viernes, 8 de diciembre de 2017

Amenaza de muerte

Estábamos los tres sentados debajo del árbol grande, aprovechando su sombra generosa. Es lindo tomar unos mates después de la siesta en los días de más calor. Molestan un poco estás mosquitas que llaman Barigüí. Se vienen en manadas, y como son mordedoras, hay que tener mucha templanza para aguantarlas quietito.
Blackie y Tiger, la perra y el gato de la casa, tirados en el pasto y yo en una silla bajita.
-¡Va lindo! ¿Nó?- Dijo de pronto Tiger, un muchacho bien cazador de pajaritos y lauchas, pero que se mueve con la elegancia y pereza de todos los gatos.
-¿Qué cosa?- Preguntó Blackie, siempre atenta a los ruidos de la calle para salir ladrando a cualquier auto o moto desprevenida.
-¡La vida! ¡Por lo menos para mí! Tengo varios gatos amigos en el barrio, me muevo por donde quiero, duermo cuando me da la gana, si rasco un poco la puerta de la veterinaria me llenan el plato de alimento y hasta ahora nunca me enfermé de nada ¿Qué más puedo pedir?-
-¡Y sí! ¡Pensándolo bien tenés razón! Yo no tengo tanta suerte. Anoche me amenazaron de muerte-
Me cebé un mate espumoso y me sonreí divertido. Blackie tenía razón. Yo fui testigo y partícipe del asunto pero la dejé seguir con el cuento.
-¿Cómo que te amenazaron de muerte?- Preguntó Tiger escandalizado ¿Hiciste algo grave?-
-¡Mirá! Ya estaba oscuro y yo conversaba en la vereda con las perras de la vecina. De pronto vimos venir un tipo en bicicleta haciendo unas piruetas de cordón a cordón. En cuanto pasó al lado nuestro le hicimos una corrida ladrando y el hombre, en vez de seguir sin darnos importancia como hacen todos, empezó a gritar como loco, frenó y al querer pisar en el asfalto se cayó de culo-
-¿Estaría enfermo?- Preguntó Tiger
-¡Dejame terminar a mí!- Le dije a Blackie –Ya te tengo dicho que eso que hacen no está bien y que si te agarró te voy a dar una buena soba. Anoche yo también sentí los gritos y por eso salí a ver que pasaba. El hombre no estaba enfermo. Estaba completamente en pedo y por eso se cayó-
-¿En pedo?
-¡Sí! ¡Lleno de alcohol! En cuanto me vio, la señaló a Blackie y con la lengua dura como madera dijo:
¡Esa perra se va a morir pronto! ¡Le voy a pedir un fusil al ejército y le voy a meter un cuetazo!-
-¿Será verdad?- Preguntó Blackie temblando.
-¡Cómo no! ¡Si seguís ladrando a los ciclistas sos boleta!-
La perra escondió la cara entre las manos y yo seguí tomando mate tranquilamente. Ojalá escarmiente, aunque la amenaza haya sido un poco exagerada.


viernes, 24 de noviembre de 2017

El pueblo y el tiempo


Este es un tema del que ya les he contado otras veces, pero cada vez estoy más contento de vivir en un pueblo chico.
San Manuel tiene 7 cuadras de largo por 4 de ancho, más algunas quintas “del otro lado de las vías”. Aquí vivimos alrededor de 1500 personas así que nos conocemos todos. Además, los más antiguos saben de parentescos hasta dos o tres generaciones atrás. El paisaje, al estar metidos en medio del cordón serrano de Tandilia, es tremendamente bonito. Y por si esto fuera poco, hay unos lugares fantásticos para visitar en estas sierras.
Pero una de las cosas que más me entusiasma, es que no se pierde tanto tiempo como en las ciudades.
Acá no hay que hacer colas para ningún trámite. Todo se hace rapidito y en medio de saludos y charlas con los vecinos. Se estaciona en cualquier lado, siempre frente al negocio o la casa que uno va a visitar. Y gratis. Cuando salimos a trabajar al campo, no recorremos más de tres o cuatro cuadras, y ya estamos en el camino vecinal que nos lleva a donde queremos.
La vida es así, fácil, simple y segura, porque no se si les comenté que no hay inseguridad. Las bicicletas de los chicos quedan tiradas en la calle toda la noche y ahí están al otro día, la mayoría de las casas quedan con las puertas sin llave, los cordeles llenos de ropa al alcance de cualquiera, y a muchos vehículos los dejan abiertos y con los papeles en la guantera. Algunos lugares tienen rejas, pero las han puesto como adorno o para que no se escapen los perros.
Los que trabajan en el pueblo, salen de sus casas cinco minutos antes y llegan sobrados.
Entonces queda tiempo para leer, escribir, hacer huertas enormes, caminar o salir a correr, juntarse a tomar mate o comer algún asado, hacer teatro y tantas cosas buenas más.

