenrolló la faja y se bajó las bombachas para cumplir con la tarea.
Estaba lindo el día, casi sin viento. El Eulogio cortó un pastito y se lo puso entre los dientes mientras, entre pujos y jadeos, iba eliminando sus productos. Pronto llegaron montones de moscas aunque el tipo ni se molestó. El problema fue que los aromas atrajeron también a las ágiles hormigas coloradas.
Como el hombre estaba medio amodorrado por el bienestar del acto y la bonanza del clima, ni se dio cuenta de que miles de hormigas invadían su retaguardia y sus partes vergonzosas.
Para cuando se avivó, tenía el cuerpo lleno de caminantes. Se levantó espantado, sacudiéndose con las palmas grandotas de sus manos, pero las asustadas hormigas eligieron picarlo salvajemente creyendo que el tipo era su enemigo.
Como pudo se vistió, montó a caballo y corrió a galope tendido casi una legua hasta la estancia. Al llegar se desnudó y se tiró sin pensarlo en el tanque australiano. Los que lo vieron pensaron que estaba loco, especialmente Palmira, la cocinera de La Agustina, que no simpatizaba con Eulogio vaya a saber por que razones.
Pero el daño estaba hecho. Cuando el hombre salió del agua, su miembro y los dos acompañantes, lucían enormemente grandes y deformados, el trasero estaba edematoso y color rojo brillante, y las piernas y el abdomen, le ardían increíblemente.
Esa tarde quedó internado en la salita de San Manuel. Lo pasó mal pero se recuperó a fuerza de tratamientos y cuidados.

Cuando volvió a la estancia lo sorprendió algo inesperado. Palmira parecía buscarlo a toda hora. Tal vez atormentada por algunas visiones extraordinarias.

jueves, 12 de junio de 2014

Almirón el jugador

Hay gente aficionada a la bebida, personas dedicadas a drogarse sin parar, fumadores crónicos y en la enorme variedad de vicios, están también los jugadores empedernidos.
En este último grupo cabía cómodamente un tal Juan Carlos Almirón. Puestero en la Estancia Las Perdices, muy cerquita de Claraz.
Lo conocí casi sin querer, porque un cliente mío llevó vacas a capitalizar a Las Perdices, así que una vez por año iba a hacerles el tacto, y nos pasábamos el día entero entre el trabajo, el asado y las charlas.
Almirón era un jugador sin remedio. Apostaba a todo, y vivía cada jugada como si fuera la última. Riñas de gallo, carreras cuadreras, carreras de galgos, mus, truco y taba, se contaban entre sus debilidades.
A mí me desafió el primer día que llegué a Las Perdices. Parados frente a la manga, donde ya estaban encerradas las 700 vacas para palpar, me dijo:
-¿Y? ¿Qué le parece dotor? ¿Cuántas vacas vacías habrá?-
Yo lo miré, desconociendo todavía su afición al juego y le contesté:
-¡No sé Almirón! Este rodeo es bastante sano y fértil. Si se hicieron las cosas bien no tendrían que salir más de 45-
-¿Que le juego que salen mas de 60?-
-¡No Almirón! Deje nomás que salgan las que tengan que salir-
Menos mal que no entré, porque esa vez hubo 62 vacas vacías y el tipo no paró de lamentarse, por la jugada que habría ganado contra el veterinario.
Con el tiempo me fui enterando de otras hazañas del timbero, pero la máxima pasó cuando se mató en un accidente un tal Menéndez, capataz del campo vecino a Las Perdices.
Se junto un montón de gente para asistir a los heridos, y en el revoleo, le encargaron a Almirón que se fuera hasta Claraz, para darle la infausta noticia a la mujer del capataz muerto. Todavía no eran tiempo de teléfonos celulares.
Almirón llegó a la casa de Menéndez de lo más preocupado, porque no conocía a la mujer del finadito. Pero dicen que cuando la señora abrió la puerta, el diálogo fue más o menos así:
-¡Buenas tardes señora! Yo soy Almirón, puestero de la estancia Las Perdices ¿Usté es la viuda de Menéndez?-
La buena mujer, con una risa nerviosa le contestó:
-¿Viuda? ¡Yo soy la señora de Menéndez, pero no soy viuda!-
Entonces el tipo, sacando a relucir su estirpe jugadora, le dijo sobrador:
-¡Le juego un corderito a que sí es viuda!-


viernes, 28 de marzo de 2014

Un caso especial

Gustavito Rodríguez parecía sordo. Nunca contestaba cuando se le hablaba. Desde chico fue así. Pero estas cosas no son del todo valoradas cuando la familia es muy grande y la atención se reparte entre ocho hermanitos.
La cuestión es que cuando entró en primer grado, la maestra llamó a Macedonio y Elvira Rodríguez al colegio, y les explicó que, según su opinión, Gustavito tenía algún problema auditivo y que sería bueno hacer una consulta médica.
-¡Pero al tractor lo escucha clarito!- Protestó Macedonio, al que los médicos daban pavura y se jactaba de no haber pisado jamás un consultorio, hasta que Elvira tuvo que tener su primer hijo.
-¿Cómo que al tractor lo escucha?- Preguntó la maestra.
-¡Mas vale! En cuanto pongo en marcha el tractor, Gustavito se viene para el galpón a pedirme que lo lleve conmigo ¡Y hasta sabe si el motor está fallando o no!-
-¡Bueno! Dijo la esforzada maestra -¡Como quieran! Pero es una lástima porque el chico es inteligente y se va a atrasar mucho-
La mención sobre la capacidad del hijo, fue el mejor estímulo para los Rodríguez. A la semana siguiente se presentaron en el consultorio del Dr. Bermudez en Ayacucho.
El galeno estudió detenidamente el caso y le hizo un montón de pruebas a Gustavito. El asunto le llamó la atención, porque el chico no parecía tener un problema físico. Pero no respondía. En un momento Bermudez pidió a los padres que se retiraran y quedó a solas con Gustavito. A los quince minutos los hizo pasar nuevamente y les dijo que pensaba que lo mejor era ver un psicólogo, porque no entendía que estaba pasando con su muchacho.
Esa noche, ya de vuelta en casa, Macedonio lo agarró aparte a Gustavito y muy intrigado, se le puso cara a cara y hablándole muy claro le preguntó: -¿Qué pasó en lo del doctor cuando nos hizo salir para afuera?- Y Gustavito, que en realidad no tenía nada de sordo, le contestó avergonzado: -Primero me dijo si me estaba haciendo el loco y después, se me puso cerquita de la oreja y me preguntaba cada vez mas fuerte… ¿Cómo te llamas? ¿Cómo te llamás? ¿Cómo te llamás?-
-¿Y por qué no le contestaste?- Preguntó Macedonio, ya entrando en calor con todo el asunto de la sordera.
-¡Porque no me gusta que me griten!-
-¡Ah! ¿No te gusta que te griten? ¡Yo te voy a enseñar a reírte de nosotros!- Y el acertado manejo del cinturón, tuvo la virtud de aclarar milagrosamente los oídos de Gustavito, que desde ese día oyó cada una de las consignas de la maestra, aunque se sentaba en el último banco.




Los perros no son humanos

Toleran el frío y el calor sin necesitar ropa o abrigo. Son capaces de correr todo el día y todos los días sin ser atletas. Su alimento natu...