jueves, 23 de enero de 2014

El zorzal

Acá en el patio de la casa hay muchas plantas grandes y varios árboles fortachones. Será por eso que se ha llenado de nidos de distintos pajarracos, que desde temprano, cantan bastante afinaditos. Hay jilgueros, mistos, zorzales, colibríes, calandrias, pirinchos, músicos, tordos, benteveos, gorriones, chingolos, torcazas y otro montón de emplumados, a los volidos por el fondo.
Hace poco volví de correr a la tarde y me senté a tomar aire debajo del cerezo. Estaba quietito. Piolón y manso. De pronto bajó un zorzal que conozco bien porque me parece que lo crió un gorrión que andaba siempre con él cuando era chiquito. Se paró a tomar agua al lado de la piletita de lona, mientras me miraba de reojo. Se ve que desconfiaba. Al rato se dio vuelta y quedó mirándome de frente.
Para cortar el momento le dije:
-¡Que buen color que has tomado en el pecho! Parece que tuvieras un escudo de bronce-
El candidato se infló un poco con el elogio, aunque me parece que no sabía lo que es un escudo y menos lo que significaba la palabra bronce.
Y entonces, cosa de mandinga, el zorzal me hablo. Con voz medio finita pero clara, me empezó a contar varios secretos de su familia, de cómo habían acampado hace tiempo en mi abeto, de porqué él se había criado con el gorrión que yo conocía y tantas cosas mas.
Charlamos un buen rato, hasta que me vinieron a buscar de la veterinaria para atender un perro accidentado con una trampa de zorros.

Yo abrí los ojos grandes, me desperecé mientras bostezaba y allá me fui, pensando en cuanto tiempo habría dormido después de la corrida.  

miércoles, 22 de enero de 2014

Ilusión óptica

Hace unos días, el Club Atlético organizó el baile de verano. Como estamos padeciendo una ola de calor, tuvieron la buena idea de hacerlo en la calle frente a las instalaciones. Cerraron toda la cuadra, armaron un lindo escenario y llenaron de mesas el lugar. Se juntaron más de quinientas personas. Primero se comieron unos buenos asados y después empezó el baile con la música del grupo Fandango. Las parejas inundaron el tramo de calle despejado y destinado a ser pista de baile. Vinieron las cumbias y el cuarteto, los saltos y los cantos a coro.
En una mesa cerca de la pista, quedaron tomando vino tinto medio ordinario, el Cuete Ramírez y Pelufo Ramón. Se entretenían viendo a los ágiles moverse al compás de la música.
De repente, el Cuete, con los ojos estirados por el alcohol, le grito a Pelufo, para hacerse oír en medio de la música:
-¡Que lo tiró hermano! ¿Vos viste lo alto que es el Michi Alduncin? ¡La mujer parece enana comparada con él!-
Entonces Pelufo, tal vez un poco menos mamado o capaz que más astuto, le contestó:

-¡Si serás boludo! ¿No te diste cuenta de que él está bailando arriba de la loma de burro?-

martes, 21 de enero de 2014

Opinadores

Debe ser cortedad de miras o necesidad del ser humano de ser protagonista de algo.
En estos días de calor y con algunas tormentas eléctricas, pasa lo mismo que cuando se nos caen sobre la cabeza temporales de viento y lluvia, o vienen días de frío pelante.
Allá sale la manga de ignorantes opinadores de radio, televisión y otros medios, a decir que esto se debe al daño que le estamos haciendo al mundo, y que estas fenómenos “nunca se vieron” y otra sarta de estupideces semejantes. Y esto prende en la platea porque tales cosas se repiten hasta en la cola del banco.
¿Será posible que no haya sensatez y conocimiento en lo que se habla o una mínima información previa? ¿Esto pasará solo en Argentina o será una peste mundial?
Es bien sabido que en la historia del planeta se han sucedido momentos de glaciaciones extremas con deshielos extraordinarios y que, sin abarcar períodos tan extensos, a decenios de sequía siguieron tiempos de lluvias benéficas, aún antes de que la cantidad de humanos en la tierra sea la que es hoy. El clima no es un estado inmutable. No siempre los inviernos son crudísimos ni tórridos los veranos.
Lo mejor sería que haya muchas voces autorizadas generando información precisa tanto en estos como en otros temas en los que se bolacea a mansalva.