Siempre haciendo cálculos que me divierten, pensaba que un pueblerino pierde en promedio dos horas menos al día que un habitante de la ciudad, lo que representa 30 días al año ganados para la vida. Impresionante ¿Nó?

martes, 31 de octubre de 2017

Vida de perro

Un caso raro fue el de Adrián Delgado. Entró a trabajar en “Los Eucaliptus”, cerca de Licenciado Matienzo, después que lo despidieron a Ramón “Cañita” Quintana, un pobre gaucho que parece que quiso abusar de la cocinera.
Adrián era muy amigo de Ramón, así que a los pocos días se encontraron en el boliche de Miguel, y entre copa y copa, Ramón le contó que la fulana, una mujer algo mayor pero sabrosa, con fama de adivina y curandera y de nombre Hortensia Cuevas, lo había querido engualichar. Como andaba enamorada del chico, le puso unas bombachas perfumadas debajo de la almohada, capaces de poner en llamas a cualquiera. Cuando Ramón encontró el regalito, se encaró enojado con la mujer, y esta no tuvo mejor idea que empezar a quejarse y a gritar que la estaban queriendo violar. Ese mismo día lo echaron del trabajo.
-¡Estará resentido!- Pensó Adrián, mientras volvía para la estancia a caballo, repasando el cuento del amigo.
Al día siguiente, picado por la curiosidad, esperó que los demás peones se retiraran del comedor para dormir la siesta y se fue hasta la cocina, donde Hortensia lavaba la pila de platos. Debajo de la mesada, dormía Cocinero, un perro amarillo y regalón.
En cuanto Adrián empezó con las preguntas, Hortensia se puso furiosa y le dijo que se dejara de molestar, pero el muchacho, juguetón, siguió chanceando, hasta que de pronto, la tipa agarró una especie de tenedor largo y apuntando a la cara de Adrián, empezó a recitar cosas en voz baja, mientras los ojos se le saltaban de las órbitas y parecía que largaban chispas.
El asunto fue que por la enorme magia de la bruja, el espíritu de Adrián se mudó al cuerpo de Cocinero, el perro gordo. Y empezó la vida de Adrián como perro. Al principio le costó. Sobre todo caminar y correr en cuatro patas, pero el resto no fue tan malo. Comía todo el día. No trabajaba nada y pronto se hizo famoso entre la peonada porque cuando jugaban al truco, sabía pasar las señas del as de espadas y el de bastos, al jugador al que quería ayudar, con lo que se ganaba raciones extra de dulces y golosinas.
Pero todo tiene un final. Un día cayó de visita a la estancia una de las hijas de Hortensia, casada con un milico más malo que la peste. Esa tarde, la chica estaba bañándose toda desnuda en el tanquecito de atrás de la casa, y justo pasó el Cocinero en camino hacia la manga. En cuanto la muchacha lo vio, pegó un alarido tremendo y tapándose malamente las vergüenzas, llamó a su marido el milico, diciéndole que un hombre la estaba espiando. Es que ella tenía los mismos poderes que la madre, y se dio cuenta enseguida que eso no era un  perro, sino un hombre transformado.
El milico cazó al Cocinero del cogote y teniéndolo en alto, aguantó con los ojos cerrados mientras su mujer deshacía el conjuro y el espíritu de Adrián volvía a su propio cuerpo, en una cama del hospitalito, donde lo habían internado por un estado comatoso inexplicable, casi seis meses atrás.