viernes, 3 de enero de 2014

Una cuestión de fé

En 32 años de profesión he hecho 11 cesáreas en yeguas con buenos resultados, sobre todo en las últimas, donde fui ajustando varios puntos críticos de la operación a campo. La semana pasada, casi a fin de año y en medio de calores agobiantes, pensé que se venía la número doce.
Me llamó Roberto Parra. Encargado desde hace años de la estancia “La Serrana”. Tenía una yegua que no podía parir. Eran las 3 de la tarde y llegué al campo envuelto en una nube de tierra. La alazana estaba en el corral de la manga, sudada hasta las orejas y haciendo pujos desesperados para sacarse al potrillo de las entrañas. Roberto y Palmira, gente de mucha edad y cosas vivídas, me esperaban ansiosos. La alazana era la yegua que el patrón les había regalado cuando Roberto se jubiló. La habían llevado a servir a lo de Tarragona con un padrillo árabe muy bonito, y se habían pasado casi un año esperando este día.
Metimos la parturienta en la manga, me puse la ropa de trabajo, preparé varias cuerdas e instrumentos para la tarea, y llenándome los brazos con lubricante, me zambullí en la dilatada vagina. El sol castigaba sin piedad. Pronto supe que el potrillo no salía porque tenía ambas manos hacia adelante, pero el cuello y la cabeza desviados hacia atrás “mirándose” el flanco. Mientras yo trataba de acomodar el desarreglo, la yegua hacía tremendas contracciones que me apretaban el brazo con fuerza, sin dejarme lugar para maniobrar. Los minutos se hacían interminables y los gotones de sudor pronto me cubrieron todo el cuerpo. Roberto estaba un poco más sereno, pero Palmira se ponía cada vez más pesada haciéndome mil preguntas sobre el asunto. Yo contestaba cortito y sin ganas y la desesperación me iba ganando de a poco. Los brazos se me acalambraban pero no lograba tocar la boca del potrillo para poder tomarlo firmemente y luego traer la cabeza hacia mí.
Como a los 20 minutos. Completamente dolorido y cansado, deje de intentar y me arrodille al lado de la manga, tratando de recuperar fuerzas, pero casi seguro de que iba a tener que cortar.
Por fin me paré y Palmira, contenta, apretó con fuerza un rosario que tenía colgado al cuello y empezó a rezar en voz baja y con los ojos cerrados. No sé lo que pasó. En cuanto metí nuevamente el brazo, noté que todo estaba mucho más blando y mágicamente, llegué hasta la lejana boca de la cría. El resto fue simple. En cuanto arregle la torsión, la yegua hizo un último pujo y el potrillo salió despedido a mis pies.
Palmira, dijo ¡Amén!, le dio un beso al rosario y me miró sonriente.


jueves, 26 de diciembre de 2013

El año teatral

Ayer terminó la actividad teatral del año. Volvimos a presentarnos con “Los Timoteos”, armamos la obra de fin de año de los egresados del secundario, hicimos el espectáculo de la escuela 27 y rematamos con el pesebre viviente en la plaza del pueblo.
Pasó de todo. Justo el día del debut con “Los Timoteos” en San Manuel, presentando “La herencia de los Pérez”, y a 10 minutos de abrir el telón, nos avisan por teléfono que habían asesinado al intendente de nuestro Partido de Lobería, y a otra persona que lo acompañaba. Obviamente hubo que suspender todo y empezar fatigosas negociaciones para conseguir otra fecha en el Club. Después, nos invitaron a dar la obra en Balcarce. Trabajamos mucho para hacer todo, publicidad, traslados, contactos con la ONG con la que colaboramos, y otras menudencias. Por fin llegó el sábado de la actuación, prevista para las 21.00 hs., pero ya les dije que el año vino complicado. A las 20.00 hs se desató sobre Balcarce el peor temporal de viento, lluvia y granizo en muchos años. Los bomberos no daban pie con bola y recomendaban a la gente no salir a la calle. Hasta el teatro se llovió. De todas maneras, y ya que estábamos ahí, hicimos la obra, pero para unas 70 personas, cuando ya habían vendido alrededor de 200 entradas anticipadas.
Con el trabajo de los chicos del secundario, las cosas se hicieron al límite con los tiempos, y como el mismo día de la presentación egresaba mi hija mas chiquita del Jardín de infantes en Mar del Plata, no llegué a San Manuel a tiempo para acompañar a los chicos en la dirección del espectáculo.
La obra de la escuelita 27 fue muy divertida, pero tuvimos que demorar más de una hora el comienzo porque uno de los actores, empleado rural, reventó una goma del auto cuando viajaba para el pueblo, y se le complicó el cambio de la rueda porque no le andaba el crique. Encima se quedó en un lugar sin señal en el teléfono. Por suerte, y después de pedir varias veces al público que tuviera paciencia, el muchacho pareció y todo salió bien.
Y ayer repetimos el pesebre. Es un trabajo muy intenso donde colabora muchísima gente y creo que tiene uno de los puntos más fuertes con la representación del parto de la virgen, mostrado de manera muy sutil a través de luces y sombras,  Pero como no podía ser menos, en esto también nos pasaron cosas imprevistas. En un momento, Jose y María llegan al pesebre de Belén, después de mucho peregrinar y allí hacemos lo del nacimiento, pero el muchacho encargado de bajar una especie de telón de liencillo que cierra el frente del pesebre, esta vez quedó detrás de unas telas que no lo dejaban calcular bien lo que pasaba ¡Y bajó la tela antes de que entraran los protagonistas al pesebre! Después de algunas dudas que el público ni siquiera notó, el espectáculo continuó hasta el momento en que brilla la estrella de la Anunciación. Esto lo hacemos encendiendo una bengala de uso marítimo que hace una hermosa luz en el cielo mientras se consume. Esta vez la izamos en un poste muy alto con tanta mala suerte que el fuego de la bengala quemó el hilo plástico que la sostenía y antes de que se apagara la luz, la bengala cayó directamente a los pies de algunas damas espectadoras que imaginaron que era una estrella ¡Pero fugaz! Terrible momento que pasó sin contratiempos y que dejó material para las risas y comentarios.

¡En fin! Un año teatral complicado pero con la satisfacción de que la gente disfrutó mucho con nuestras cosas.    

viernes, 15 de noviembre de 2013

El mañero

En el pueblo de Licenciado Matienzo vive Roberto, un muchacho que desde chico padece epilepsia. Cada tanto le agarra algún ataque y queda tendido con fuertes convulsiones un rato, hasta que la cosa pasa junto con el susto y el apurón de los que lo acompañan en el momento.
El tipo es medio pícaro, así que en el colegio uso en abundancia el recurso de tirarse al suelo con fuertes temblores, los días que sospechaba que le tocaba dar lección. Como se dio cuenta que los simulacros daban rédito, fue ideando otras astucias, como la de hacerse pasar por ciego en la peatonal de Mar del Plata, para “recaudar” la plata que le permitió vacacionar muy tranquilo, dos temporadas completas.
Hace algunos años viajó con otros compañeros de Matienzo, a disputar un partido de fútbol agrario en el paraje “El Solcito”. Lógicamente, Roberto es un tipo mañero y sucio para el juego. Siempre lo ponen de defensor central y ahí reparte patadas y agarrones a lo loco. Ese día le tocó marcar al 9 de El Solcito. Un chico habilidoso y potente, que las primeras dos veces que lo pasó, terminó convirtiendo, así que a la vez siguiente que el hábil encaró por el medio, Roberto le metió una tremenda patada en la panza, que lo dejó caído sin respiración.
Medio equipo de El Solcito se le vino encima con ganas de matarlo, así que el tipo recurrió a su viejo truco y se tiró al suelo en una tremenda crisis epiléptica. Los compañeros, sabiendo que era un cuento para salvarse de que lo molieran a golpes, se quedaron quietitos mirándolo, hasta que aparecieron dos espectadores del equipo local gritando que había que sacarle la lengua para que no se ahogara. Pero nadie se movió, así que uno de los comedidos, con miedo de que el doliente le pudiera cortar un dedo de un mordiscón en una de esas convulsiones, no tuvo mejor idea que acogotarlo.
-¿Que hacés animal? ¡Sacale la lengua pero no lo matés!– Gritaron los jugadores de Matienzo. Pero el paramédico siguió con la maniobra, hasta que el tramposo no solo sacó la lengua, sino que abrió los ojos, desesperado, y con un hilo de voz le gritó:
-¡Lárgueme señor! Ya estoy mejor-
El tipo lo dejó, contento de haber salvado una vida y Roberto, como de costumbre, zafó del castigo. Eso sí, cada vez que Matienzo visita a El Solcito, se cuida de meter pata y nunca mas tuvo la idea de hacer un simulacro en cancha tan peligrosa.
  