Esta historia anda contando el muchacho desde entonces, pero nadie le cree. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Los Deberes Humanos

Está bien. Se entiende que se reclame por los derechos humanos. Pero hay veces que parece un exceso. Se invocan los derechos humanos de las víctimas de la dictadura, los de los delincuentes que sufrieron una mala crianza, los de los mapuches, los de los sindicalistas, los de los funcionarios K, los de los chicos que toman colegios, los de los piqueteros y cortadores de calles y la lista sigue indefinidamente.
Pero no hay contrapeso. Debería machacarse en la cabeza de los argentinos que también existen los “Deberes humanos”.
Los ciudadanos deben respetar la ley sin contemplaciones; los chicos deben estudiar y cumplir las normas de los colegios y universidades; los trabajadores deben trabajar incansablemente, tratando de hacer las cosas lo mejor posible; los políticos deben servir a la ciudadanía, sabiendo que su paso por la función pública es fugaz y solo les devolverá fatigas y disgustos, jamás dinero mal habido; los periodistas deben decir siempre la verdad, sin transformarse en operadores políticos; las fuerzas de seguridad deben cuidarnos y ser respetadas y dignas de admiración.
Es fácil. Es simple. No robar, no mentir, no levantar falsos testimonios, no matar fiscales, no molestar a los que trabajan con marchas y cortes, servir los servidores, trabajar los trabajadores y estudiar los estudiantes.

¿Y si empezamos a preocuparnos por los DEBERES HUMANOS? 

martes, 19 de septiembre de 2017

Cuidado con la lectura


En estos últimos tres días ando cansado. Con el cuerpo dolorido de tanto hacer fuerza y correr y trepar alambrados durante todo el día. Pero no es que esté enfermo, por suerte. Lo que pasa es que el e-book que tengo desde hace un año, me está dejando sin el buen descanso que me hace recuperar fuerzas con algunas pocas horas de sueño.
En cuanto lo compré, mi hermana me descargó más de 900 libros excelentes y no puedo parar de leer. Ahora estoy terminando una trilogía de Santiago Posteguillo. Los leí en un mal orden, pero casi fue una suerte, porque ya voy por el tercero y último, “Las legiones malditas”, que termina que la tremenda batalla de Zama, en el año 202 A.C., donde el joven procónsul romano Publio Cornelio Escipión, acaba por derrotar, allá en el norte de África, al que todos tenían por invencible, el magnífico general cartaginés Aníbal Barca. Pero la descripción de esa batalla, con la primera carga de los ochenta elefantes de guerra, la lucha tremenda de la infantería con sus distintas legiones y la decisiva entrada de la caballería romana al centro del campo inundado de sangre, tripas, heridos y muertos es tan fantástica, que cualquier “persona humana” (como diría un gaucho conocido) se trastorna.
Entonces no puedo parar. A la noche leo hasta después de las 11, me levanto como todos los días a las 5 y media y, después de almorzar, cuando podría tener un sueñito reparador, vuelvo a las historias de los legionarios y los guerreros púnicos y se me hace el tiempo de volver a salir al campo ¡Y así no hay cuerpo que aguante! ¡Ya lo tengo pensado! En cuanto termine este último libro me voy a tomar una semana sin lectura para recuperarme.
Se los recomiendo: El primero es “Africanus: El hijo del cónsul”, el segundo “Las legiones malditas” y el tercero “La traición de Roma”. Por las dudas traten de encararlos en momentos de poco trabajo o mejor, cuando estén de vacaciones.