martes, 12 de noviembre de 2013

El mal trago del contador

Entre mis clientes tengo a la firma La Imperial S.A. Esta gente tiene varios campos en la Provincia de Buenos Aires, y hace cosa de tres años compraron otras 15.000 has. en La Pampa.
El lugar era desierto y monte, y los trabajos para civilizar el establecimiento pintaban con ser muy duros, así que eligieron a su mejor hombre, Gervasio Venegas, el mayordomo de La María, para hacerse cargo del nuevo campo adquirido.
Y allá partió Gervasio con su mujer y sus seis hijos a tomar posesión de las nuevas tierras. La casa, a la que conocí varios meses después, era muy grande y cómoda. Fresca en verano y helada en invierno. Pero lo que menos gustó a los nuevos moradores fue que, cosas del criollismo, el “baño”, era solo una letrina, separada de la puerta de la cocina por una veredita de ladrillos. Lo primero que hizo Gervasio fue cerrar la pasada con dos paredes y un techo, para que la excursión hasta el sanitario no fuera al aire libre. Para mas adelante quedó reemplazar el agujero de la letrina por un inodoro y el resto de los artefactos.
La cuestión es que a los tres meses de estar instalados en el campo, se anunció la visita del contador de la empresa. Un porteño bastante “engreído” como me lo describieron después. El día previsto, Gervasio y su mujer trataron de tener la casa lo mas presentable posible, a pesar de las seis fieras que se esmeraban en deshacer todos los arreglos. Casi una hora antes del encuentro, Mancha, la perra lanuda de los chicos, se puso a discutir con el gato Zenón, y en estos desencuentros, el minino no tuvo mejor idea que tirarse en el pozo de la letrina para huir de los mordiscos de su enemiga.
Y el contador que estaba por llegar.
Entonces Gervasio, apurado por las circunstancias, metió un palo largo en el hoyo del baño para que el bueno de Zenón pudiera subir cuando quisiera.
Y el contador que llegó.
Siguieron los saludos y presentaciones, hasta que el viajero manifestó su urgente necesidad de utilizar el sanitario. Casi toda la familia de Gervasio lo acompañó hasta la cocina dándole charla, con idea de disuadirlo, pero el pobre hombre apurado de verdad, cerró tras de sí la puerta del baño. Se bajó los lienzos, algo extrañado con el palo que salía del agujero del “inodoro” y apuntó con sus partes hacia el pozo, logrando un pronto desahogo. Pero se ve que Zenón no disfrutó de aquella lluvia inesperada, así que en tres saltos trepó por la vara y se zambullo en los calzoncillos del contador. El tipo se pegó tremendo susto y solo atinó a subirse los pantalones y correr hacia la cocina a los gritos, dejando atrapado contra sus testículos al pobre felino que maullaba desesperado.

A pesar de que hicieron fuerza, los Venegas no pudieron aguantar la risa. Pero lo mejor de todo fue que la empresa solo tardó dos semanas en construir en la casa un baño con todas las de la ley, a instancias del contador magullado.  

Los perros no son humanos

Toleran el frío y el calor sin necesitar ropa o abrigo. Son capaces de correr todo el día y todos los días sin ser atletas. Su alimento natu...