domingo, 17 de septiembre de 2017

Sencillito

El Rulo Leguizamón se inclinó sobre la cruz de su caballo overo. Siguió algunos metros agarrado de las riendas, más por instinto que por otra cosa. El animal, tal vez sintiendo algo raro, de a poco se fue quedando quieto, en el medio del inmenso potrero de ochocientas hectáreas de faldeo de sierras, muy cerca de San Manuel.
Así, de a poco, el cuerpo grandote y bruto de Rulo, se fue deslizando hasta quedar tirado boca arriba sobre el pajonal. El caballo se retiró dos pasos como para darle lugar, y se paró curioso, mirando a su compañero caído.
Rulo se sentía bien. Su cabeza ahora estaba despejada, después de la oscuridad que se le hizo en el momento de más dolor. Hasta pensó en fumar pero no pudo mover los brazos: ¡Mejor! Pensó ¡A ver si armo un incendio y me terminan echando! La idea le pareció divertida y una pequeña mueca, casi sonrisa, le iluminó la cara áspera y curtida.
¡Voy a esperar! Seguro que en cuanto vean que tardo, van a salir a buscarme. Miró su overo. Un caballo como pocos. Lo consiguió más de veinte años atrás, cuando era un potro que prometía, cambiándolo por seis terneros guachos. Los recuerdos se le atropellaban en la cabeza. El día que entró a trabajar en la estancia. Las charlas y risas con Roberto y Juancho, sus dos grandes compañeros y amigos. La primera vez que vio a Palmira en la veterinaria. Ella estaba comprando antibióticos para unos chanchos de su papá. En cuanto lo miró, quedó fulminado para siempre por sus grandes ojos negros. Al tiempo se casaron y nacieron los tres chicos. La luz de sus ojos. Ramoncito y Abel, tan camperos y buenos paisanos y Lucía, la chiquita. Intentó mover una pierna. sintiendo que ella aún jugaba al caballito en su rodilla. Cuando murió Palmira, junto con un pedazo de su corazón, lloró como nunca lo había hecho desde que, siendo muy chico, se quebrara la pierna al caerse del enorme eucaliptus. Se puso a hacer cuentas, pero no se acordó de más de tres o cuatro visitas al médico. Siempre con fuerzas, siempre con ganas de salir adelante. Con fríos machazos, lluvias, granizos, temporales de viento y sequías que rajaban la tierra. Siempre el Rulo. Cuidando vacas, arreglando alambres, manteniendo aguadas y molinos, punteando esas quintas enormes que le daban verdura a toda la familia…
¡Otra vez el dolor! ¡La pucha! ¿Qué será? ¡Y bueno! Voy a tener que ir al médico nomás ¿Por qué no me podré mover? Le voy a pedir a Lucía que me prepare la ropa de salir y esta tarde nos vamos al pueblo para que me revisen ¡Justo hoy que tenía que carnear los dos corderos para el domingo! Los voy a dejar a los chicos. Ya están baqueanos. De última no festejo nada. Ellos insisten con que sesenta no se cumplen todos los días ¡Ya está! ¡Ya pasó! No me duele nada. Mejor voy a dormir un ratito hasta que me encuentren.
Los caranchos empezaron su trabajo casi una hora después. Primero los ojos. Pero ya Rulo estaba muerto.   


viernes, 1 de septiembre de 2017

Tiger y el desaparecido

Me levanté temprano como siempre y me vine a la veterinaria. Cargué la lata con la comida para mi gato, pero no arrancamos como siempre. Nunca hablamos a estas horas, pero hoy algo cambió. Mientras la pequeña bestia se refregaba contra mis piernas esperando su ración, le dije:  
-¡Escucháme Tiger! Sentate ahí quietito y si querés comé, pero escuchá lo que te voy a decir. No me interrumpas porque te lo voy a largar de corrido. Tengo un nudo en la garganta y si no lo deshago no me voy a poder ir a trabajar tranquilo-
El gato me miró sorprendido, pero entendió que la cosa venía en serio.
-¿Qué pasa Jorge? ¿Andás complicado con el trabajo? ¿Estás enfermo?-
-¡No! ¡Por suerte no es nada de eso! Pero quería decirte que estoy podrido de prender la radio o la tele, y que sigan molestando con el caso de este loco que están buscando.
No me importa un pito lo que le pasó. No se quién es. Pero si se que estaba rompiendo las bolas en las rutas del sur, con una banda de delincuentes que no paran de hacer cagadas. Y si hacen cosas fuera de la ley, que se aguanten lo que les pueda pasar sin hacerse los mártires.
Pero más me calientan los oportunistas que han montado semejante despliegue de estupideces diarias. Declaraciones, intervenciones en los colegios, marchas, fotitos patéticas y mil cosas más. Ya sabemos quiénes son. Son los mismos que se imaginaron a nuestro presidente abandonando de apuro su mandato.
Por suerte son una minoría ruidosa. Somos más los que le damos al asunto la importancia que tiene: ¡Nada más grave que las miles de cosas que han hecho esos mismos caraduras que reclaman!-
Paré de hablar. Tiger me miraba con un grano de alimento en la boca. Lo miré. El tipo estaba serio y concentrado, pero entendí que mi discursito no le había movido ni un pelo del bigote.
-¡No te calentés!- Me dijo por fin –¡Tal vez el tiempo, y todos los que están podridos como vos de tanta basura, pondrán las cosas en su lugar!-
No hablamos más, pero me fui a trabajar tranquilo pensando en lo astuto que es mi gato Tiger.


Los perros no son humanos

Toleran el frío y el calor sin necesitar ropa o abrigo. Son capaces de correr todo el día y todos los días sin ser atletas. Su alimento natu...